Siempre nos quedará John Lennon

Iré directa al grano y empezaré este artículo con una cita de John Lennon. Al fin y al cabo, le debo mi nombre. Una de las canciones que más me gustan de su época posterior a los Beatles, Watching the wheels, empieza con la siguiente estrofa: «People say I'm crazy / Doing what I'm doing / Well, they give me all kinds of warnings / To save me from ruin» (La gente me tacha de loco por hacer lo que hago, me dan todo todo tipo de consejos para salvarme de la ruina»).

En innumerables ocasiones, estas letras me han venido a la cabeza. Personas que me decían que me olvidara de ese sueño de ser escritora, traductora. No tenía los contactos adecuados, ni dinero para hacer másteres de 7.000 euros, que exigen casi dedicación exclusiva.

Aun así, seguí adelante con mi plan. Desde que tengo memoria, he querido ser escritora y he escrito historias. O las he contado. Siempre me ha encantado contar historias, reales o no. Es lo de menos. Pero ayer me di con la cruda realidad.

Por un lado están los sueños, y por otro, el alquiler, la cuota de autónomos y las facturas. No hay nada mejor para darte de bruces con la realidad (aunque no creo haberme apartado de ella) que poner una cruz en la casilla de «cese de actividad» en el censo de profesionales de Hacienda.

Pensaba que me echaría a llorar. No. Lo he hecho todo de manera robótica, vacía como un cascarón.

¿Conocen esos bancos que están a las afueras de la Plaza Letamendi, en Barcelona? Allí es donde está mi delegación de hacienda y, para quien no lo sepa, hay una placita que da a una calle peatonal, Enrique Granados (sí, se dice en castellano también, y te entienden). Pues me he sentado allí y me he quedado mirando a la nada. Pensando en la letra de la canción de John Lennon, y sopesando la posibilidad de que quizás sí, debería haber aceptado consejo de esas personas sensatas y haberme sacado una oposición, pero yo siempre he pensado… ¿No todos podemos ser funcionarios, verdad? Es decir, como país, no sé si es viable.

Mientras estaba perdida yo en elucubraciones que variaban entre un enorme rencor hacia… «algo» que no sabía nombrar, y vagas imágenes sobre planes quinquenales y políticas keynesianas, un hombre mayor que yo, de unos cincuenta años, se ha acercado a preguntarme si estaba bien; no sé qué ha debido de ver en mi mirada o en mi cara.

Es cierto que no se me da bien ocultar los sentimientos, pero en aquel momento era tal el torbellino de sensaciones que me inundaba que, de verdad, no sé qué habrá visto. Rabia. Impotencia. Incertidumbre. Tristeza. Supongo que esa era la emoción predominante.

Al final, he hecho lo posible por centrarme y mirar al señor, y hasta he aceptado los dos cigarrillos que me ha ofrecido, pese a que yo no fumo. Así que, básicamente, he dejado que se consumieran, sin dejar de mirarlos, y pensando en qué metáfora más mala de mi situación. Mala literariamente, pero lo cierto es que refleja bastante bien los últimos dos años de trabajo. Las oportunidades, las condiciones, los encargos parecen haberse convertido en cenizas en los últimos años.

Los medios de comunicación hablan de grandes cifras, les dan un enfoque macroscópico, pero yo, claro, solo puedo verlo desde mi condición de ser diminuto y microscópico frente a esos grandes números, empresas, porcentajes, primas, quitas, que marean y que vienen a decir lo que ya nos anunció el presidente de la patronal (sí, el mismo cuyas empresas quebraron, el señor de viajes Marsans), que debíamos trabajar más por menos. Eso ya llevo años haciéndolo. Y por supuesto, el rendimiento que te exigen en la empresa es el mismo, y les aseguro que me he esforzado en mantenerlo porque quería seguir trabajando, sacando horas de donde no las tenía.

Ahora bien, y aquí llegamos a un punto problemático: trabajaba 60 horas y no me llegaba más que para sobrevivir. La economía, como dijo aquel, se aprende en dos tardes: Si te bajan un 30% la tarifa y te suben el IRPF un 6%... Echen cuentas. No hace falta un máster de ESADE, ni siquiera haber pasado por delante para entender la situación.

Todos los autónomos deben tener un colchón. Eso te lo dicen mucho. Y estamos de acuerdo. Pero ¿y si se alarga mucho la espera y el colchón pasa a cojín, y de cojín pasa a… «el yogur está caducado, pero solo por dos días, así que me lo como igual»?

