El dudoso privilegio de ser un artista maldito: Antonio Vega

Lo maldito vende. No creo que haya mucha gente dispuesta a rebatirme la aseveración previa. Una muerte tortuosa, envuelta en circunstancias morbosas, asegura, por ejemplo, un repunte en las ventas de un músico o un escritor, y contribuye a construir lo que algunos llaman “su leyenda” cuando sería más afortunado decir alusión a su legado.

El 21 de marzo de 2014 se publicaban en diversos medios, nacionales e internacionales, imágenes inéditas del suicidio de Kurt Cobain. A disposición de quien quiera leerla está su carta de suicidio e incluso algunas notas más en las que, según algún teórico de la conspiración, parece señalar a Courtney Love, su viuda y madre de su única hija, como culpable de su muerte. ¿Pensó alguien en cómo reaccionaría Frances Cobain, la hija, al ver circular semejantes documentos?

Cuando surgieron las nuevas fotos, de inmediato recorrieron Internet. El fácil y rápido acceso a la información no siempre es bueno, pues en ocasiones ves cosas que no querías. Pero Internet o las redes sociales son solo canales. Las preguntas que creo que debemos hacernos son: ¿qué interés periodístico tenían? ¿Aportaban acaso algo nuevo a la investigación o a la música de Nirvana? ¿O tal vez eran una forma simple y burda de vender más, de conseguir más tráfico de visitas en las páginas web correspondientes? En todo crimen, hay una pregunta fundamental: «quid prodest?», es decir, «a quién beneficia». ¿De qué sirvieron esas nuevas fotos? ¿De verdad ese grotesco material lleva a alguien a comprar música de Nirvana? Les dejo a ustedes la oportunidad de reflexionar sobre la necesidad de difusión de tales imágenes y sobre por qué hubo gente, mucha, que picó en el anzuelo.

El caso de Kurt Cobain tal vez sea uno de los más recientes de la historia de la música, pero el impacto de su muerte residía no solo en la truculencia de los hechos; hay sucesos similares todos los días. El impacto se debió a lo que Cobain había hecho antes de su muerte: con su trabajo marcó un antes y un después, creó o se inventó una década, una forma de vivir que suponía una ruptura respecto al movimiento cultural anterior. Extendió el grunge, de modo que legiones de jóvenes adoptaron esa forma de entender la vida, aunque mayoritariamente lo hicieron solo desde un punto de vista estético.

Mejor para ellos. El grunge cuenta con un componente nihilista que no hacía bien alguno a personalidades que ya tenían tendencia a la melancolía, como la de Cobain. No es casual que me abstenga conscientemente de apuntar diagnóstico alguno sobre su salud mental: ni estoy cualificada, ni poseo información fidedigna sobre el tema.

Tal vez sea ya hora de dejar de frivolizar sobre la salud mental, y de considerar los síntomas de algunas de esas enfermedades unidas a la vida artística como una extravagancia más.

Volviendo a Nirvana, en la vida y en la de muchos, su música marcó un hito. Recuerdo perfectamente llegar al colegio (porque todavía estaba en E.G.B.) y que me dijera una chica que se había muerto Kurt Cobain. Aún hoy me entristece su pena, y cuando lo veo interpretar su famosísimo Unplugged, me pregunto qué pensaría cuando cerraba los ojos en algunas de las letras, aunque en el escenario parecía feliz. Bromea y sonríe de medio lado.

Por otro lado, sus letras siguen de actualidad y sus melodías siguen siendo oscuras buhardillas en las que protegerte porque hablan tu mismo idioma. Cuando un artista no solo no pasa de moda, sino que se afianza con el paso del tiempo, y las nuevas generaciones hacen sus relecturas estamos ante lo que estrictamente se considera un clásico. Hay quien me dirá que es un poco pronto para considerar un clásico a Kurt Cobain; puedo responder que solo el tiempo nos dará la razón, aunque yo apuesto por él (al fin y al cabo, menos han tardado en canonizar a un Papa), en todo, si logra el estatus de clásico no será por su muerte trágica, sino por su genio. Igual que Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, o más recientemente Amy Winehouse.

