Fitz And The Tantrums

Para mí lo vintage no es un trasto lleno de polvo que recoges en un mercadillo para rehacerlo en tu casa, sino que debe ser algo que conserve el encanto de otro tiempo, y tener un buen acabado que no interfiera con las marcas del tiempo.

Bueno, pues este es un poco el problema de lo que vienen a llamar neo soul o soul simplemente.

Tienes que ser muy inteligente para rescatar instrumentos, acordes, arreglos que recuperen el brillo del soul de los sesenta y los setenta, pero aportar algo nuevo. Les confesaré que no me gustan los espectáculos del tipo «el guitarra que tocó una vez diez minutos con John Coltrane vuelve a tocar el disco entero sin cambiar un medio tiempo por 50 euros la entrada para arriba». Para eso, prefiero ponerme el disco.

Tal vez haría alguna excepción. Un verano en Nueva York, tuve la suerte de oír en el césped de Washington Square en directo, claro, a la Charles Mingus Orchestra. Gratuitamente, por cierto. Pero ¿cuántos Charles Mingus hay y ha habido sobre la faz de la tierra?

Por otro lado, tampoco comparto el empecinamiento con algunas piezas de música: en el Auditori de Barcelona (que se supone más popular que el Palau y por supuesto que el Liceo), no hay año que no toquen el Réquiem de Mozart, acompañado de algún Vivaldi o alguna rapsodia resultona de Liszt. Sí, es bonito, pero me parece que los programadores infravaloran al público. Solo les dan lo más conocido; por un año que tocaran algo de Schumann, no estaría mal, pero bueno, no quiero apartarme demasiado del tema.

Les decía que, cuando voy a un concierto, no me importa oír estándares, por supuesto, pero que agradezco cuando a la tradición le dan una vuelta de tuerca. También en Nueva York, en esta ocasión en el Village Vanguard, estaba escuchando tocar a la banda de allí, tampoco tuve mucha opción, por problemas de horarios y disponibilidad. En todo caso, todos los temas eran suyos. Hubo un momento en el que uno de los músicos se levantó, y el director del grupo nos dijo «discúlpenlo, tiene que ir a tocar estándares de Duke Ellington con una Big Band para que los demás podamos estar aquí.»

En definitiva, el secreto de toda creación creo yo es asumir la tradición y hacer algo nuevo con ella. Entender las obras que nos han dejado otros gigantes y, después decir: “vale, pero yo voy a hacer esto, porque creo en ello”. Y eso es precisamente lo que hacen Fitz and the Tantrums, un grupo que desconozco hasta qué punto es conocido por aquí. Se parece un poco a Sharon Jones & the Dap-kings (a quienes también les recomiendo), solo que estos últimos son más tradicionales, se ajustan más a los ritmos habituales, y son una orquesta con una vocalista, es decir, quieren recrear las actuaciones antiguas.

El caso de Fitz and the Tantrums es diferente. Sí, reconoces la tradición soul, pero Michael Fitzpatrick sabe imponer la dosis justa de carácter para reclamar como suyo el resultado. Lo acompañan en la banda: Noelle Scaggs (voz y percusión), James King (saxofón, flauta, teclado, percusión y guitarra), Joseph Karnes (bajo), Jeremy Ruzumna (teclados) y John Wicks.

Se cuenta que Fitzpatrick encontró un órgano electrónico Conn, una pieza difícil de encontrar, al parecer, al menos en Europa, y que en el transcurso de una sola noche compuso Breakin’ the chains of love, que abriría su disco titulado Picking up the Pieces. En él encontramos una mezcla muy lograda de sonidos que parecen salidos de la Motown (quizás deberíamos ponernos todos en pie en este momento para mostrar nuestros respetos), y que se complementan con la potente y satinada voz de Noelle Scaggs y un buen grupo de músicos.

Ambas voces tienen su propia personalidad, y sin embargo logran no pisarse y armonizarse perfectamente.

Aparte de las potentes Dear Mr. President y por supuesto Moneygrabber, y algún corte del que se podría haber prescindido como Rich, les recomiendo también Tighter, con arreglos de cuerdas incluidos. A mí, que no suelen gustarme las baladas, está me gusta bastante.

En 2013, sacan su segundo disco, More than just a dream; y ya saben qué ocurre con los segundos álbumes de las bandas que tienen éxito con su primer disco: críticos y fans someten a un escrutinio casi propio de la autopsia realizada en un instituto anatómico forense al nuevo trabajo.

En definitiva, en la cabeza de todos la pregunta es ¿serán Fitz and The Tantrums flor de un día? Hay casos en los que la presión ha causado auténticos desastres en los segundos discos, y que se han podido o no recuperar en el tercero.

Desde luego, en el caso que nos ocupa, tenemos un cambio de tono. Las dos primeras canciones me asustaron un poco, debo admitirlo. Luego llegó The Walker y tuve 3:53 para respirar tranquila: es un temazo, de esos que te pones en tu casa cuando estás solo, en pijama y que te hacen saltar encima del sofá. Pueden estar tranquilos, las canciones que siguen a The Walker son buenas. Spark está bien, 6am tiene un rollo funky que funciona, y de nuevo la armonía de voces es más que notable. De hecho esta canción representa bastante bien qué son Fitz and The Tantrums y su fusión de elementos de diferentes épocas.

Con Fools Gold vuelven a bajar, y su sonido se diluye. No es una mala canción, pero creo que carece de sus mejores virtudes. Y, sin embargo, con Keepin our eyes out, la canción siguiente consiguen remontar bastante bien. Y con Last Raindrop vuelven a estar arriba y aún suben más con House On Fire.

En definitiva, este segundo álbum cumple con los tópicos de los segundos trabajos, son irregulares. La banda parece querer avanzar en su sonido y ofrecer algo nuevo y, por supuesto, es un buen propósito, pero puedes salirte de la senda con la que habías acertado, y en lugar de seguir por ahí, perderte por algún alcorce o bifurcación. También es cierto, que este disco se arreglaría mucho si en vez de doce canciones tuviera nueve o diez. Un número por el que apuestan Franz Ferdinand y otros que cuentan con el grado de la veteranía. En todo caso, vale la pena ver qué pasa con el tercer trabajo de Fitz and The Tantrums, normalmente ese es el momento definitivo para saber qué va a pasar con una banda. Aunque haber grabado un disco por Pickin’ up the Pieces ya les da el crédito suficiente para esperar sus futuros trabajos con ganas.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Elektra Records. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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