En definitiva, llegas al final del trayecto: el paro. Bueno, en mi caso, puedo decir que estoy parada, literalmente, porque no trabajo, pero no porque reciba ninguna subvención de nadie. Se ve que la gente importante está metida en asuntos de mayor calado que dotar a los autónomos de una legislación que se ajuste a la situación actual.

Bueno, volvamos al señor con el que estaba sentada en el banco, viendo cómo se consumían mis cigarrillos, a los que les daba alguna calada intermitente sin tragarme el humo.

El señor me ha preguntado algo así como: «A veces, las cosas se tuercen, ¿eh? Pero siempre se pueden enderezar.»

No le he respondido de inmediato, porque estaba pensando en metáforas menos cutres que la del cigarrillo quemándose para hablar de mi situación y, entonces, me he acordado de una bufanda y unas agujas de hacer punto, y en la vez que, de pequeña, con unos 9 años, estábamos tejiendo una bufanda en el colegio.

¡Albricias y zapatetas! Por una vez, un trabajo manual se me daba bien porque mi abuela, modista, me había enseñado a tejer. Al acabar la jornada, guardé en mi pupitre mi bufanda a medio hacer. Roja y negra, por cierto. Bien, pues al día siguiente, alguien me había deshecho toda la bufanda, la había sacado de una de las agujas y había dejado una maraña de lana. Sí, supongo que esa es una metáfora algo más acertada de lo que me ha ocurrido. Y en mi ensimismamiento, mientras el señor sentado a mi lado apuraba frenéticamente el filtro del cigarrillo, le he respondido: «¿Y si no tienes ganas de seguir tejiendo, para que alguien venga de noche y deshaga todo tu trabajo de todo un día?»

No tengo complejo de Penélope, ni tengo a un montón de pretendientes esperando en la puerta una respuesta, ni tampoco espero fielmente a mi marido, Ulises, que viene de vuelta dándose unos cuantos garbeos por el Mediterráneo, así que el deseo de dejar de tejer es muy fuerte, aun a riesgo de tentar a las Moiras.

Mientras yo andaba perdida en estas divagaciones que me permiten describir de una forma estúpidamente culta una situación de lo más vulgar, el hombre se había despedido, me había deseado suerte (mucha gente me desea suerte últimamente… y no me parece un buen augurio). 

Se habrá ido pensando que se habría encontrado con una lunática, o tal vez solo fumarse unos cigarritos en compañía.

Bueno, anécdotas al margen, lo esencial no cambia: ahora mismo no sé muy bien si existo, porque la Administración, sea lo que fuere eso, no tiene noticias de mí. Y eso que en algunas empresas hay mucha gente que me tiene en cuenta, pero no sé si para este año o para dentro de dos.

Cuando me quedé sola ocurrió lo inevitable: la bilis ocupó el lugar de la sangre en mis venas y me puse a pensar, bueno, supongo que más bien a patalear mentalmente. Pese a mi formación, pagada por el Estado, pese a mi esfuerzo, pese a no desfallecer y aguantar como fuera durante estos ya ¿7? ¿8? años de crisis, soy una traductora con amplia experiencia a sus espaldas sin trabajo, pero con poca gente que me eche una mano.

Ya me advirtieron que sería mejor que hiciera el máster de 7.000 euros que te garantiza algunos contactos y te hace pasar por delante de… bueno, de mí.

 

Y aquí es cuando recuerdo las letras como puñetazos de Working class hero, y sí, me veo reflejada en ellas, de un lado y de otro.

Dice Lennon: «they hit you at school / They hate you if you're clever and they despise a fool / Till you're so crazy you can't follow their rules» (Te hacen daño en la escuela, te odian si eres listo, y desprecian a un imbécil, hasta que te vuelves tan loco que no puedes seguir sus reglas).

Tampoco tiene desperdicio la siguiente estrofa: «When they've tortured and scared you for twenty odd years / Then they expect you to pick a career / When you can't really function you're so full of fear.» (Cuando te han torturado y asustado durante veinte horribles años, esperan que elijas una carrera, cuando no puedes reaccionar, porque estás aterrorizado). 

Y ya por último, no podía dejar de citar estas frases, que para mí son como una patada en la boca del estómago: «Keep you doped with religion and sex and TV / And you think you're so clever and classless and free / But you're still peasants as far as I can see.» (Te tienen drogado con la religión, el sexo y la televisión / Y tú te crees tan listo, libre de tu clase social, y libre / pero, según veo, seguís siendo campesinos).