Todos los artistas citados anteriormente tenían en común el amor incondicional a la música y una incapacidad casi mórbida para organizar su vida. Ahora bien, lo que une al club de los 27 no es el malditismo sino el talento. Son personas que se fueron demasiado jóvenes y que podrían haber dado mucho más al alcanzar la madurez.

Los músicos y artistas que sobreviven son aquellos que comprenden que la música es un trabajo, y pueden haber consumido drogas (lo hicieron, con toda seguridad), pero supieron mantener la cabeza fría y recordar que estaban en un negocio, que les gustaba sí, pero que también debían llevar una vida al margen. El perfecto ejemplo de esto es el líder de los Rolling Stone, Mick Jagger, que además de cantar, es un atleta y un gran inversor de capitales, pese a que la tragedia lo ha salpicado a él recientemente, con el suicidio de su novia, y por supuesto a los Rolling, con la muerte de Brian Jones.

He querido dedicar este artículo al tema del artista maldito porque casi desde siempre me ha parecido una estupidez. No me parece que añada nada a la obra de un artista que muriera ahogado en su propio vómito, o pobre y rechazado por la sociedad. Prefiero que se les reconozca su talento y que las habladurías, las drogas o cualquier otro comportamiento autodestructivo quede en un segundo, o tercer o cuarto, plano. No aportan nada a la obra.

Al fin y al cabo todo esto del artista-genio medio loco está muy vinculado con el concepto estético de lo sublime del griego Longino (se cree que vivió entre III a.C. y I d.C), que la estética romántica del Sturm und Drang, con Goethe y Schiller a la cabeza harían suyos. Piensen en ese héroe alejado de lo clásico, como el Heathliff de Cumbres borrascosas, o en escritores malditos españoles que murieron muy pronto, como Larra, que se suicidó, siguiendo la ola de suicidios que agitó Europa tras la publicación del Werther de Goethe, o eso cuenta la leyenda.

Probablemente haya explicaciones sociológicas mucho más complicadas, como la aparición de un nuevo tipo de individuo, que pretendía separarse de la sociedad burguesa y de los cánones marcados para esa época, y desde luego no lo hacía sin pagar un precio. La soledad y la incomprensión son el precio que muchos adelantados a su época, o que se niegan a vivir una existencia hipócrita deben pagar. Y la libertad individual de pensamiento sale muy cara: que se lo digan a Oscar Wilde, otro de esos malditos que debieron de aborrecer serlo, más en el caso del dandy inglés.

Edición londinense de 1632 que reúne los poemas de Ovidio traducidos por George Sandys.

Si tuviera que hacer unas vidas paralelas como las de Plutarco, me remontaría a bastantes siglos atrás, concretamente a la época en la que vivió Ovidio, y que tan fácilmente puede relacionarse con el poeta inglés, no solo por su exilio, sino por la libertad, el humor y la honestidad (toda la que es posible en literatura) que ambos comparten.

Ambos tuvieron que exiliarse por esas mismas razones, y ninguno de los dos quería ser un artista maldito. Además, si tenemos en cuenta que Ovidio vivió en el siglo I a.C. constataremos de nuevo que lo de los poetas malditos (a los que les hacía maldita la gracia serlo) viene de lejos.

En definitiva, para entender las muertes de Kurt Cobain o de Elliot Smith debemos retroceder al momento en el que la obra se unión al autor, en el que el páthos (experiencia, sufrimiento en griego) era del personaje, pero los lectores lo atribuían de forma ingenua también al autor. De hecho, es un truco que utilizó ya Dante con Beatrice, o Petrarca con Laura. Solo que en ese momento, el objeto de amor del poeta era una mera anécdota. Importaba la forma, il dolce stil novo (Aunque yo misma debo reconocer que, cuando estuve en Florencia, en la iglesia en la que se supone que Dante conoció a Beatrice, no pude contener un escalofrío).

Ahora bien, con la llegada del romanticismo, como decíamos antes, y sobre todo con la publicación de Edgar Allan Poe y después de Baudelaire (gran admirador de Poe) se llegó al clímax de lo maldito. Rimbaud, Verlaine... La muerte, una temporada en el infierno, la experimentación con las drogas, los artistas consumidos por sus propios demonios: nada de todo esto es nuevo.

