John Grant, la única B.S.O. posible para "Weekend", de Andrew Haigh

A veces se dan coincidencias. Una coincidencia, diría alguien, suele tener explicación: te gustan un cierto tipo de películas, de literatura, de música, de arte; te mueves en determinados círculos, incluso en una zona geográfica limitada. Así que las coincidencias son inevitables. En todo caso, de ese modo surgió este artículo.

Hacía tiempo que quería ver una película, Weekend (2011), de Andrew Haigh, que vuelve a estar de moda por ser el director de la serie de temática gay Looking, publicitada a bombo y platillo por la HBO, y que actualmente puede verse en Canal +. La película de la que quiero hablarles, no obstante, tardó dos años en llegar a España, pues se estrenó justo hace un año. Había oído hablar de ella antes de que llegara aquí y, cuando por fin se estrenó en mi ciudad, creo que estuvo unas pocas semanas en cartelera, y se me escapó sin poder verla.

La que sí que no me había pasado desapercibida era su banda sonora. Y especialmente dos canciones, las que corresponden al álbum Queen of Denmark de John Grant. Para aquellos a quienes no les suene, fue el líder de The Czars durante la década de los 90, pero la banda no nunca llegó a tener el éxito esperado por su líder, cosa que para Grant fue devastadora, hasta el punto de cambiar el estudio de grabación por una barra donde emborracharse. Dejó por completo la música y no creyó que pudiera jamás salir de ese pozo de drogas y autodestrucción. De hecho, poca gente apostaba por él. Grant es muy claro respecto a este periodo y acepta abiertamente que contempló el suicidio como salida a todo ese sufrimiento.

John Grant fue un niño gay que tuvo que crecer en lo que en Europa nos gusta llamar la «América profunda», que asistió a colegios cristianos toda su vida, lo que le dificultó aceptar su homosexualidad con naturalidad; al contrario, esos años lo llenaron de culpabilidad y vergüenza por su propia condición. Le habían enseñado lo que a muchos: que no estaba dentro de los parámetros establecidos por aquella sociedad como «normales y morales».

Volvamos, no obstante, al tema de las coincidencias. Hoy, exhausta tras una semana de sacar adelante algo de trabajo y de buscar más, pero cansada sobre todo por la sensación de caminar en un alambre sin red, en tiempos tal vez no apocalípticos, pero sí inciertos, he cogido mi viejo iPod y lo he puesto en la opción de aleatorio en el altavoz, y la primera canción que ha salido ha sido, precisamente, Marz de John Grant, que es la canción con la que acaba la película que tenía pensada ver esa misma noche Weekend. Debo confesar a los lectores que soy incapaz de escuchar Marz sin una copa de vino, aunque sea un dedo, porque no bebo, y un cigarrillo en la mano, aunque solo sea para ver cómo se consume, porque no fumo. La belleza de la canción solo se ve igualada por la melancolía y soledad que transmite.

Weekend (disponible en filmin.com), la película a la que me llevó irremediablemente Marz, cuenta la historia de dos chicos que se conocen un viernes por la noche, y pese a las reticencias de ambos de dejar entrar a nadie en su vida, acaban influyéndose mutuamente y cambiando su manera de ver el presente.

Uno de los personajes vive casi con la obsesión de reinventarse cada día, de que nadie lo encajone, como dice él «de no quedar atrapado en hormigón». El otro protagonista, en cambio, vive su homosexualidad prácticamente de forma clandestina, casi solo se relaciona con heterosexuales, que llevan una vida absolutamente «normal», con hijos, cumpleaños, comidas familiares y juegos de mesa. Para hacer la metáfora de su encierro aún más plástica, el director nos muestra que vive en un edificio cuadrado, con ventanitas cuadradas, de, precisamente hormigón, que casi acaba convertido en un símbolo de las categorías inamovibles sobre las que se ha construido la sociedad occidental y en las que, conforme crecemos, debemos encajar.

Se afana hasta extremos también obsesivos por distinguir esa vida «normal» con sus amigos heterosexuales de su aspecto como hombre homosexual que va a clubs a buscar ligues. Precisamente, en uno de esos clubes, estos dos personajes tan contrapuestos, y heridos cada uno a su manera, se encontrarán y ayudarán mutuamente. Lo que viene a continuación, como el propio director quiso dejar claro, es la cotidianidad de dos hombres homosexuales que viven un fin de semana especial, normal. Siguiendo ese mismo espíritu, que nadie espere cambios drásticos, que no existen en la vida real, y que menos aún pueden darse en dos días. Sin embargo, sí experimentan un proceso de autoconocimiento y aceptación del propio ser, y también superan algunas de sus propias limitaciones. Todo ello cristaliza en una escena de un beso en una estación de tren. No puede haber escena más emblemática del cine, ¿no? La diferencia en este caso es que el beso está protagonizado por dos chicos, y, alguien, desde fuera de plano, grita «maricones». Sin embargo, el sentimiento que logran transmitir los actores, el director, incluso, la fotografía empequeñece ese insulto hasta el absurdo. El plano les pertenece a ellos. Los intolerantes, en este caso, son los que quedan al margen, fuera.

