Esta es una de esas películas que no te deja indiferente. O te atrapa o te molesta. Quizá porque esa es una de sus pretensiones. Y también porque mantiene una dureza en todos sus aspectos de la que nada se salva: no existe ningún bueno que pueda consolarnos de la maldad.

Isabelle Huppert es una actriz excepcional. Su fragilidad aparente esconde una fortaleza sin límites, y en este papel esa dualidad es fundamental.

Esta comedia no es una película pensada para romper moldes o llamar la atención por transgresora, sino un producto dirigido al público que no busca nuevas sensaciones, sino pasar un rato de entretenimiento ligero y sin complicaciones.

Existe una película con este mismo título, famosa por ser una de las producciones más incómodas de historia del cine: por un lado, fue una cinta esencial en el desarrollo del lenguaje cinematográfico, pero por otro, se trata de uno de los films más moralmente nauseabundos que se recuerdan.

Lo primero que debería apuntar sobre esta película es que la vi con una reticencia. Nunca he sido aficionado a las construcciones de LEGO, y tampoco estoy familiarizado con la subcultura pop que éstas han generado. Esta excusa ‒creo‒ me permite ser un poco más imparcial a la hora de contar las virtudes de este film, que son muchas y nada desdeñables. Sobre todo, en estos tiempos en los que originalidad es la palabra menos citada por los cinéfilos veteranos.

El teatro y el cine son dos cosas distintas. Sí, el público disfruta de ambas expresiones artísticas desde patios de butacas, hay actores y se suelen contar historias, pero, aparte del formato, son dos artes con códigos narrativos bien distintos.

No me gustaba el jazz hasta que un amigo me llevó a un concierto de John Pizzarelli y me convertí a su religión. Tampoco los musicales son cosa de mi predilección, aunque suene a herejía. Sin embargo, de esta película, La ciudad de las estrellas (La La Land), hay dos cosas que me atraen por encima de todo: la música y Ryan Gosling. Probablemente el tipo al que mejor le sientan los trajes de todo el mundo mundial.

Casey Affleck está dejando de ser el hermano de Ben Affleck para ser considerado un estupendo intérprete por sus propios méritos. En estos momentos, ya son muchos los que le consideran el mejor actor de los Affleck, pero su papel en Manchester frente al mar ‒al igual que su protagonismo en la adaptación de El asesino dentro de mí que dirigió Michael Winterbottom en 2010‒ le acerca cada vez más a la emancipación.

“El sistema educativo acabará contigo”, decía Parade en su canción “Niño zombi”, tema que bien podría formar parte de la banda sonora de esta interesante película de ciencia ficción y terror.

Nos llega Resident Evil: El capítulo final catorce años después de que Alice (Milla Jovovich) se topara con la primera horda zombi en la película inaugural de esta saga, inspirada en el videojuego homónimo.

Alguien podría decir que la miseria es afrodisíaca, y por eso la gente que vive en las peores condiciones no deja de procrear. Por supuesto, ese alguien sería una persona desinformada e indudablemente cruel, pero habría que darle la razón en un solo detalle: en los lugares más carentes de recursos, suele haber niños por doquier.

A veces abrigo la sospecha de que algunos de los problemas del cine moderno se deben a una infeliz necesidad de complicarlo todo, como si un largometraje fuese un retablo barroco lleno de golpes de efecto, temblores de cámara y alardes digitales. Frente a esa impresión, M. Night Shyamalan parece sentirse feliz con dos virtudes del cine de antaño: el clasicismo narrativo y el ingenio de la puesta en escena.

Ben Affleck, tal vez lo sepan ya, es un formidable guionista y realizador. El núcleo de sus películas encierra siempre una verdad emocional y, cuando el argumento lo permite, una disección del alma irlandesa de Boston, su ciudad de origen.

Sin tener un nombre tan conocido como el de James Wan, Mike Flanagan es uno de los directores de cine de terror más prolíficos de los últimos años. Flanagan crea películas que tocan distintos palos (subgéneros) con desigual fortuna, pero siempre con corrección.

El cine independiente (ajeno a las grandes productoras y a los circuitos comerciales masivos, con propuestas diferentes a las tendencias populares de turno, al menos en teoría) siempre ha existido, pero estuvo especialmente de moda durante la década de los 90 del pasado siglo.

