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Cuando un proyecto no llega a rodarse, uno siempre se imagina ese momento en el que todos miran al suelo, y se instala en el equipo ese silencio propio de una unidad de cuidados intensivos a medianoche.

Dos Rachels, Weisz y McAdams, son las protagonistas de este film en el que las interpretaciones son lo más importante. Ambas Rachels, por otro lado, destacan por haber conseguido algo no tan sencillo para las actrices de buena presencia física: demostrar que son excelentes intérpretes y que pueden hacer algo más que lucir palmito.

A la hora de ver una película, ninguna emoción es trivial, y la nostalgia menos. Por esto último, entre otras cosas, cualquier lector veterano de cómics Marvel se enamorará de Deadpool 2 instantáneamente, especialmente si leyó los primeros tebeos de este personaje ‒Masacre, creado por Fabian Nicieza y Rob Liefeld‒ cuando llegaron a nuestro país hace más de veinte años.

En 1997 los Allegri, padre Renzo e hijo Roberto, publicaron un libro cuyo título era Callas by Callas. En él, a través de la documentación oportuna al caso, la cantante contaba su vida y hablaba de su arte.

Rob Cohen es uno de esos directores especializados en encargos. Suelen contratarle para películas de acción y espectáculo de presupuesto medio, sin intención de ser los grandes blockbusters del verano. Pero así y todo, se convirtió en el iniciador (¿accidental?) de una de las sagas más largas y sustanciosas del actual cine palomitero, al dirigir la primera entrega de The Fast and the Furious en 2001.

Hace unos años, llegó a las librerías Soldados a caballo (Horse Soldiers: A True Story of Modern War, 2009), de Doug Stanton, la narración periodística de una aventura real, protagonizada en el Afganistán de los talibanes por un equipo de agentes de la CIA y soldados de las Fuerzas Especiales, en alianza con combatientes afganos de la Alianza del Norte.

Diez años después del estreno de Iron Man (Jon Favreau, 2008), el universo cinematográfico de Marvel ya tiene bien claro qué ofrecer a su público objetivo. Un público que se divide en tres categorías: 1) fans acérrimos de estas películas, 2) lectores de cómics Marvel que no pueden evitar ver qué han hecho con sus queridos héroes, aunque sea para quejarse, y 3) simples espectadores con ganas de entretenimiento ligero e intrascendente, como es mi caso.

Hay ocasiones en que el espectador se siente obligado a hojear con discreción uno o dos libros mientras se ilumina la pantalla del cine. Y ésta de hoy, sin duda, es una de esas oportunidades. No sólo por la magnitud del personaje protagonista, J.D. Salinger, como por la importancia que adquiere su obra maestra, El guardián entre el centeno (1951), en el guión de la película que nos ocupa.

Si ustedes se divierten ahora con las películas de monstruos gigantes, puedo imaginarme que que también eran felices cuando, de niños, leían relatos de caballeros y dragones. La explicación es simple: en el fondo, se trata del mismo género.

En el mejor cine de terror, la presa eres tú. Eso no no olvides. Como sucedía en aquellos cuentos que el viejo de la tribu contaba a la luz de la hoguera, las buenas películas del género apelan a dos temores arcaicos: el que sentimos por los misterios del más allá y el que nos inspiran esos depredadores que, en otro tiempo, devoraban a nuestros antepasados prehistóricos.

Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

A los seguidores de Agatha Christie no siempre les importa la calidad literaria. Esto es así, aunque sorprenda a algunos. Más de un admirador de la vieja dama del crimen usa los relatos de Christie como un ejercicio intuitivo. Como una partida de ajedrez, si lo prefieren. No es tanto cuestión de asombrarse ante el retrato de personajes y el ritmo narrativo ‒dos virtudes de doña Agatha‒ como de disfrutar ante un engranaje diseñado con primor.

Da la impresión de que Javier Gutiérrez aparece últimamente en todas las películas y series españolas. Pero no nos vamos a quejar por ello. Más bien al contrario. El trabajo de este excelente intérprete es lo mejor, con diferencia, de Campeones, un film tan bienintencionado como artificioso.

Lo mejor de Ready Player One no es que Spielberg mejore el planteamiento ideado por Ernest Cline en su novela. O que, de cuando en cuando, reavive ese estilo entrañable y desenfadado que ya disfrutaron los niños y jóvenes de otro tiempo en sus primeras producciones para el sello Amblin. En absoluto. Lo mejor está en su modo de narrar. Que siga siendo el Spielberg de siempre, capaz de convertir cualquier historia en un relato único.

Nadie oculta la enorme deuda de esta secuela de Pacific Rim con esos dos subgéneros japoneses protagonizados, respectivamente, por robots colosales, controlados por humanos o biomorfos ‒los mecha, habituales en el anime y en los videojuegos‒, y por monstruos gigantes ‒los kaiju, herederos de Godzilla‒. Pero más allá de esta obviedad, Pacific Rim: Insurrección se presenta como una cinta juvenil muy eficaz dentro de sus limitadas ambiciones.

