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Resulta que, al final, Steven Soderbergh no se retiró definitivamente del cine, pese a lo que dijo hace unos años. Y nos alegra, la verdad, porque es un director que, pese a no exhibir un estilo personal reconocible, domina a la perfección el lenguaje cinematográfico y no pocas veces sorprende con sus proyectos.

Aunque las secuelas están a la orden del día, resulta sorprendente el estreno de esta película si la consideramos una continuación de Mrs. Brown (1997), aquel film de John Madden donde se abordaba la íntima amistad entre la reina Victoria y su asistente John Brown, encarnado por Billy Connolly.

Por muchos motivos, la franquicia Kingsman me recuerda el humor extremo que caracterizaba a varios de los Bond alternativos que surgieron en los sesenta, en particular Derek Flint (James Coburn), el protagonista de Flint, agente secreto (1966).

La carrera de la cineasta Kathryn Bigelow suele dividirse en dos fases: la inicial, con excelentes cintas de acción no a la sombra, pero sí en la órbita de James Cameron (Le llaman Bodhi, Días extraños) y una etapa post 11-S, con intensos thrillers de tono pseudo-documental, que parten de escenarios reales y están dotados de cierto contenido sociopolítico (En tierra hostil, La noche más oscura). Este segundo tramo le ha proporcionado a la directora un prestigio entre la cinefilia “seria”, e incluso los Oscars más importantes de 2010 por En tierra hostil.

Aunque hubo otras razones, la principal causa por la que la década de los 50 estuvo tan de moda en la Era Reagan fue que los baby boomers ‒los que eran niños y adolescentes en la América de mediados del siglo XX‒ ya rondaban los 40 años y se hicieron con las riendas del país.

El director Paco Plaza debutó en el largometraje con la adaptación de la novela de Ramsey Campbell The Pact of the Fathers, titulada para la ocasión El segundo nombre (2002). Se trataba de un film correcto y efectivo, aunque algo serio y encorsetado. Poseía una frialdad cercana al cine del, por entonces, adorado Amenábar.

Que una película de animación española triunfe tiene mucho mérito, dada la agresiva competencia Hollywoodiense, con toda su maquinaria publicitaria y sus presupuestos multimillonarios.

En 1951, Henry Hathaway dirigió El correo del infierno (Rawhide), uno de los westerns más tensos jamás creados. La película es brillante un ejercicio de suspense extremo y gran violencia (para los estándares de aquella época) donde unos bandidos desalmados secuestran una parada de diligencias a la espera de robar un cargamento de oro, haciendo sudar tinta a Susan Hayward y a Tyrone Power.

En muchas ocasiones, nos recomiendan o venden alguna película con la expresión “para amantes de las emociones fuertes”. ¿Y qué pasa en esos días en los que apetece ir al cine, pero no tener sobresaltos ni disgustos? Pues para esas ocasiones existen películas como Una cita en el parque, que es una pequeña comedia, agradable y ligera, para pasar un rato tranquilo, sin más.

Cómic fundamental en la ciencia-ficción festiva europea, Valérian y Laureline, obra del dibujante Jean-Claude Mézières y el guionista Pierre Christin, comenzó a publicarse a finales de los 60 e influyó en buena medida en la space-opera posterior, incluyendo La guerra de la galaxias (George Lucas, 1977) y El quinto elemento (1997).

Últimamente están llegando a las salas de cine varias películas que tratan sobre la heroica resistencia británica durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Casualidad? ¿Efectos secundarios del Brexit? Sea cual sea la razón, aquí tenemos un nuevo film centrado en una de las personalidades más relevantes de la historia de Gran Bretaña: el primer ministro Winston Churchill.

Se dice que el rey Arturo regresará de su merecido descanso en Avalón cuando Inglaterra más le necesite. Posiblemente lo haga ahora, para vengar la afrenta que ha perpetrado Guy Ritchie con esta espantosa película.

A veces, se nos olvida a los que escribimos sobre cine que los remakes se hacen, básicamente, para el público que desconoce la existencia de las películas originales en las que se basan.

Una película de clase media (no llega a ser serie B, pero tampoco es una superproducción) que se convierte en un homenaje a la clase media. Eso es Spider-Man: Homecoming. Bueno, eso y un inteligente ejercicio comercial.

