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Nadie puede explicar la magia. Es uno de sus misterios, y por eso nos atrae de una manera tan directa. Por supuesto, hablo de las hechicerías y los embrujos de la ficción, y no de su equivalente real, que históricamente condujo de la sabiduría popular a la alquimia, y de ésta, a la ciencia. Pero no nos desviemos del tema.

¿Deben casarse los superhéroes? ¿Pueden aceptar las convenciones sociales del matrimonio cuando lo suyo es lucir un vistoso uniforme elástico y acreditar que no han perdido ni un ápice de sus poderes? Si esas preguntas han generado complicados debates, imaginen lo que ocurrió cuando en 1996 DC Comics optó por llevar al altar al primer representante de esa estirpe: el mismísimo Superman.

La más temprana manifestación de este antihéroe tan peculiar fue su papel secundario en The Sandman (1989). Sólo a Neil Gaiman se le podía ocurrir la idea de un Lucifer con el rostro de David Bowie, hastiado de su papel en el Infierno, y lo más importante, dispuesto a gozar de los placeres mundanos mientras sortea los problemas que le persiguen desde el más allá.

Los malentendidos y certezas sobre la muerte y la posibilidad de un más allá han generado un sinnúmero de relatos, y han seducido la imaginación de muchas generaciones de lectores. Consciente de ello, Mark Millar se asoma a este panorama y nos regala una aventura encantadora, repleta de ensueño y de buen ánimo.

No puede decirse que los Guardianes de la Galaxia fueran los más conocidos antihéroes del universo Marvel. O al menos, no podía decirse antes de que Kevin Feige anunciase su inesperado lanzamiento como franquicia cinematográfica. Desde entonces, la vida ha dado muchas vueltas, y ahora son legión los lectores de cómics que se sienten acompañados por esta tropa de héroes disfuncionales, popularizados masivamente gracias al bueno de James Gunn.

La prosaica dimensión humana de otros superhéroes se relaciona, necesariamente, con las costumbres humanas. Unas costumbres que los dioses nórdicos, incorporados de forma oportuna al panteón Marvel, asumen con cierta dificultad. Y sin embargo, más allá de su grandilocuencia teatral, de sus poses shakespearianas y de sus costumbres vikingas, Thor y sus congéneres llevan unas cuantas décadas asombrando a los lectores del género, convertidos en figuras imprescindibles dentro del escenario marvelita.

La idea de que el pasado está vivo en la memoria de los aficionados se certifica en cuanto salen de imprenta reediciones como ésta: un modélico tomo integral en el que se reúnen las cuatro entregas de la miniserie La guerra de los dioses (septiembre-diciembre de 1991).

Con su terrible causticidad y su prodigioso cerebro, Lex Luthor ha ido consolidándose como el villano ideal: ese malvado cuya sola presencia convierte a un tebeo en una fiesta para el lector.

De toda la difusa cantidad de héroes, antihéroes y villanos que pueblan el panteón DC, los que gozan de mayor prestigio son los que ahora alcanzan el mainstream. Pero ese universo es tan denso y está tan atestado de personajes que uno acaba necesitando un guía para acceder a todos sus recovecos.

John Constantine, a quien ahora leemos en la etapa escrita por Denise Mina, no cansa nunca a los seguidores que le fueron fieles en la colección de Vertigo.

Un paseo histórico por el Universo Star Wars demuestra que, más allá del encanto perpetuo de la saga, sus vaivenes creativos y comerciales han sido decisivos. La simpatía y el atractivo que posee el mundo de George Lucas han sido trasladados al tebeo de mil formas, enriqueciendo eso que llamamos universo expandido, y precisamente por ello, hace falta una brújula para manejarse por ese territorio inmenso.

Entre 1968 y 1970, Neal Adams regaló a sus lectores el talento que abarca este magnífico volumen, protagonizado por Batman antes de que otros dibujantes y guionistas tumbasen al Hombre Murciélago en el diván del psicoanalista.

¿En qué momento Conan se convirtió en el arquetipo del héroe bárbaro? Probablemente mucho después de que Robert E. Howard ideara sus aventuras, en unos tiempos en los que la Depresión golpeaba el espíritu de América con la fuerza de un mazo de herrero.

Frente a ustedes, un genio de la viñeta, John Byrne, y al otro lado del cuadrilátero, tenemos a uno de los personajes más singulares y carismáticos de la Casa de las Ideas, Hulka, la superheroína verde capaz de aplastar a los villanos y de encararse con el lector sin perder ni un ápice de su encanto.