La franquicia de videojuegos Tomb Raider pasó por un lavado de cara en 2013. Fue aquel año cuando salió a la venta un reboot (reinicio), en el que sufrían cambios tanto el tono del juego como el aspecto de Lara Croft, la protagonista. En aquella ocasión, asistíamos a la primera aventura de la arqueóloga, que se nos mostraba como una joven con recursos, pero vulnerable. Por su parte, su voluptuoso y caricaturesco físico daba paso a una anatomía realista, en la que ya no se hacía explotación de su sex appeal.

Se dice pronto, pero son 20 años ya los que lleva Santiago Segura atado a la figura de José Luis Torrente, protagonista de su ópera prima como director de largometrajes. Desde entonces, la exitosa carrera como realizador de Segura se ha limitado exclusivamente a las entregas de Torrente (cinco películas, nada menos). Por supuesto, nadie le puede mirar raro por querer intentar algo distinto.

En estos tiempos que corren en los que el cine ya no es la variedad de ocio más popular, y pierde su trono ante las series e Internet, cualquier director que saque adelante una película por año merece cierto reconocimiento. Si además hablamos de grandes producciones, con la complejidad que eso suele implicar, el mérito es todavía más grande. Y si tenemos en cuenta que dicho director ya ha cumplido los 80 años, más allá de lo que nos puedan parecer sus obras, uno tiene que quitarse el sombrero ante Ridley Scott.

El turbio y esperpéntico escándalo en torno a la patinadora artística Tonya Harding, sospechosa de organizar un ataque a su compañera y rival Nancy Kerrigan, fue carnaza para la prensa de todo el mundo en 1994, aunque se vivió con especial intensidad en Estados Unidos, al menos hasta que el juicio a O.J. Simpson tomó el relevo en el circo mediático.

Las nominaciones a los premios Oscar de 2018 han sido las que más cejas han levantado, incluso para aquellos a los que la ceremonia de los Oscar no le importa más que el Concurso Nacional de Cocina “Ajo Morado” de Las Pedroñeras, como es el caso de quien escribe estas líneas.

Es lo primero que uno se pregunta al ver esta película de Francis Lawrence. ¿Existen esas agentes secretas llamadas "gorriones rojos"? ¿Es el espionaje ruso tan complejo y corrupto como parece serlo en este vibrante thriller?

No sólo de saltimbanquis enmascarados vive el cine basado en cómics, pese a que los “súper” dominen las taquillas de todo el planeta. De vez en cuando, llega a las pantallas la adaptación de alguna sensación del tebeo independiente, o incluso un fenómeno de la bande dessinée reciente como es La muerte de Stalin.

A causa de lo directo y básico del lenguaje en la era de Twitter, WhatsApp y los emojis, estamos perdiendo la facultad de leer entre líneas y comprender lo que no se dice, los gestos, las elipsis... Por eso, gran parte del público (y lo que es peor, de la crítica) interpretó El francotirador (Clint Eastwood, 2015) como una celebración de la guerra, los tiros en la sesera y la política de Bush, en vez de apreciar esa oscura historia acerca de un tipo que no estaba del todo bien, por así decirlo.

Una película actual en blanco y negro y con 71 minutos de duración. Sólo por eso, The Party se merece nuestro aplauso, pero es que además se trata de un film “de actores” donde dan lo mejor de sí mismos intérpretes del calibre del Kristin Scott Thomas, Timothy Spall o Patricia Clarkson.

Con una frecuencia cada vez menor, aparecen en librerías de viejo y puestos callejeros aquellos tebeos de La Pantera Negra ‒así se titulaban‒ que publicó Ediciones Vértice en blanco y negro, a fines de los setenta. Cada vez que los veo, vuelven a mi recuerdo aquellas lecturas africanas de sábado por la tarde, en las que alternaba las aventuras de Kalar, dibujadas por el español Tomás Marco Nadal, con las tempranas peripecias de T'Challa, rey de Wakanda, oculto tras la máscara de Pantera Negra,

Cualquier conversación acerca de esta tercera entrega de la extraña serie Cloverfield girará alrededor de su distribución, y probablemente ignore la película en sí, que no deja de ser una divertida, aunque algo caótica, serie B de ciencia ficción "directa a vídeo".

Los espectadores que, desde la butaca, se sumerjan con Guillermo del Toro en La forma del agua, han de rescatar dos cualidades que hoy empiezan a perderse: el sentido de la maravilla ‒o si lo prefieren, cierta ingenuidad ante la magia y el romanticismo‒ y una cinefilia de la vieja escuela, es decir, vinculada al Hollywood dorado de los grandes estudios.

Una novela basada en unos hechos reales y en otros más bien dudosos (Horror en Amityville, de Jay Anson, publicada en 1977), y una fachada lateral con unas ventanas que parecen ojos, han sido base suficiente para la creación de una interminable serie de películas, todas ellas centradas en el caserón encantado de Amityville. Nada menos que un ciclo de 18 entregas, iniciado con la exitosa, aunque no especialmente magistral, Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979).