La triste realidad de la guerra se ha convertido en espectáculo desde hace mucho, mucho tiempo. No hay más que contemplar todos los monumentos bélicos, o recordar esas poéticas gestas que nos llenan de espíritu heroico y guerrero, pero que tan poco tienen que ver con el sufrimiento y el horror de los conflictos, más allá de la propaganda y el triunfalismo.

Basada en el ensayo biográfico de Margot Lee Shetterly, Figuras ocultas nos narra una etapa apasionante en la vida de tres mujeres afroamericanas que en 1961 unieron su destino al de la carrera espacial.

Recuerden el esquema clásico que se estableció con El padre de la novia (1950), de Vincente Minnelli, y que tuvo su mejor vuelta de tuerca en Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer. Bien... Ahora, introduzcan en esa vieja receta el delirio procaz y malhablado al que nos han acostumbrado tipos como Jason Mewes ‒el eterno colega de Kevin Smith‒, y entonces se podrán hacer una idea de lo que nos brinda ¿Tenía que ser él?

Ahora que hemos aceptado como género la nostalgia ‒o al menos su aspecto más idealizado‒ a nadie le sorprenderá que Star Wars se prolongue en un saludable ejercicio de retrocontinuidad. En este sentido, Rogue One llega a las pantallas para hacer otra vez esa pregunta que, según parece, nos formulamos aquellos niños y adolescentes que vimos La Guerra de las Galaxias en 1977: ¿cómo consiguió la Alianza Rebelde los planos de la Estrella de la Muerte?

¿Qué línea separa el suspense del terror? Un ejercicio estimulante para el aficionado al cine de género puede ser intentar localizar esa frontera en esta notable película de André Øvredal, director noruego que llamó la atención mundial hace unos años con su sorprendente Trollhunter (2010).

En lo que llevamos de siglo, los zombis han pasado de ser “propiedad” de los aficionados al cine terror a convertirse en un producto de consumo general. El éxito de la adaptación televisiva del cómic The Walking Dead, las “marchas zombi” (zombie walk), la avalancha de comedias zombi a raíz del éxito de Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004), glamourosas muñecas infantiles zombi, videojuegos, monólogos zombi (!)... todas estas cosas y alguna más han “democratizado” a los zombis, y de paso han terminado por cansar un poco.

En el melodrama, las palabras emocionantes y el gesto sincero son armas muy poderosas. Belleza oculta acude a su cita con los espectadores usando ambos recursos, pero también lastrada por algún que otro problema de guión.

Hace poco, todos nos entusiasmamos con la serie de televisión Stranger Things, básicamente porque remitía al cine juvenil de los años 80, con un buen puñado de referencias directas e indirectas a las películas y la cultura popular de aquellos tiempos.

Jim Preston (Chris Pratt) sólo quería emprender una nueva vida en otro planeta. ¿Era eso tanto pedir? Jim quería ser un colono espacial, pero acaba de descubrir que su cápsula de hibernación se ha desactivado noventa años antes de lo previsto. Para su desgracia, no puede regresar al estado de letargo y morirá de viejo antes de llegar a su destino.

El cine fantástico está hecho de grandes saltos, de movimientos novedosos y también de fórmulas y secuelas. En realidad, la reiteración de un modelo forma parte esencial de eso que llamamos género, y que en realidad, no es otra cosa que volver a contar una historia que merece ser repetida.

Mine atrapa a cualquiera que se atreva a ir más allá de los géneros, y sobre todo, acepte que su trasfondo bélico esconde un relato más próximo al realismo mágico. La película es, en este sentido, una muñeca rusa que va mostrando, capa a capa, los secretos y las emociones más profundas de su protagonista, un convincente Armie Hammer dispuesto a sostener todo el largometraje sobre sus hombros.

Por alguna razón que se escapa, en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda la figura del célebre narcotraficante colombiano Pablo Escobar. Series de televisión, películas y documentales han brotado como setas. ¿Por qué? Ni idea, pero al menos hay que reconocer que don Pablo fue un personaje mucho más interesante que Steve Jobs (lo de los mil biopics y documentales sobre ese vendedor de ordenadores sí resulta inexplicable).

Nos hemos convertido, por distintas razones, en un espectadores cínicos. En estos tiempos, los cineastas encargados de hacer películas de Superman sienten vergüenza a la hora de decir la palabra “Superman”, y convierten al héroe por excelencia en un personaje amargado y homicida. No hay lugar para la pureza, todo tiene que verse a través de una lente de desdén.