El eslabón no tan perdido del punk: Suicide

Proto punk electrónico, post punk, art punk y art rock, dance punk y electro punk, synthpunk y synthpop, no wave y new wave, industrial… todas estas etiquetas se aplican o bien al dúo del que trata este artículo o a bien a sus hijos musicales. Se trata de Suicide y de todos los que lo siguieron.

Lo cierto es que la mejor manera que tiene un crítico o cualquiera que tenga que hablar de música de salir del aprieto y definir o caracterizar un estilo musical de un grupo determinado es aplicarle una etiqueta, o incluso varias. Así podemos definir a un grupo como dance punk con algunos de toques de synthpop y de glam rock. He leído esta definición. La he leído. Y les seré sincera, no sé de qué estaban hablando. Cuando luego vi el grupo lo entendí un poco mejor. Vamos, que las etiquetas están ahí, sin saber muy bien por qué, y, sin embargo, ahí están, agazapadas para saltarte encima cuando menos te lo esperas.

¿Cuál es la razón de toda esta taxonomía? ¿Tienen los críticos musicales alma de entomólogos? ¿Y no se podría resolver toda está cuestión diciendo que, evidentemente, unos grupos influyen en otros? ¿Alguien tendría las narices de dudar de que cuatro o cinco acordes de Lennon-McCartney han engendrado cientos o miles de canciones? Al fin y al cabo, tiene mucho sentido: la música que uno oye, igual que la literatura que lee durante sus años de formación, influye determinante en su manera de componer o de escribir, ya sea para seguir el mismo camino de sus ídolos o, al contrario, para oponerse a la senda marcada por los predecesores.

No gastemos más… caracteres… y pasemos a hablar del dúo al que está dedicado este artículo: Suicide, formado por Alan Vega y Martin Rev. La primera vez que oí hablar de ellos fue porque Jarvis Cocker lo mencionó en un concierto que Pulp dio hace un par de años en el Primavera Sound de Barcelona. Creo recordar que justo antes de empezar con una maravillosa versión en directo de This is Hardcore —sublime, si me permiten el inciso—, Jarvis preguntó a los allí presentes qué demonios estábamos hacíamos viéndolos tocar a ellos, a Pulp, mientras Suicide, «el mejor puto grupo de rock de todos los tiempos están tocando en otro escenario aquí al lado».

Yo, que idolatro a Jarvis Cocker desde mi adolescencia, no perdí el tiempo al llegar a casa, con rímel corrido y sin cortarme la pulserita del festival, y me puse a buscar quiénes eran esos tipos llamados Suicide.

Lo que me encontré me dejó atónita. Hagan ustedes la prueba, si quieren y si no conocen a Suicide, sigan mis pasos: busquen en Spotify o en YouTube «Ghost Rider - Suicide», y escuchen solo los 30 primeros segundos. ¿Les suena a algo? Sigan escuchando.

Solo una voz y un sintetizador. La voz es oscura (Ian Curtis, Iggy Pop, Paul Banks de Interpol, algún hermano Reid de Jesus & Mary Chain, Matt Berninger de The National, elijan ustedes mismos) farfulla, suelta algún que otro alarido, que resuena, jadea con la música pegada al micrófono, aspira, y de fondo una melodía, unos riffs de teclado, que a algunos les resultarán machacones y que otros calificarán de hipnóticos y psicodélicos, y en este caso no es tópico, porque fueron de los primeros en hacerlo; y lo transgresor en su momento fue que esa melodía solo se conseguía con un sintetizador y un órgano, y bastante viejo, por cierto.

Lo curioso es que su minimalismo se debió al abandono del guitarra, los bajos y el batería. Es un ejemplo perfecto de una catastrófica desdicha que se transforma en afortunado hallazgo. Poco podían imaginarse los dos tipos de Suicide, cuando empezaron a moverse desde el Lower East Side al Soho de Nueva York que las canciones de su único álbum, que sacaron en 1977, y que lleva por título el mismo nombre de la banda, que sus canciones, lo crean o no después de haber escuchado Ghost Rider, llegarían a tener una influencia tan enorme que hasta Bruce Springsteen se declaró admirador e hizo una versión de una de sus canciones.

