Trestesauros500

Era cuestión de tiempo que alguien hiciera una película utilizando programas de Internet como herramienta audiovisual. Al fin y al cabo, una enorme parte de nuestras vidas se desarrolla entre redes sociales, correos electrónicos, compras online y demás zarandajas de la era digital.

La saga Depredador (o Predator, como la llamamos ahora que somos más internacionales) siempre se ha beneficiado de la falta de expectativas artísticas, algo que ha presionado a otras franquicias como su serie casi hermana Alien.

El éxito de las películas de Marvel-Disney ha provocado que muchos quieran subirse al carro creando sus propios “universos cinematográficos” (franquicias de películas protagonizadas por distintos personajes, pero conectados entre sí).

Steve Allen publicó Meg: A Novel of Deep Terror en 1997. Algunos compramos este libro en su momento porque, ¿cómo resistirse a la historia de un megalodón atacando a humanos?

El eterno y caótico polvorín que es Oriente Medio, un territorio fragmentado en el que se encadenan los enfrentamientos desde los tiempos bíblicos (o quizá desde antes), siempre es un buen escenario para relatos llenos de tensión.

Aunque la primera entrega de The Equalizer recibió en España el genérico título de El protector, la secuela de aquel film de 2014 respeta en nuestro país su título original. Como ya sabrán, The Equalizer no trata sobre un técnico de sonido, sino sobre un justiciero urbano lleno de recursos y prácticamente invencible, que desarrolla su actividad en secreto. Algo así como el Equipo A, pero con un solo miembro y con más afición a astillar huesos.

El éxito de la saga novelesca y cinematográfica protagonizada por Harry Potter volvió a popularizar la literatura destinada a eso que los anglosajones llaman young adult, es decir, adolescentes (y alrededores).

Para transformarse en un autor, un cineasta tiene que contar con una reputación consolidada, con un estilo original y con esa capacidad de arrastre que tienen los creadores que realmente se adueñan del lenguaje audiovisual.

El título español de esta película resulta tan descriptivo como poco chisposo, teniendo el cuenta lo sonoro del original: Chappaquiddick. Ese impronunciable nombre es el de una isla de Massachusetts en la que Ted Kennedy, el único superviviente de los famosos hermanos, se vio involucrado en un asunto más que turbio en las mismas fechas en las que el Apollo 11 llegaba a la Luna, siguiendo el plan iniciado por John F. Kennedy.

Hay quien habla de las películas de Belén Rueda como un subgénero dentro del cine español. Está bien, soy yo quien lo dice. No tiene nada de malo: al fin y al cabo, no es tan común que una actriz gane legítimamente su lugar dentro del terror, al margen de la categoría de jovenzuela scream queen.

Mamá es Selma Blair, que ya tiene edad para tener hijos adolescentes (¡Pero si ayer era ella la que interpretaba a jovencitas! ¿Qué nos ha pasado?) y Papá es Nicolas Cage, ese actor que es un género en sí mismo, y que eleva el arte del histrionismo a un nuevo nivel. Hay quien lo llama mega-actuación.

Tras las revoluciones culturales de finales de los 60, la década de los 70 fue una época entre apasionante, liberadora y bochornosa. La parte bochornosa fue unida a la adolescencia por la que pasó una sociedad tradicionalmente reprimida en lo relativo a la violencia y el sexo.

El cine de acción es, fundamentalmente, un riesgo contado en imágenes. El humor tiene la misma naturaleza. No olvidemos que, desde los tiempos en que Buster Keaton, Douglas Fairbanks o Harold Lloyd rodaron sus escenas más memorables, el peligro y la comicidad han estado unidos. ¿Y cuál es la clave para armonizarlos? Yo diría que la convicción necesaria para convertir una caída, una pelea o una ocurrencia chistosa en una exhibición de verdad y de talento.

No hubo mejor época que los ochenta para ser héroe de acción. Me refiero, por supuesto, a los Schwarzenegger, Stallone, Norris y compañía, dotados de invulnerabilidad y capaces de doblegar a un regimiento con una ametralladora Uzi en cada mano.

Aunque parezca lo contrario, el humor para todos los públicos no es algo habitual. No lo regalan al salir de la escuela de cine. Por eso es tan elogiable esta película de Peyton Reed, una comedia de aventuras en la que grandes y pequeños pueden encontrar muchas y bien justificadas razones para disfrutar.