Ya lo verán. Es tan nostálgico como fácil de explicar... Parece que fue ayer cuando adquirimos en el kiosco el número 30 de 1984. Costaba 120 pesetas ‒creo‒ e incluía entre sus páginas la primera entrega de una nueva serie de Bruce Jones y Esteban Maroto, Nave prisión.

Uno, a veces, vive cosas que nunca deberían acabar. A mí, por ejemplo, me agrada sentir la compañía de personajes que conocí en la niñez, y por eso nunca desdeño los reboots, los remakes y los universos expandidos. Sobre todo aquellos que me devuelven viejas compañías. Si además se trata de Star Wars, mis preferencias por la trilogía clásica me llevan a devorar cualquier producto que recupere su ambiente y que prolongue las hazañas de sus protagonistas.

Un repaso de los títulos de la línea Otros Mundos dibuja una topografía que nos conduce al pasado y al futuro, y que remite a ese escenario donde los superhéroes son tratados como parte de una mitología flexible, enriquecida con aportes del cine y la literatura.

Antes de ganar prestigio y notoriedad con Fábulas (2003), William "Bill" Willingham ya había completado una carrera llena de aciertos y guiada por la originalidad. En este sentido, las obras que comprende este volumen nos introducen en un universo lleno de alusiones literarias y cinematográficas, comprometido con un imaginario extremadamente personal.

En 2013, diecisiete años después de la publicación del último episodio de Sandman, Neil Gaiman decidió rescatar del limbo de los personajes imaginarios a su más famosa creación, ofreciendo a todos los lectores el relato que desvela los sucesos previos a la captura de Morfeo por parte del ocultista Roderick Burguess (tal como estableció el episodio inaugural de la serie).

Que a Frank Miller le atrae la cultura japonesa, sobre todo en su aspecto más ancestral y belicoso, queda bastante claro en muchas de sus obras. Lobezno: Honor demuestra que él y Chris Claremont tienen por común centro de interés ese estereotipo de lo japonés que combina samurais modernos, ninjas dignos de un thriller de los ochenta y yakuzas omnipotentes.

El 22 de octubre de 2016, Steve Dillon nos dejó para siempre. Y aunque en su larga trayectoria ‒que progresó desde las páginas de la mítica revista 2000AD hasta series de impacto internacional como Predicador o Hellblazer‒ demostró en muchas ocasiones su talento, creo que este Castigador supone una digna y contundente despedida de este dibujante tan personal.

Acostumbrados, como estamos ahora, a la muerte de héroes y villanos, sea de forma adecuada o contraproducente, es indudable que Una muerte en la familia (diciembre de 1988-enero de 1989) encontró en la tragedia un factor al que los lectores no estaban demasiado habituados, y que hoy hemos de observar con los ojos de aquella época.

Si en algún momento del año uno piensa que su dieta de lecturas tiene pocas proteínas (léase acción, violencia y golpes de efecto), este cómic es muy recomendable para recuperar el vigor. De hecho, y aunque la metáfora que voy a usar esté muy gastada, se trata de toda una descarga de adrenalina.

Antes de atender al presente, muchos aficionados volvemos a lanzar una mirada ‒otra más‒ sobre ese pasado en el que los cómics nos dieron felicidad, recuerdos compartidos y momentos impagables.

Tenemos mucho que agradecer a Barry Windsor-Smith. Apareció en nuestras vidas en una época en la que aún no pensábamos que el cómic de bárbaros y superhéroes fuera un arte, y de pronto, nos encontrábamos con viñetas que evocaban el estilo de los prerrafaelitas y del Art Nouveau.

El Castigador podría estar cansado de darle vueltas a ese dilema que sólo siente como propio: la opción de seguir el camino de la venganza. Está claro que el tipo es implacable, pero gracias a Garth Ennis, Frank Castle no se plantea grandes dudas. Él ya sabe que hay varios desenlaces posibles para sus enemigos, y todos acaban en la tumba.

No, no es una jugada comercial ni una simple reinvención, por más que se parezca a ambas cosas. Lo que hace James Robinson es tomar el personaje de Wanda Maximoff ‒recapitulemos: hermana de Quicksilver, esposa de Visión, hija de Magneto que luego ha dejado de serlo...‒ y potenciar esa parte de su identidad que resulta más intemporal, su faceta de hechicera.

Hay tres cosas que me gusta encontrar en los cómics de Grant Morrison: sentido de la maravilla (o del delirio), un subtexto literario y esa manera que tiene de analizar (en diagonal) los márgenes más turbios de nuestra sociedad. Añadan a esa mezcla una pizca de humor y entenderán por qué esta antología que hoy nos ocupa es tan recomendable.