Con fans como estos…

El rechazo por lo nuevo es algo tan viejo como la Humanidad. Santificamos todo aquello que nos impactó o fascinó a determinadas edades tiernas –cuando uno todavía mantiene fresca la capacidad de asombro- y rechazamos las nuevas modas dirigidas a la juventud.

Aunque este fenómeno sea más evidente en la música que en cualquier otro aspecto, también sucede en el cine. Así, muchos que vieron llegar el cine sonoro se quejaban de tanta cháchara, y los que se criaron con la Edad Dorada de Hollywood expresaron su descontento con el cine de los 60 y los 70, lleno de palabrotas, violencia y sexo. Los que se amamantaron de las películas de esa época se indignaron con la puerilidad y ligereza de los 80, al igual que los “niños de los 80” hoy nos quejamos de la falta de oficio, originalidad y entusiasmo del cine actual.

Hasta aquí, todo normal: valoramos lo anterior y rechazamos lo actual. Pero ¿qué pasaría si directamente limitásemos a odiar todo?

Internet está demostrando que eso es posible. Basta con meterse en las redes sociales, los foros de opinión y los, así llamados, “blogs de cine” para no encontrar nada más que ejercicios de sarcasmo salvaje –no especialmente elaborado ni original en la mayor parte de los casos-, pero ninguna crítica positiva, ni siquiera un análisis de qué se considera “cine bueno”.

Lo chocante es que gran parte de estos feroces haters está formada por lo que se suele denominar como fanboys, personajes que en teoría adoran el cine de género –amén de los cómics, los videojuegos, la ciencia-ficción y similares-. Vemos un vídeo de un tipo delante de una estantería repleta de muñecos de La Guerra de las Galaxias maldiciendo el día en el que nació George Lucas, y nos quedamos bizcos.

Uno intenta comprender las causas de este Festival del Mal Rollo, y encuentra varias posibles:

a) Internet como patio de instituto

Los que pasamos mucho tiempo en la Red de Redes tendemos a pensar que Internet refleja a toda la sociedad, pero no es así. Hay mucha gente que no usa este invento, o que lo utiliza sin necesidad de crear un alter ego digital que opine sobre todo y busque el reconocimiento social de los desconocidos.

Gran parte de los “opinadores” de Internet buscan un status y no quieren ser blanco de las burlas de la masa cibernética, así que, para no demostrar flaqueza, están en contra de todo, en especial de lo que se marca como objetivo de ataque. Funciona en política, funciona en cotilleos, en deportes y también en cine. Al final, lo que se suponía que iba a ser un nuevo paso en la libertad de expresión, no deja de ser un reflejo de la vida real, una réplica virtual de la clase metiéndose con el gordo o con el gafotas, por miedo a convertirse en víctima o excluido.

De este modo, conviene atacar el primero. Ser el primero en odiar algo te hará más importante. Jamás hay que admitir que a uno le gusta una película, y mucho menos una que se ha marcado –vaya usted a saber por quién y por qué- como objetivo de ataque. Demostrar entusiasmo te convierte en un “pringao”. Odiar es el equivalente a no mojarse, e incluso puedes pasar por tipo duro.

b) Lo políticamente incorrecto

Durante los 90, en especial en Estados Unidos, se llevó hasta límites absurdos la cultura de lo políticamente correcto, que venía a ser el esforzarse para no hacer un feo a ningún colectivo, ya fueran grupos étnicos, sexuales, con problemas físicos, etc. Como toda imposición, terminó por crear una respuesta negativa, y surgieron personajes públicos faltones o comedias como South Park o Padre de Familia cuyo objetivo era soltar burradas transgresoras que destruyeran el encorsetamiento de lo políticamente correcto.

Abrazar lo políticamente incorrecto es algo sano, siempre que se haga con mesura y en defensa del pensamiento propio, pero aprovechando el río revuelto, muchos dieron rienda suelta a su mezquindad y se convirtieron en ejemplo para otros invertebrados que, sacando provecho al anonimato de Internet, se lanzaron a una carrera para ver quién es más cruel y más ingenioso en sus insultos.

c) Cortina de humo

Cuando a uno le gusta algo, siente la necesidad de expresar las razones de su amor. Eso lleva a analizarlas, con lo cual hay que pensar, conocer. Pongamos que te enamoras de Super 8, de J.J. Abrams. Eso lleva a necesitar saber más sobre el cine de Spielberg –homenajeado en la película-, lo que provoca querer conocer la obra de John Ford, Alfred Hitchcock o David Lean, principales influencias de Spielberg.

Si uno no tiene interés en hacer ese esfuerzo, basta decir que J.J. Abrams es un inútil, que Spielberg no hace más que tonterías sensibleras y que no se va a molestar en ver “cine de viejos”. Esto último, en la sociedad actual, lejos de ser una bochornosa declaración de ignorancia, está visto como algo simpático y underground.

c) Desencanto

Muchos no superaron La Amenaza Fantasma. Después de estar años y años dando la tabarra, George Lucas trajo a los fans nuevas películas de Star Wars, y a estos les parecieron un aburrimiento –es cierto, no son ni remotamente tan entretenidas-, además muy pueriles. ¿Acaso las películas originales, con robots humoristas y hombres-perro no lo eran también? ¿No será que ya no podemos recuperar la magia de ser un espectador infantil y eso nos enfurece?

Se tiende a poner en un altar nuestros amores de infancia, un altar tan elevado que nos impide ver cómo es realmente el objeto de nuestra veneración.

d) Amargura

La sociedad se ha amargado. Hemos adoptado una actitud hostil, en especial los citados fans. Es extraño, porque, en principio, esta gente es aficionada a productos cuya intención siempre ha sido entretener y divertir, así que nos encontramos con un mundo muy raro, en el que cada mes salen películas de superhéroes o ciencia-ficción que no pueden ser demasiado divertidas, a riesgo de enfurecer al colectivo fandom.

Una película de aventuras clásicas como John Carter será objeto de linchamiento. Decir en estos círculos que Avatar –por otro lado, uno de los films más exitosos de la Historia del Cine- nos gusta es casi como declararse apestado. Un trailer de una película sobre Iron Man o Superman no debe, en ningún caso, dar a entender que la película contiene humor o momentos de entretenimiento para todos los públicos.

Pero al final, da igual que se hable de cine, de cómics, de política, de medio ambiente o de un famoso; los foros de Internet son iguales, con gente ladrando, soltando toda su basura interior y su frustración. Declararse fanboy, hincha de un equipo de fútbol, progresista o patriota al final termina siendo una pobre excusa para intercambiar insultos.

¿Volveremos a recuperar la alegría y el sentido común?

Con fans como estos, ¿quién necesita enemigos?

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright de la imagen ("Fanboys") © The Weinstein Company, Trigger Street Productions, Picture Machine. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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