El imaginario electrónico de Metronomy

Me ha costado decidirme a escribir una reseña sobre Metronomy. Permítanme que explique el porqué. Hay canciones suyas que me encantan. No me cansaría de oírlas. Los más puristas dirían que son las más asequibles. No sé. Son las que más me gustan a mí.

Hasta ahora, todas las reseñas que he escrito son sobre grupos que me entusiasman. Y por eso son fáciles de hacer. En este caso, Metronomy es una formación electrónica muy importante, que juega con los grandes. Los grupos más importantes e influyentes del panorama, desde Goldfrapp hasta Franz Ferdinand o incluso Britney Spears, se los rifan para que les hagan remezclas de sus temas. Y por si querían alguna prueba más de su importancia e influencia, Michel Gondry hizo un parón en su adaptación de La espuma de los días para dirigir el vídeo Love Letters, que pertenecerá y dará nombre a su nuevo trabajo, que se publica este mismo marzo. En este caso, aparecen el Gondry y los Metronomy que me gustan, y que ya me cautivaron con The Look de su álbum The English Riviera de 2011.

Sin embargo, el anterior no es un disco que yo, al menos, haya podido escuchar de principio a fin. Ahora bien, cabría preguntarse, igual que hacemos quienes hemos estudiado teoría literaria, si toda la música tiene que escucharse igual. En mi opinión, en absoluto. Para explicarlo, recurriré a la teoría literaria de la Estética de la Recepción, cuyo máximo exponente fue Jauss, y que, en pocas palabras, consiste en analizar la respuesta del lector al texto literario.

Es decir, si la literatura puede analizarse como un intercambio de preguntas y respuestas, o incluso de experiencias entre textos y lector, y por tanto, no habrá dos lecturas iguales, ¿no se puede aplicar lo mismo a la música?

Precisamente eso es lo que me atrae de Metronomy. Arriesga, rompe armonías, hay momentos incluso en los que alguien podrá decir «quita eso, que me da dolor de cabeza», pero despierta un diálogo entre quien los escucha y su música. Es imposible, por ejemplo, caer en una escucha pasiva, es decir, ponerlos de fondo para hacer otra actividad.

Hablemos de su último sencillo I’m Aquarius de 2013, cuyo vídeo dirigió el francés Edouard Salier junto con The Creators Project. Sirve también como avance del disco que antes decía que está al caer, y se llamará Love Letters. I’m Aquarius prácticamente ni siquiera esta cantada, es decir, como mucho diría que las palabras están moduladas, y cuentan, eso sí, la historia de un desengaño amoroso. Al protagonista de la canción le pilla totalmente desprevenido el abandono porque, como cuenta al principio, su antigua pareja le había dicho que su amor estaba escrito en las estrellas. Y él se lo había creído; ahora se da cuenta, en cambio, de que su chica se ha ido tan rápido que ha dejado su anillo encima de un paquete de cigarrillos sin terminar. Ahí se introduce el tema de las constelaciones y el juego de los horóscopos, del futuro que no se puede cambiar, todo ello, según mi intuición, con cierta ironía.

Como single no es una canción convencional, no tiene nada que ver con Get Lucky de Daft Punk. Y esa es precisamente la virtud y el defecto de Metronomy: algunos oyentes los odiarán y sólo oirán cacofonías, mientras que otros entrarán en el juego, aunque sea por un rato, para desentrañar el caos, disfrutar de su extrañeza, del efecto de sonido inesperado, de las bases rítmicas que se descomponen y se vuelven sincopadas. Y seguro que habrá quien los tilde del último invento hipster. Ahí me tengo que oponer, te gustarán o no, los aguantarás o no, pero llevan activos desde 1999, aunque algunos miembros hayan variado, desde que Joseph fundara esta peculiar orquesta que algunos califican como IDM (Intelligent Dance Music).

En esta última denominación tampoco puedo estar de acuerdo. Aunque, si me han leído alguna vez, ya saben que no me gustan las etiquetas.

No obstante, en este caso, creo de hecho que, en ese diálogo del que hablaba antes que se establece entre el músico y su oyente, la pretenciosidad es un ruido que no debe entorpecer la comunicación. O aceptan a Metronomy con sus rarezas, con sus errores y aciertos, o déjenlo estar.

En cualquier caso, es evidente su influencia en los artistas que sí llegan al gran público a lo largo de los últimos veinte años. No es extraño. Como cualquier arte, es necesario experimentar con la música. Y por supuesto, quienes lo hagan, al arriesgar, unas veces se equivocarán y otras acertarán. Pero hay una verdad absoluta: sin riesgo no hay novedad, no hay ruptura de lo esperado, no hay sorpresa. Escuchen, por ejemplo, Holyday de 2008 y díganme si no les recuerda a algunos arreglos de Franz Ferdinand, por ejemplo, de su último disco, de 2013. Además, Metronomy ha cumplido con la importante labor de reciclar o recoger el legado de los sintetizadores y la primera música electrónica de las décadas de los 80 y 90.

En definitiva, si Metronomy no existiera, alguien tendría que inventarlos. Y ahora unas pequeñas instrucciones de uso: si nunca han escuchado a Metronomy, empiecen con Love Letters, y sigan con The Look, y si quieren dar un paso más, sigan con Holiday. A partir de ahí, adéntrense por su cuenta y riesgo y espérense lo inesperado, pero tómenselo con calma.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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