Alan Vega y Martin Rev empezaron a moverse en el Nueva York post New York Dolls, a mediados de los 70. Después de estudiar física y arte en el Brooklyn College, Vega se involucró en un grupo socialista llamado Art Workers Coalition, que llegó incluso a montar barricadas en el MOMA. De las reuniones de este grupo, surgió el Project of Living Artists, un espacio de trabajo y de performances en pleno Broadway con Waverly. Aquí se gestó Suicide y dieron su primer concierto. Siguieron moviéndose por galerías del Soho y tocando lo que ellos llamaban punk de masas, y ahí se revela la influencia en sus composiciones de la idea del arte y la música de Warhol y de la música de la Velvet Underground.

Otra de las grandes influencias de Suicide fueron los Stooges e Iggy Pop —sí, ese señor que ahora anuncia Schweppes limón vio tiempos mejores. Vega advirtió que en los conciertos de los Stooges no solo eran una experiencia musical, sino que la interacción con el público era igual de importante. Verlo supuso un revulsivo para él. En sus propias palabras, Vega dice: «Me enseñó que no tenía por qué hacer actuaciones estáticas, sino que podías crear situaciones, hacer algo ambiental. Eso me motivó con más intensidad a hacer música. En comparación con Iggy, sentía que lo que yo hacía era insignificante.»

Conforme el grupo despegaba y hacían de teloneros de Clash y de Elvis Costello, sus conciertos se volvían experiencias más extremas, por expresarlo con tacto. Vega increpaba al público, que reaccionaba en consecuencia. La apuesta de Suicide, sin guitarras, ni baterías, era extremadamente arriesgada, y además, Vega no perdía oportunidad para provocar. El resultado era que los conciertos de Suicide acababan a menudo en revueltas, y el público lanzaba todo tipo de objetos a Vega y a Rev; no creo exagerar cuando afirmo que ese lanzamiento de proyectiles alcanzó su punto álgido cuando en una actuación como teloneros de The Clash, en Glasgow, en 1978, les lanzaron un hacha al escenario. Un hacha de verdad.

El LP homónimo de 1977 volvió a reeditarse en 2005 con gran éxito y se convirtió en un objeto de culto. El primer corte de ese álbum, del que hablaba ya antes, Ghost Rider, es un homenaje a uno de los superhéroes de Marvel, el Motorista Fantasma. Y precisamente el nombre del dúo se debe también al título de uno de los cómics de este personaje, Satan Suicide. Al menos, eso es lo que se repite en los artículos sobre la banda.

Según él mismo afirma, Vega fue quien le hizo esta sugerencia a Rev. La historia es lo bastante buena como para que sigamos contándola, aunque lo cierto es que no he hallado ningún cómic de Marvel publicado en los setenta con ese título. Quizá Vega se confunde con otras dos historietas del Motorista, They Who Serve Satan o Shake Hands with Satan.

La característica principal de Suicide es su incapacidad de adaptarse a los circuitos convencionales, y tal vez esa sea también su mayor virtud. Sin embargo, esa independencia que los llevó a no querer comprometerse con la industria hizo que su influencia quedara solapada por otros grupos más mediáticos como Kraftwerk.

Creo que ya ha citado suficientes nombres de bandas, e incluso etiquetas, para demostrar la tremenda influencia de un grupo que ha aparecido, ha desaparecido, pero cuyo acordes y distorsiones han permanecido en el inconsciente colectivo o en el magma musical, como quieran llamarlo, de los últimos 20 o 25 años, y ha dado resultados tan diversos como Jesus & Marie Chain o Soft Cell.

Para acabar, solo quiero volver a invitar al lector a que escuche su disco de 1977, y así pueda sacar sus propias conclusiones.

Igual que en la literatura hay tantas lecturas como lectores, porque cada uno llega al texto con su bagaje personal, en la música también llegamos con la cabeza llena de canciones que nos han marcado, que nos han definido y que nos han hecho vibrar. Por eso, cada uno debe tener su propia experiencia.

Solo una recomendación, presten atención a una de mis canciones favoritas, Cheree, y déjense llevar por lo que les inspire. Los clásicos o quienes abren nuevos caminos tienen esa facultad, te conducen a lugares inesperados.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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