Fillon, la hora de la derecha

Fillon, la hora de la derecha Imagen superior: UMP Photos, CC

Las sociedades occidentales afrontan un futuro político incierto en el que los partidos llamados populistas han ganado terreno hasta el punto, en muchos casos, de hacer peligrar algunos de los principios fundamentales de la democracia liberal.

En el caso del Viejo Continente la amenaza es aún mayor, ya que hace que se cuestione la propia supervivencia del proyecto de unidad europeo, hoy más atacado que nunca desde diversos frentes ideológicos.

Pese a todo, continúa siendo cierto que una mayoría de europeos no desea un retorno a las antiguas recetas del nacionalismo agresivo y el proteccionismo económico, que desencadenaron las dos guerras mundiales y contra los que la UE se levantó.

No cabe duda tampoco, empero, de que el populismo ha abierto algunos debates sobre cuestiones políticas capitales, como la economía o la inmigración, a las que es preciso dar una respuesta.

Hasta ahora esta ha consistido, en general, en un llamamiento a preservar la estabilidad del sistema, la sostenibilidad económica y la paz social, junto a un discurso políticamente correcto en defensa de una Europa unida, del multiculturalismo y la ciudadanía global.

El problema que salta a la vista es que esta cantinela complaciente coincide por completo con la estereotipada caricatura que los populistas presentan: una élite cosmopolita, alejada de la realidad de sus compatriotas y sin valor ni ideas para enfrentarse a los desafíos de la época actual. Aún más: la llamada a la calma y a la prudencia corre el riesgo de ser percibida como mera apología del statu quo, siendo evidente que en nuestras sociedades hay mucho que cambiar, a veces radicalmente.

Regalar la bandera de lo nuevo a los populistas es dejar que se consoliden como partido de avanzada, dificultando su derrota definitiva. La elección de François Fillon como candidato a la presidencia de Francia puede, sin embargo, suponer alteraciones importantes en el cuadro anterior.

El veterano político y ex primer ministro ha triunfado en las primarias de su partido con un discurso basado no en la estabilidad, sino en el cambio. No en el miedo a los contrarios, sino en la aspiración a recuperar la grandeza de su país. No en una tibieza indefinida y desideologizada, sino en unos valores profundos y genuinos.

Fillon no oculta su mano: se presenta con un programa de derecha clásica, en el que no rehúye ninguna cuestión espinosa. Es católico y conservador, frontalmente opuesto a toda medida de ingeniería social progresista.

Al mismo tiempo es liberal y reformador: pretende reducir drásticamente el gasto público, bajar los impuestos y combatir el intervencionismo regulador que asfixia a los ciudadanos y a la economía francesa. Y a la par que defiende sin ambages la globalización y la UE, no está dispuesto a dejar que la corrección política le impida abordar los problemas que suscita la inmigración masiva  en un modelo de integración que se ha demostrado inefectivo.

Su mensaje ha calado en un electorado que se ha movilizado altamente y le ha otorgado la nominación de su partido por un amplio margen. Frente a sus oponentes internos, frente al socialismo decadente y frente al populismo antieuropeo, Fillon se ha posicionado como el candidato natural de la derecha liberal y conservadora. Una derecha no nacionalista, que traza sus orígenes al surgimiento del constitucionalismo moderno y que participó en la forja del proyecto europeísta, antes de ser desplazada (en Francia y en casi todas partes) cuando la izquierda relativista posmoderna conquistó la hegemonía intelectual y política.

Ahora, cuando la Weltanschauung de los soixante-huitards ha culminado su reducción al absurdo y los sucesores de los derrotados en 1945 se alzan de nuevo, los europeos volvemos a estar ayunos de una sociedad libre y cohesionada y un liderazgo fuerte, que consolide los progresos recientes y purgue los excesos. No otra es la visión de la derecha civilizada perfectamente encarnada por Fillon.

No se puede cantar victoria. Los populismos tienen mucho recorrido por delante y sería ingenuo subestimarlos en lo impredecible del panorama actual. Pero si temíamos que el futuro nos deparara una polarización amarga entre los nuevos bárbaros y los viejos filisteos, ahora en Francia se nos ofrecen, por primera vez tras años de terrible incertidumbre, motivos para la esperanza, la esperanza de una prosperidad y seguridad renovadas para una Europa más firmemente unida y con unos valores asentados, y esa esperanza se llama François Fillon.   

Copyright del artículo © Antonio Mesa. Reservados todos los derechos.

Antonio Mesa

Asesor de legalidad del comité nacional de AIESEC.

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