The Heartbreaks… Y la historia continúa

Ahora que estás tan de moda las historias postapocalípticas y las distopías, permítanme plantear un escenario hipotético: si me dijeran que dentro de una semana habrá un holocausto nuclear o, aún peor, desaparecerán las últimas abejas del planeta, y que solo puedo salvar 32 Gigas de música (lo que cabe en mi Mp3), puedo asegurarles sin ningún pudor que 31 de los 32 Gigas serían de música británica.

Lo reconozco. Es mi debilidad. Es la música con la que he crecido y en la que encuentro mis referentes. Y los británicos, a su vez, saben también que es una de las pocas joyas de la corona que no pueden guardar en la Torre de Londres. Así lo demostraron, por ejemplo, en las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, protagonizadas por la música.

Inevitablemente, siempre presto especial atención a lo que llega de allí. Y me reconozco sobrepasada. Hay demasiadas novedades interesantes para seguir la pista a todas. Dedicarme a ello sería mi trabajo soñado. Sin embargo, de vez en cuando, una recomendación o la pura casualidad hace que un grupo destaque entre los demás. Eso me ha ocurrido con The Heartbreaks, cuyo trabajo no conocía hasta hace un mes y que ahora es indispensable en mis listas de reproducción.

The Heartbreaks son un grupo muy joven, y su energía lo demuestra. Fórmulas clásicas del pop británico, pero con aires nuevos. Iniciaron su andadura en 2009, cuando los cuatro miembros del grupo, el cantante, Matthew Whitehouse, el compositor y batería, Joseph Kondras, el guitarra, Ryan Wallace, y el bajo, Christopher 'Deaks' Deakin, se unieron gracias a su afición por la música soul (citan a The Ronnettes entre sus artistas preferidos) y por el grupo postpunk escocés Orange juice.

Sin embargo, el pueblo costero donde se conocieron, Morecambe (Lancashire), fue también un punto importante de unión, que influyó en su forma de relacionarse con el arte, además de ser escenario de varios de sus videoclips. Ellos mismos se declaran expertos fanáticos del litoral británico y han afirmado en alguna entrevista que el hecho de vivir en una ciudad tan pequeña, y con muchos menos estímulos que Londres, incluso decadente, los motivó para crear, inventar y absorber todas las influencias que caían entre sus manos.

De sus dos primeros singles (Liar, my dear y I Didn't Think It Would Hurt To Think Of You), ambos publicados en 2010, no se puede pedir más. Tienen todos los elementos de un pop-rock pegadizo, pero además se ven en ellos las enseñanzas de The Smiths y de Jesus and Mary Chain. Gracias a estas dos primeras canciones se ganaron también el respaldo de la crítica, pues la revista NME los consideró una de las bandas más prometedoras del momento. Sin duda, esos buenos augurios se confirmaron cuando actuaron como teloneros del ex Libertine Carl Barat, y más adelante, del propio Morrissey.

Cuando grabaron su primer disco, volvieron a demostrar su inteligencia al conseguir como productor a Tristan Ivemy, que antes había trabajado, por ejemplo, para Babyshambles. Su álbum de debut se llamó Funtimes, que incluía su single Delay, Delay (2012), y volvió a granjearse el éxito de crítica y público.

Ahora presentan nuevo disco, We may yet stand a chance. Se suele decir que el segundo disco es la prueba de fuego para un grupo, el que convierte las promesas en hechos. Y con él, The Heartbreaks han cumplido todas las expectativas, e incluso las han superado. Tiene todas las virtudes del primer trabajo, pero el grupo se ha atrevido a más.

Los dos primeros singles Absolved y Hey, Hey Lover (de donde se extrae el título del disco) adquieren la condición de himno con la primera escucha. Ahora bien, el álbum no acaba ahí. El grupo se dedica a explorar nuevos caminos, llenos de claroscuros y cuya suave melancolía recuerda por momentos a Echo & the Bunnymen.