A la vista de tantas otras secuelas que nos llegan últimamente, y aunque esta reivindicación pueda escandalizar a algunos, creo que es justo reconocer que Gary Ross ha logrado revivir la franquicia Ocean's volviendo a sus raíces: la comedia clásica y el robo de guante blanco.

Casi nadie esperaba que Sicario (Denis Villeneuve, 2015) fuese a tener una secuela. Pese a entusiasmar a público y crítica, parecía un film cerrado y sin necesidad de extensiones de ningún tipo. Sin embargo, viendo el resultado de Sicario: El día del soldado, quien escribe estas líneas no tiene ningún problema en disfrutar de las siguientes entregas que nos depare esta insospechada saga.

Pocos guionistas de cine se convierten en celebridades, y la fama de esta minoría resulta especialmente efímera. Le sucedió a Joe Eszterhas a raíz del tremendo éxito de taquilla que fue Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992) y a Diablo Cody a causa de la buena recepción de la película indie Juno (Jason Reitman, 2007).

Hubo un tiempo en el que los espectadores nos aventurábamos en los cines en busca de horrores primordiales. Me refiero a historias que nos dejaban perdidos en laberintos infernales, oyendo las pisadas de alguna aberración que no debería existir, pero que parecía verosímil en la pantalla.

¡Ya han pasado catorce años desde el estreno de Los Increíbles! Tempus fugit, y de qué manera. El caso es que a uno le extraña que aquel éxito de Pixar dirigido por Brad Bird no haya tenido su secuela hasta ahora.

Hay tantas variantes de la comedia que no vamos a intentar resumirlas aquí. En todo caso, ¡Qué guapa soy! (I Feel Pretty) intenta abarcar unas cuantas: la comedia romántica ‒hay que dar lustre al amor‒, la comedia desfasada ‒sin miedo al qué dirán‒, la comedia con mensaje ‒para los amantes del cine con moraleja‒ e incluso la comedia fantástica ‒tomando Big (1988), de Penny Marshall, como santo y seña‒. De esta forma, combinando lo irreverente y lo libertino, lo tierno y lo ingenuo, Amy Schumer se apropia de una trama construida a la medida de sus cualidades como actriz y humorista.

Juan Antonio Bayona como realizador, Eugenio Mira como director de la segunda unidad, Bernat Vilaplana en la sala de montaje y Óscar Faura como director de fotografía. Ahí tienen cuatro razones que explican la calidad de esta superproducción, una cinta de aventuras en la que los detalles previsibles se alternan con una sucesión de aciertos más que sorprendente en una secuela.

¿Cómo terminar de una vez por todas con la rutina en las comedias románticas? Es sencillo. En realidad, sólo hay que fijarse en los maestros del género e introducir una novedad lo más llamativa posible. Greg Berlanti ha cumplido esos dos preceptos ‒ahora veremos cómo‒, y el resultado es una película que funciona estupendamente.

Cuando un proyecto no llega a rodarse, uno siempre se imagina ese momento en el que todos miran al suelo, y se instala en el equipo ese silencio propio de una unidad de cuidados intensivos a medianoche.

Dos Rachels, Weisz y McAdams, son las protagonistas de este film en el que las interpretaciones son lo más importante. Ambas Rachels, por otro lado, destacan por haber conseguido algo no tan sencillo para las actrices de buena presencia física: demostrar que son excelentes intérpretes y que pueden hacer algo más que lucir palmito.

A la hora de ver una película, ninguna emoción es trivial, y la nostalgia menos. Por esto último, entre otras cosas, cualquier lector veterano de cómics Marvel se enamorará de Deadpool 2 instantáneamente, especialmente si leyó los primeros tebeos de este personaje ‒Masacre, creado por Fabian Nicieza y Rob Liefeld‒ cuando llegaron a nuestro país hace más de veinte años.

En 1997 los Allegri, padre Renzo e hijo Roberto, publicaron un libro cuyo título era Callas by Callas. En él, a través de la documentación oportuna al caso, la cantante contaba su vida y hablaba de su arte.

Rob Cohen es uno de esos directores especializados en encargos. Suelen contratarle para películas de acción y espectáculo de presupuesto medio, sin intención de ser los grandes blockbusters del verano. Pero así y todo, se convirtió en el iniciador (¿accidental?) de una de las sagas más largas y sustanciosas del actual cine palomitero, al dirigir la primera entrega de The Fast and the Furious en 2001.