Ahora que les he hablado un poco de la película y del artista que quiero reseñar, ¿no les parece que John Grant y Weekend tenían que encontrarse? Así, como mínimo, lo pensó Andrew Haigh al otorgar todo el protagonismo a Marz en las escenas finales de la película.

John Grant publicó su primer disco en solitario, Queen of Denmark, el mismo año que se estrenó la película. Tanto en la cinta como en el disco encontrarán vulnerabilidad, sufrimiento, anhelo por ser amado, rabia, dolor, insatisfacción y, por supuesto, ansias de ser aceptado por lo que eres, sentimientos que todo ser humano, que no esté hecho de hormigón, experimenta.

Por otro lado, hay cierto optimismo en los dos casos de los que hablo: John Grant encontró a los 42 su posibilidad de redención, y los dos protagonistas de Weekend, aunque sea con soluciones completamente distintas, encuentran su forma de abrirse paso en el mundo sin renunciar a quienes son, aceptándose, e incluso hallan apoyos que no esperaban. En Weekend, uno de los momentos más emotivos de la película está propiciado precisamente por uno de esos amigos heterosexuales a los que el protagonista se empeñaba en dejar al margen de su vida.

John Grant, por su parte, debe buena parte de su resurrección y su éxito a la banda de pop folk americana Midlake, encargados de acompañar la sutil voz de barítono de Grant con sus teclados, cuerdas y percusiones.

Los integrantes de Midlake eran grandes admiradores de la banda anterior de Grant, y, en buena parte, son responsables de sacarlo del olvido y, tal vez, de que siga vivo. Así, con Midlake, Grant compuso el disco Queen of Denmark, que no solo le devolvió la fe en sí mismo, sino que consiguió que varias revistas especializadas, como NME, y periódicos como The Guardian o el Times lo distinguieran como álbum del año, distinción que Grant recibió casi con tanto escepticismo como incredulidad, aunque fue el empujón definitivo a su carrera.

Después de este éxito arrollado y de conseguir mantenerse sobrio, John Grant dejó un poco de lado el folk y las baladas como Marz, y decidió coquetear con la electrónica, de la mano, por ejemplo, de Hercules & The Love Affair. Precisamente en un concierto con esta banda declaró abiertamente que es seropositivo. Decidió además explicar su vivencia de la enfermedad en una canción de su último disco, publicado en 2013, Pale Green Ghost.  

Espero haberles convencido de que las coincidencias a veces existen y son beneficiosas. Weekend, Andrew Haigh y John Grant, con su Queen of Denmark, debían encontrarse en algún momento del tiempo y el espacio.

No quiero acabar este artículo sin señalar algo que me parece tremendamente importante. No soy un hombre, no soy gay. Pero las maneras de ser diferente son infinitas. Y los derechos que reclaman los protagonistas de Weekend, los problemas que aparecen en la película de Haigh y en las letras de Grant (la sensación de estar incómodo en la propia piel, el miedo y el dolor que provoca el rechazo por ser diferente, así como el recordatorio y la reivindicación de que no todos cabemos en una cajita de hormigón) no afectan a minorías, sino a cualquier persona que se salga del camino marcado. Si un homosexual es un maricón (faggot en inglés), poco cuesta que a una mujer la llamen puta o la consideren frustrada por no tener una familia al uso y lo mismo puede aplicarse a cualquiera que se crea con el derecho de «ir por libre».

En conclusión, solo quiero recomendarles que vean Weekend y que escuchen a John Grant. La discriminación y la maldita distinción entre la normalidad y la marginalidad no desaparecerán de la noche a la mañana, pero trabajos como estos ponen su grano de arena para que todo el mundo pueda despedirse, en público, en un andén de tren, de su amante sin que nadie se gire a mirarlo con disgusto. Y si me apuran incluso tiene derecho a besarlo con un travelling circular. ¡Qué menos si tienes la suerte de conseguir algo tan difícil como encontrar a otra persona que te quiera por lo que eres!

Y acabo con las líneas que cierran Queen of Denmark, y que nos inspiran a muchos.

Don't know what to want from this world

I really don't know what to want from this world

I don't know what it is you wouldn't want from me

You have no right to want anything from me at all

Why don't you take it out on somebody else?

Why don't you bore the shit out of somebody else?

Why don't you tell somebody else that they're selfish?

A weakling, coward, a pathetic fraud

So Jesus hasn't come in here to pick you up

You'll still be sitting here ten years from now

You're just a sucker but we'll see who gets the last laugh

Who knows, maybe you'll be the next queen of Denmark.

(No sé qué esperar de este mundo / De verdad no lo sé / No sé qué no querrías que hiciera / No tienes ningún derecho a esperar nada de mí / ¿Por qué no vas a molestar a otro? / ¿Por qué no vas a echarle tu mierda a otro? / ¿Por qué no le dices a otros que son unos egoístas? / Unos enclenques, unos cobardes, unos fraudes patéticos /. Jesús no ha venido hasta aquí a escogerte / Dentro de diez años seguirás aquí sentado / Eres un capullo y ya veremos quién ríe el último / Quién sabe, quizás acabes siendo la próxima reina de Dinamarca.)

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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