A partir de unos cimientos firmes, abren nuevas vías con medios tiempos agridulces o arreglos de viento y guitarra, que recuerdan a Ennio Morricone en temas como No pasarán o This is not entertainment; y en Bittersweet aciertan dando sensualidad y contundencia a una balada con tintes melancólicos, que recuerda en ocasiones al mejor Pulp del álbum This is hardcore (el fraseo es digno de Jarvis Cocker) o a los tiempos gloriosos de Suede; pese a todo, mantienen la suficiente unidad y coherencia como para que su álbum no se convierta en una recopilación deslavazada de canciones. Al contrario, es una demostración de creatividad y atrevimiento.

Es posible que piensen que hasta ahora me he dedicado a presentar a un grupo que podría ser uno más de los muchos que nacen al amparo del legado musical británico. Es decir, ¿por qué escuchar a The Heartbreaks, y no a The Maccabees, por ejemplo? ¿Qué tienen de especial?

En primer lugar, su carisma. La capacidad de capturar la atención del público tal vez se pueda aprender, pero sin duda hay quien nace con dotes para ello, y el cantante de The Heartbreaks las tiene. Pese a su juventud tiene la elegancia vocal y escénica de Brett Anderson (vocalista de Suede), sabe cómo embelesar tanto con su voz como con su persona al público. Levanta una ceja en el momento preciso, lanza una mirada cómplice hacia arriba, como Paul McCartney en sus tiempos de Beatle, juega con el micrófono con el descaro de Jarvis Cocker y tiene el magnetismo de Damon Albarn: siempre adopta la actitud ideal para interesar. Es un animal escénico. No necesita ningún escenario, ni artefacto para atraer todas las miradas. Sabe cuál es su personaje. Y eso en la música pop es imprescindible.

Además, el grupo desprende un buen rollo necesario, tienen química entre ellos, y se nota que se lo pasan bien juntos. Ya se sabe que grandes formaciones, como los añorados The Libertines, se rompieron precisamente por las desavenencias de sus dos líderes. Así que no hay que menospreciar la importancia de la química de un grupo para trabajar. Les da veracidad. Al conseguir transmitir su energía al público, las letras de las canciones cobran vida. Es lo que distingue a un himno en potencia de una canción más de un set.

Como he repetido anteriormente, estos chicos son jóvenes, pero muy inteligentes, y han sabido utilizar sus videoclips para explotar su imagen. En una época en la que ni siquiera los canales de música ponen videoclips, algunos artistas independientes han decidido no invertir sus esfuerzos en hacer un vídeo que venda la canción, y han dejado vía libre a Miley Cyrus o Robin Thicke.

En mi opinión, se trata de un gran error, no hay más que ver el revuelo que levanta cada vídeo de los ya veteranos Ok Go.

The Heartbreaks parecen haber entendido el mensaje desde el primer día. Su vídeo para Absolved es una explosión de pop, espectáculo y energía, además de un homenaje visual y sonoro a la música soul de los años 60. La coreografía, las luces, los trajes, los arreglos, todo se fusiona a la perfección en una fusión del brit más motown, en lo que me atrevería a definir como un homenaje de The Heartbreaks a formaciones como The Four Tops.

Por supuesto, no todo es imagen. La imagen sin concepto acaba aburriendo, y es habitual que en el pop ese mensaje se releve a un segundo lugar. The Heartbreaks no lo hacen. En eso aprendieron bien la lección de The Smiths, sin duda. Sus letras están llenas de melancolía, de anhelo, pero también de declaraciones de intenciones. El propio título del último disco lo es: «Tal vez aún tengamos una oportunidad». En medio de la crisis de valores en la que nos encontramos, donde reina el desánimo y la frustración, y pasamos de la inercia a querer montar una revolución, es imprescindible buscar asideros para mantener el rumbo y el ánimo. Y la música es uno de ellos. En estos tiempos, grupos que invitan a un optimismo moderado, que nos permiten dar rienda suelta a nuestros anhelos y melancolía dentro de un contexto de diversión, son altamente necesarios.

Por todo ello, The Heartbreaks han abierto un capítulo nuevo en la ilustre historia del pop rock británico, tuvieron un primer párrafo que nos enganchó a su historia, y con esta continuación se consolidan como uno de los talentos llamados a perpetuar y renovar la gran tradición de la música popular británica.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

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