Gustave Courbet, "Le Désespéré" (1844-1845)

Yo misma soy gran admiradora de todos los artistas citados en este párrafo, pero por lo elaborado de sus composiciones: con sus juegos con lo maldito, con lo maligno. Pero ahí reside el límite. Siempre y cuando sea un juego, es divertido. El problema es cuando entran en escena drogadicciones o enfermedades y se mezclan en la valoración del artista en sí, y aún más, se ven como un atractivo de ese autor.

Desde luego, para el autor deja de ser divertido, aunque algunos de esos grandes maestros podían seguir entreteniendo al lector pese a ir consumiéndose lentamente por alguna dolencia. Ese es su talento: pese a llevar una vida de artista maldito, consiguen crear obras maestras. Y tengan en cuenta que muy pocas personas son capaces de tamaña hazaña.

Piensen en Lord Frederic Leighthon (autor, por ejemplo de Sol ardiente de junio), también del siglo XIX inglés. Si pueden visitar su casa en Londres –con un jardín impresionante–, háganlo y verán cómo se puede crear arte sublime y llevar a la vez una más que plácida existencia. De ahí que cuando en algún reportaje o libro me encuentro con la glorificación de la vida malsana unida al arte, siempre me viene a la cabeza aquello de «¡Max, no te pongas estupendo!», que don Latino grita a Max Estrella cuando el bohemio de pro lanza algún discurso grandilocuente.

En este sentido, y sobre la banalización del arte también valdría la pena recomendar al lector el documental Exit through the gift shop de Banksy. No trata el tema del malditismo en sí mismo, pero sí da una perspectiva de la banalización del arte tremendamente reveladora.

Y me preguntarán, si han llegado hasta aquí, ¿por qué este artículo ahora? Les responderé con un nombre propio: Antonio Vega. En mi opinión, uno de los mejores artistas, cantautores, que ha dado este país, en los últimos treinta años al menos.

Fue, además, un creador intimista y alejado de la política, cosa que parece imposible para la mayoría de cantautores actuales a quienes se exige un posicionamiento político (véase la polémica protagonizada por Raimon en los últimos días).

Antonio Vega escribía sobre otras cosas. Lo suyo era poesía lírica cantada.

Por supuesto, todo el mundo conoce, y casi está aceptada como himno de los 80, La chica de ayer. Sin embargo, hasta que murió, Antonio Vega escribió canciones mucho más personales, y desde luego, menos comerciales. Mi favorita es El sitio de mi recreo. De hecho, la letra de esta última me recuerda a una poema de Rimbaud, de su primera época, Sensation, que empieza “Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers…”. Ángel Caído es otra de sus mejores composiciones: una de esas que te provocan un nudo en la garganta, sin otro recurso que la voz de Antonio y su guitarra. En esa lista se incluyen Océanos de sol y Mi hogar en cualquier sitio.

Tal vez el disco más duro que editó fue el posterior a la muerte por un cáncer de Marga, la compañera con la que había compartido más de una década. Ella parecía ayudarlo a llevar una vida más reglada, centrada en la música, hasta el punto de llegar a escribir algunos temas con él. Recuerdo leer una entrevista de aquella época, y Antonio Vega parecía haber perdido el último anclaje.

De todos modos, enfermo o no, entregó toda su vida a la música. Y si debe dedicársele un documental, como el que se estrenó en DocumentaMadrid (Tu voz entre otras mil, dirigido por la periodista Paloma Concejero, también responsable del guion), lo lógico habría sido centrarse en su faceta musical, y evidentemente mencionar sus problemas de salud, porque la adicción a las drogas, no se olviden, es una enfermedad.

El documental contó con el apoyo de toda la familia y dura en su totalidad 3 horas. Sin embargo, la versión que se estrenó fue mucho más corta. ¿Adivinan por dónde habían acortado? Exacto, por la parte del hombre que amaba la música hasta el punto de que parecía que era lo que lo mantenía con vida en algunos momentos. En lugar de eso, como denuncia la propia familia, se hace hincapié en imágenes de jeringuillas, en sus adicciones, en sus desgracias, se repiten imágenes de poblados de droga a los que el artista parecía acudir.

