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El 26 de marzo de 2015 se inauguró en la galería Daniel Cooney de Nueva York la exposición Lendslady, dedicada a la obra fotográfica de Nina Leen. Aquella fue una ocasión única para descubrir a esta figura excepcional, cuya trayectoria en la revista Life, desde 1945 hasta 1972, se resume en cuarenta de las mejores portadas de esta publicación.

En este artículo se parte de la visión artística de un ilustrador de las primeras décadas del XX, Arthur Rackham, respecto a dos conocidas obras literarias del XIX cuyas protagonistas son criaturas de las aguas, la ninfa Ondina y la sirenita.

Carlos III (1716-1788), que inauguró el 4 de noviembre de 1776 el Real Gabinete de Ciencias Naturales, origen del actual Museo de Ciencias Naturales, mostró a lo largo de su vida gran interés por los animales domésticos y exóticos. Su afición le llevó a tener en las residencias reales, entre otros animales, dromedarios, avestruces, llamas, renos y elefantes. Concretamente de estos últimos tuvo cuatro a lo largo de su vida.

Las cualidades del oro, el color amarillo luminoso, la ductilidad y el hecho de ser inalterable, han sido idóneas, no solo para acuñar monedas, sino también para su utilización en el mundo de las artes de todas las civilizaciones. Ha sido siempre un material raro, precioso, reservado al culto, asociado a la eternidad y al poder divino, pero también a la ostentación y la riqueza.

La mayoría de nosotros relacionamos la fotografía post mortem con una costumbre de otras culturas, de otros países. Lo percibimos como una práctica lejana, que se realizaba fuera de nuestras fronteras. Nada más lejos de la realidad, nuestros fotógrafos también realizaban este tipo de retratos.

Desde el punto de vista de la historia de la pintura gaditana hay que señalar que a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX surge en Cádiz lo que se ha denominado el prerromanticismo, que coexiste durante esos años con el academicismo tardío y con el neoclasicismo.

Félix de Azúa (Barcelona 1944) es escritor, periodista, catedrático de estética y doctor en filosofía. Su trabajo nace desde la literatura y el arte. De su propuesta para superar el Arte por las Artes nacen obras como Aprendizaje de la decepción, La pasión domesticada, Diccionario de las Artes o Autobiografía sin vida.

Llegan sin avisar. No las esperas. Tampoco te hace ilusión su llegada. Es un incordio a veces. Casi siempre. Te rodean y te cansan y te vencen. Son saladas y húmedas. Te cubren enseguida la cara. Tu rostro se convierte en un camino a surcos. Se marcha el maquillaje, se marcha la sonrisa, se va todo.

Recuerdas el color de las olas. Se complacían en encontrarse unas y otras sin miedo, con total osadía. Tu padre arribaba a la playa muy temprano y dejaba allí esa preciada carga de las hijas, dos a lo más, casi siempre una, que contemplaban extasiadas el amanecer del mar.

Brillas con el azul, pensó cuando observó que llegaba, con ese paso rápido, nervioso y lleno de preguntas sin respuestas. Brillas con el azul y por eso me asusta mirarte y descubrir que hay un motivo que antes de ahora no era.

Si pudiera, te escribiría una carta. Sería una larga misiva, con puntos suspensivos, cursivas, negritas, las tildes en su sitio, comillas y una plaga de interrogaciones y admiraciones. Una carta compuesta de palabras y de deseos. De miedo y de evidencia. Sería una carta inevitable, una carta que no puede dejar de escribirse ni aun de lanzarse al mar como ese mensaje en la botella.

Para exponerlo y discutirlo en un seminario, me tocó volver sobre el tema de Don Juan. Don Nadie fue la traducción agudísima que hizo de aquel mínimo nombre, su tocayo Juan de Mairena.

Cada mañana cientos de castellonenses atraviesan la plaza del Ayuntamiento y pasan frente a la catedral absortos en sus cavilaciones cotidianas y ajenos al hecho de que a sus pies, más allá de un puro diseño geométrico de baldosas de granito, un laberinto gigante con sus calles y encrucijadas, intencionadamente complejo, busca confundir a quien se adentre en él. Estos días, tras un leve bache en el camino, luce remozado recobrando su simbolismo original.

Son las que sentimos en cuanto conocimos a la Dra. Carol Queen, que nos recibió con los brazos abiertos frente a las puertas del Antique Vibrator Museum que dirige en San Francisco, continuando entusiásticamente la labor de su fundadora Joani Blank. Joaquín, un amigo de Málaga, nos sugirió salirnos del circuito convencional turístico para detenernos en uno de esos lugares, fuera de ruta, que merece la pena visitar. ¡Y tanto que lo merece!

El castellonense Àlvar Monferrer nos plantea si creemos en las brujas en su libro Bruixes, dimonis i misteris (Edicions del Bullent, 2013), donde nos presenta historias a caballo entre la imaginación, la literatura y la vida diaria vinculadas con nuestra cultura popular.

