Marilyn Manson: The Pale Emperor

Cuando un músico de rock lleva cierto tiempo en el negocio y alcanza cierta edad tiene que hacerse un Lou Reed. O, dicho de otro modo, tiene que asumir que ya no tiene edad para el lado salvaje, dejarse de subterráneos aterciopelados, de vicios y de satélites de amor.

Debes asumir que tus fans han crecido, que eres muy mayor para llevar pintalabios, y si consigues que Willem Dafoe y Steve Buscemi, musas de la cultura independiente para adultos, participen en tu disco como recitadores, conseguirás convertirte en aquello que llaman músico consagrado.

Por supuesto, se podría decir, aunque te tachen de mercantilista, que haber vendido más de 50 millones de discos ‒como ha hecho Brian Warner, tras la persona escénica de Marilyn Manson‒ basta para consagrarse. Ahora bien, está claro que en el mundo de la cultura las cosas son más complicadas y conseguir un éxito masivo no siempre te asegura un reconocimiento como artista. Incluso puede tener el efecto contrario.

Manson es un artista que prosperó en los años noventa del siglo pasado, con el empuje del post-grunge y de la mano del maestro Trent Reznor ‒a quienes pocos se atreven a discutir, la fama y el éxito‒, pero desde luego no le han asegurado el reconocimiento.

Aún hoy, la mayoría de las entrevistas que le han hecho a raíz de la publicación de su nuevo disco, The Pale Emperor, se centra en sus excentricidades. Los medios se deleitan con curiosidades personales: por ejemplo, que en su casa reina la penumbra y que rehúye la luz del sol de Los Ángeles (cosa que a alguien de piel pálida no le sonará a excentricidad, sino a recomendación médica). También rebuscan en su vida amorosa y en sus relaciones con chicas más jóvenes, strippers o estrellas del porno (jamás Marilyn Manson se ha reivindicado como modelo de comportamiento, y no todos los matrimonios del rock pueden ser tan longevos y fructíferos como el de Sharon y Ozzy Osbourne), e incluso recalcan que en su casa tiene un cuadro de John Wayne Gacy, un asesino múltiple convicto.

En ocasiones, su música queda en un segundo lugar; y estoy bastante segura de que no es justo, pero parece bastante difícil considerar la figura de Manson sin todo el artificio del que él mismo procura rodearse.

Queda claro que Brian Warner es un provocador, y la máscara de Marilyn Manson le facilita conseguirlo. Resulta evidente en todas sus entrevistas que a Manson le gusta alardear de su ingenio, de su modo de vida alternativo y, si consigue sacar los colores al periodista en cuestión, probablemente se sentirá satisfecho. Y elucubrar quién se esconde tras esa máscara desvía la atención de lo que importa de verdad: su trabajo.

Ahora bien, Marilyn Manson encierra más de una paradoja, que puede explicar la fascinación o curiosidad que despierta más allá de sus costumbres estrafalarias. La estrella de rock que vive al límite, aparentemente sumergida en la lujuria y el nihilismo, el satánico y erotómano, suele destacar por la sensatez de las respuestas que ha dado a sus críticos más furibundos, así como por el humor del que suele hacer gala en sus conversaciones con la prensa.

Manson ha tenido enemigos muy poderosos: la ultraderecha y el sensacionalismo estadounidense han intentado en más de una ocasión convertirlo en el chivo expiatorio de, por ejemplo, la violencia juvenil, haciendo un alarde de pensamiento reduccionista y simplón.

Él siempre ha sabido defenderse con inteligencia; del mismo modo, ha ido capeando escándalos (si es que un divorcio puede considerarse un escándalo), y ha adoptado también la actitud más inteligente: seguir con su actividad artística.

En los últimos años, en los que probablemente no tenía muy claro cuál era su lugar en la música y durante los que confiesa haber sentido en exceso el peso del personaje que le dio la fama, ha probado con otras formas artísticas. Así, pinta y actúa (su último papel ha sido en la serie de culto Sons of Anarchy).

Sin embargo, ahora parece haberse reconciliado con sus orígenes. Incluso con antiguos amigos, como Billy Corgan, de Smashing Pumpkins, con quien ha tocado recientemente en Londres.  Atrás quedan años de discos más prescindibles, de los que, no obstante, siempre podían salvarse algunas canciones o la revisión de algún clásico como "Tainted Love" o "Personal Jesus".

Con la publicación de The Pale Emperor, Marilyn Manson vuelve a explotar una estética potente, como siempre, aunque quizás más discreta e incluso sofisticada. Sus letras cubren los campos habituales: amor, muerte, violencia, todo con un toque gótico. Y la música es muy buena, realmente buena.

Aunque lo verdaderamente destacable es que The Pale Emperor entusiasma. Y no era tarea fácil. pues el adelanto del primer single «Third day of a seven year binge», un medio tiempo, fue recibido con gran escepticismo. Por suerte, «Deep Six» y «Cupid carries a gun»,  las otras dos canciones que se adelantaron del disco, corrieron mejor suerte, y más de un escéptico se preguntó: ¿es posible que a Marilyn Manson le quede algo que decir? 

La respuesta llegó con la publicación del disco el pasado 19 de enero, y ha sido un rotundo sí. Marilyn Manson aún tiene capacidad de crear música relevante, y que no solo defrauda, sino que entusiasma tanto a crítica como a quienes llevamos más de 15 años escuchándolo.

¿Y saben qué es lo mejor? Que Marilyn Manson consigue eso siendo fiel a sí mismo, sin tener que volverse un artista “serio” ‒en el peor sentido del término‒ ni renunciar a su lenguaje, ni al rímel, ya puestos (afición que, por cierto, comparte con su gran amigo Johnny Depp, quien lo ha acompañado en más de una actuación, y de cuya hija es padrino).

The Pale Emperor es de los trabajos de Manson donde más rock hay, y probablemente sea el mejor desde Antichrist Superstar. Prueba de ello es la canción llamada a convertirse en un clásico de sus conciertos, «The Mephistopheles of Los Angeles». Y aunque esta canción destaque quizás con la primera escucha, otras, como «Warship my wreck» o bien «Odds of Even», que cierra el disco con un broche de oro, consiguen sobrecoger al oyente tanto por la potente interpretación de Manson, como por la composición y la producción, que destacan por su crudeza y sus guitarras.

El disco te deja con la sensación de que detrás de todos los adornos, de todo el artificio que ha rodeado siempre a Marilyn Manson, hay un artista sólido, que aún tiene cosas que contar después de casi dos décadas, y que hace exactamente la música que quiere y en la que cree. Y al margen de que te guste más o menos su estilo, todo lo anterior es suficiente para concederle la consagración como artista, sin necesidad de entrar a hacer valoración alguna sobre su madurez.

La buena música rock, como la que contiene The Pale Emperor desde el principio hasta el final, apela a la capacidad de sentir placer sin complejos, ni remordimientos, y asimismo al hedonismo que no hay que justificar, y que puede quedar relegado a un segundo plano con el paso de la juventud a la edad adulta. Y en este sentido, el entusiasmo que logra generar Marilyn Manson con su nuevo trabajo es un estupendo revulsivo para quitarse de encima complejos y prejuicios.

¿Quién quiere que Marilyn Manson madure mientras siga sabiendo componer buena música rock? Trabajos como The Pale Emperor y canciones como "Deep Six" le aseguran un lugar de relevancia en la música moderna, y lo consagran, sin ninguna duda, como referente indispensable de la música rock (gótica y no gótica). Y lo demás, poco importa.

Copyright © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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