"Tiburón" es una palabra polivalente. Lo mismo sirve para designar a una especie animal acosada de forma irracional por la industria pesquera, e imprescindible para el equilibrio de los ecosistemas marinos, que para nombrar a ese horror definitivo que nos acecha en las profundidades. Esto último, claro está, se lo debemos principalmente al cine.

¿Puede una derrota transformarse en una victoria? A veces sí, en especial si hablamos de los británicos, especialistas en usar la cabezonería y la desvergüenza para seguir adelante y triunfar en los momentos más desesperados.

Aunque todavía queda muchísimo por hacer, el mundo civilizado sigue acercándose poco a poco a la meta de la igualdad de género. Claro que, a veces, esta igualdad se aplica más a lo malo que a lo bueno. Explicación: las mujeres ya tienen el dudoso honor de ser también protagonistas de comedias escatológicas.

Un adolescente marginado descubre que ha sido elegido para acabar con la amenaza de una invasión extraterrestre. Regreso a Montauk no tiene ese argumento, pero sí otro igual de trillado, en esta ocasión no dentro del cine comercial más lerdo sino perteneciente a las películas inteligentes para adultos.

La Segunda Guerra Mundial, como su nombre indica, abarcó muchos escenarios, algunos más visitados en el cine que otros. La invasión de Noruega por parte de los nazis no es tan famosa como, pongamos, el Día D o Iwo Jima, pero no carece de interés, en especial en lo referente a la reacción del rey Haakon VII frente a las amenazas alemanas y la actitud del gobierno del país frente a ellas.

Más que Julio Verne o cualquier otro autor de su tiempo, fue el británico H.G. Wells quien definió la ciencia-ficción tal cual la conocemos hoy, con sus subgéneros y temáticas más recurrentes.

La trágica realidad ha ido acabando con esa imagen del terrorista profesional que todos teníamos en mente por culpa de la ficción. El Chacal o los asesinos de SPECTRA: sofisticadas máquinas de matar, maestros en el combate, la infiltración y el sabotaje. En la práctica, súper-agentes instruidos en cuerpos militares de élite.

Y llegamos a la concusión de la trilogía. De la enorme cantidad de virtudes que atesoran las precuelas de El Planeta de los Simios, esta tercera entrega reúne todas ellas, y alguna más.

Nacho Vigalondo es un director muy conocido en ciertos círculos, y goza de una considerable popularidad más allá de nuestras fronteras por sus películas ‒en especial, por Los cronocrímenes (2007)‒. Además, es toda una estrella en las redes sociales españolas. Pese a todo ello, su cine nunca ha funcionado bien en taquilla y sigue siendo un desconocido para el público general.

Salvo en casos excepcionales (Kubo, Del revés), el cine estadounidense de animación no corre riesgos. Ante el mínimo éxito, la maquinaria de explotación se lanza a la fabricación de secuelas, spin-offs, derivaciones (¿cuántas parodias de superhéroes y supervillanos se estrenan en un año?) y, especialmente, merchandising.

Antes de que nuestra existencia estuviera reflejada en el mundo digital, ya era posible “borrar” a alguien. Hoy en día, con un poco de empeño, tus enemigos pueden dejarte en la ruina y en la inexistencia oficial. Les basta con pulsar las teclas adecuadas de un ordenador. Sin embargo, como se puede ver en la última película de Andrzej Wajda, esto no es ninguna novedad.

Es difícil no adentrarse en esta película sin recordar inmediatamente esos buenos momentos que nos ha deparado el cine clásico de aventuras, con toda su carga de entusiasmo, encanto y diversión.

La nueva película de Edgar Wright es prácticamente un musical. Uno “disfrazado”, pero musical al fin y al cabo. Hay quien podría decir que en realidad es un largo videoclip, pero el director británico nunca abandona la narrativa para ofrecer una sucesión aleatoria de imágenes y ritmos llamativos, así que mejor nos quedamos con la definición de “musical”.

El cine clásico no ha sido olvidado del todo. Todavía nos quedan directores como Clint Eastwood o Steven Spielberg, a los que “les sale” sin esfuerzo, incluso se diría que sin querer. Luego están los intentos de imitación, que suelen quedar en esfuerzos bienintencionados, pero de sabor artificial.