Eso me ronda la cabeza muchas veces, ¿he olvidado a qué clase social pertenezco? Durante un tiempo en este país, se nos hizo creer, y lo creímos encantados, que las clases sociales no existían. Y no es cierto, yo sigo siendo bisnieta de pastor, de abuelos obreros, y la segunda en licenciarme en mi familia. Nunca he querido ser una heroína de la clase trabajadora, y sin embargo, he estado tocando techos de cristal, que no debería ni haber visto.

Ostras, cuando traducía a Stephen Hawking no me llegué a imaginar este escenario. Que no podría darme lujos, sí, claro, pero verme sin casa, tener que volver a casa de mis padres después de trabajar desde los 18 años y desde los 22 como traductora (curioso que este sea mi décimo aniversario en la profesión). Y, miren yo no soy de las que entra a patadas en casas que no son mías, aunque sean de un banco malvado. Tómenme como la tonta de la colina, o del pueblo. No me parece forma de avanzar. Ni en la caridad, ni en la beneficencia, ni en la violencia está la solución, sino en el reparto justo de la riqueza del que se ocupen unos legisladores que piensen en el bien del pueblo.

Se cumplen ahora 100 años de la generación del 14. A ella pertenecieron científicos, filósofos, políticos y poetas. Ortega y Gasset, por ejemplo. Mi padre, si me permiten citarlo, es un gran admirador de Ortega. Y, al tener ensayos suyos por casa, los hojeé y me parecieron de una relevancia abrumadora.

Dejando de lado mis problemas personales que son parte de una coyuntura mayor, me viene a la cabeza una frase que subrayé sobre el subrayado de mi padre: «Un país no es sólo sangre, lengua y pasado comunes; es la voluntad de hacer algo juntos».

Poco se puede añadir. Tal vez si no pensáramos solo en dar patadas en la puerta, en nuestra sangre, que es básicamente como la de la de quien tienes al lado, roja, y dejáramos de mirar al pasado para crear bufas, y tuviéramos la voluntad de sacar adelante un país, un conjunto de personas, llámenlo como quieran, yo y muchas personas más tendríamos trabajo. Porque importaría el bienestar social, porque tal vez habríamos llegado a la conclusión de que con un reparto más equitativo de la riqueza, la mayoría sale ganando. Pero si no hicieron caso a Ortega hace 100 años, no tengo mucha esperanza de que de repente se lo hagan ahora.

En fin, acabo de entregar a la editorial mi traducción de un libro muy bonito, infantil. No sé si será el último que traduzca. Ahora tendré que volver a meter mis libros en cajas, y alguna cosa más. Porque he ido perdiendo cosas a lo largo del camino. Y volver a casa de mis padres. Sin fe, sin esperanza. Sin ganas de luchar. Y con el piloto automático puesto para buscar un empleo.

Podría acabar citando Starting Over, y hablar de reinventarme, de sumar, de no restar. Sin embargo, les mentiría. Solo hay una canción de Lennon con la que acabar el artículo, y es "I’m so tired", del disco blanco de los Beatles. Desde principio a fin: «I'm so tired, I haven't slept a wink / I'm so tired, my mind is on the blink / I wonder, should I get up and fix myself a drink?» (Estoy tan cansado, no he pegado ojo / tengo la cabeza hecha un desastre / ¿y si me levanto y me preparo una copa?...).

Esta canción acaba con la frase que se repite en mi cabeza: «You know I'd give you everything I've got / For a little peace of mind». Un poco de paz, de tranquilidad, vamos.

Para acabar, y espero no ofender a nadie, no creo en muchas cosas, más bien en pocas. Me confieso atea. Atea del nivel de Richard Dawkins. Pero este artículo empezó siendo algo muy diferente, y poco a poco, han ido surgiendo las letras y la forma de ver la vida que me han acompañado toda la vida (ya saben «half of what I say is meaningless») ha vuelto a recordarme algo, y es que siempre te queda creer en John Lennon.

Con sus defectos y virtudes personales, sus letras siguen siendo un manantial al que acudir cuando el mundo te vacía y tienes que volver a empezar de nuevo.

Copyright ©  Julia Alquézar. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

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Sitio Web: www.juliaalquezar.com/

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