Es difícil usar conceptos nuevos en la cultura pop. En cierto modo, las historias se repiten porque, simple y llanamente, merecen ser contadas de nuevo. De ahí que su elemento diferencial, más allá de su factura o de algún destello de originalidad, venga dado por el mestizaje. Así, el western se fusiona con la ciencia-ficción, el thriller se enriquece con el terror y la fantasía histórica se aúna con el cuento de hadas, en un continuo flujo de combinaciones. Con esta idea en mente, el fotógrafo Sacha Goldberger decidió agitar un cóctel excepcional. Fíjense en los ingredientes: el estilo y la ambientación de la pintura flamenca y los universos icónicos de Star Wars, Marvel y DC Comics.

A quienes les fascina el arte de pintores e ilustradores rusos como Ilya Repin o Iván Bilibin, sin duda les resultará familiar el universo creativo de Andrey Remnev, un creador insólito en el panorama actual, tanto por su fuerza expresiva como por ese toque neoclásico que nos traslada a otros tiempos.

Del mismo modo que los templos se construyen para confinar a los dioses  y evitar que anden desperdigados por el mundo –imaginad qué molesto sería, y qué inconveniente–, podemos aventurar que el marco encierra la pintura para que esta no se derrame e inunde la realidad, o eso que llamamos realidad, con la otra realidad representada en lo que, sea cual sea su soporte, el marco convierte en “cuadro”. En realidad, son otros y diversos los motivos que justifican la existencia del marco, pero permitidme la licencia de incluir este entre ellos.

Xavier de Maistre nos habla, en su Viaje alrededor de mi habitación (1794), de los placeres de viajar sin moverse del sillón. Si el sillón no satisface plenamente nuestra holgazanería, siempre podemos recurrir a la cama. Desde la suya viaja incesante e imaginariamente en tren Edgardo, uno de los personajes de Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela. Es, también, lo que hace el pequeño Nemo a través de sus sueños.

Para construir una ciudad, lo primero que hay que hacer es soñarla.

Suelen gustarme las novelas protagonizadas por ilusionistas y matemáticos. Entiendo que me atraigan los ilusionistas: lo que no alcanzo a comprender es lo de los matemáticos. Claro que lo entenderían aún menos los profesores de matemáticas que, en su día, tuvieron que padecerme como alumna.

En realidad, ni el conde de Montecristo ni el toro que aparece en el título de este artículo anduvieron correteando por el túnel bajo el Támesis, pero espero que me permitáis la licencia, ya que, si no por el túnel, por lo menos sí que vagarán por las líneas que siguen.

A los marcianos se les pinta feos y cabezones. No se entiende cómo no protestan por haber sido representados hasta la saciedad con ojos saltones, rostros cadavéricos de tintes verdosos y unos rasgos que varían entre los del insecto y el reptil. Eso, sin mencionar el abusivo título de “marciano” que alegremente se impone a los hipotéticos habitantes de cualquier planeta distinto a la Tierra.

En esta ocasión, nos vamos al cine. 
Ya en sus orígenes, este hubo de beber en las fuentes del teatro, de la pintura, de todo tipo de documentos gráficos y de los espectáculos visuales que lo acompañaron y, en algunos casos, precedieron. Menospreciado en aquellos primeros tiempos como un entretenimiento “vulgar”, no es extraño que se produjesen intentos de “dignificarlo” a través de las referencias artísticas. Un ejemplo muy claro es el que ofrecen las películas realizadas por Ferdinand Zecca para la compañía Pathé.

No está bien envenenar a la gente  De hecho, está muy mal. Ya nos lo advirtió Thomas de Quincey en su Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, refiriéndose no al envenenamiento en concreto, actividad que desdeña y deplora como novedad abominable importada, sin duda, de Italia, sino al asesinato, en general. “Si uno empieza por permitirse un asesinato –escribe De Quincey–, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”. Imperdonable. “La ruina de muchos –nos advierte– comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento”. Así que nada de asesinar, ni con veneno, ni soga, ni arma blanca, ni de fuego, porque ya se sabe: se empieza por una tontería así y se acaba faltando a la buena educación.

¿Alguna vez os habéis lamentado, en el cine, a causa de la actitud molesta de algunos espectadores? Si así es, no os falta razón, pero no consideréis que este es un fenómeno nuevo o que se limita al público cinematográfico. ¿Cómo se comportaban, por ejemplo, las personas que asistían a la ópera y el teatro en el pasado? Echemos un vistazo a la prensa, para descubrirlo.

A los doce años tuvo la suerte de mirar por un telescopio. Alguien le llevó al observatorio de Lick, en San José, desde donde pudo contemplar Saturno. Quedó tan impresionado por lo que vio que los dibujos y pinturas que venía realizando desde que tenía cinco años se llenaron, a partir de ese momento, de estrellas y planetas. Esas obras primeras desaparecieron cuando el fuego siguió al gran terremoto de San Francisco, en 1906. De la mano de Chesley habrían de nacer muchos más mundos, ciudades, edificios y universos.

Sarah Bernhardt subió al cielo en 1878. La acompañaban su amante en esas fechas, Georges Clairin, una silla, una cesta con la merienda y un aeronauta profesional. La silla –una silla sencilla, con asiento de paja‒ nos relata la historia del viaje en globo de la celebrada actriz en un texto titulado Dans les nuages: Impressions d'une chaise.