La familia acusa a la directora de engañarlos y manipularlos, y considera que la productora los ha engañado. Ellos pensaban que se iba a hacer un retrato equilibrado de Antonio Vega. Sin ocultar las sombras, pero tampoco las luces. Y en su opinión, como recoge el artículo de El País del 7 de mayo de 2014, titulado Controversia póstuma, no es un documental que haga justicia a Antonio Vega; han llegado incluso a pedir que sus seguidores no vayan a verlo.

El clavo en el ataúd lo puso una persona que no habría imaginado. Diego Manrique, cuyo conocimiento musical admiro muchísimo, titulaba su crítica del documental en El País (12-5- 2014) “El gran consentido”.

Me quedé sin palabras tras leer esta crítica que, básicamente, demuestra una gran ignorancia en lo que respecta a las adicciones. Cito: “No detecto sensacionalismo en la película de Paloma Concejero. Al contrario: se ha embellecido la vida de Antonio, con abundantes tomas de playas, montañas, nieve. Quienes conocieron su cotidianeidad podrían aportar vivencias descarnadas, deprimentes, crueles. Preguntan los seguidores: y eso ¿sería importante? Ciertamente, si aceptamos que las canciones reflejan la biografía: 35 años marcados por la búsqueda de heroína, un estilo de vida elegido racionalmente.”

Más adelante tacha al cantante de manipulador y le dedica unos párrafos crueles y sobre todo impropios de un crítico musical, que debe hablar de eso, de música, no de si le caía mejor o peor el cantante. No obstante, la simple frase de que «la búsqueda de heroína fue un estilo de vida elegido racionalmente» descalifica a su autor.

El señor Manrique sabe mucho de música, eso está fuera de toda duda, pero no tiene ni idea de adicciones, y no se ha molestado en buscar en Google qué dice la OMS al respecto.

Según la Organización Mundial de la Salud, la adicción es una enfermedad física y emocional. Y si quieren más información al respecto, búsquenla, y comprobarán que los tratamientos punteros para la drogadicción precisamente tratan los aspectos psiquiátricos/psicológicos junto con los físicos. Puedes desintoxicar a un adicto, pero si no das con el impulso autodestructivo que lo llevó a consumir, recaerá en la misma adicción o en otra. La parte física no se puede curar.

Entonces, ¿es lógico decir que una persona que según la OMS tiene una enfermedad mental es capaz de elegir conscientemente un estilo de vida?

El señor Manrique se atreve incluso a decir que, cuando el cantante estaba ya muy enfermo –de lo que fuera, eso pertenece a la esfera privada de cada cual. Sabemos, como mínimo, que murió de un cáncer de pulmón–, su carrera entró en declive. Ya. Claro. Arriba lo decía: el poeta torturado y enfermo, que fuma opio, toma láudano y tiene sífilis, y además escribe de maravilla existe solo en nuestra imaginación. La enfermedad es la realidad. Y enfermo no se puede escribir ni música, ni crear nada. Evidentemente, si está enfermo, no actuará en condiciones.

Les seré sincera, intenté ver todo el documental. No pude. Despide cursilería mezclada con sordidez sin ton ni son. De la música de Antonio Vega, ni rastro. ¿Un análisis de sus composiciones? Para qué.

Cuando ves documentales hechos en otros países, como el libro y la película sobre la vida –nada ejemplar– de Ian Curtis, líder de Joy Division, y compruebas el respeto que les tienen a esos artistas, te preguntas qué pasa en este país para que no dejemos ni a los muertos descansar en paz con tal de hacer ruido mediático.

Es trágico. Para su familia, especialmente. Llámenme poco profesional, pero viendo Tu voz entre otras mil no podía evitar pensar en la madre de Antonio Vega, que había cedido documentos inéditos de su hijo, a sabiendas de que no se iba a ocultar la parte oscura de su vida. Lo hizo con la promesa por parte de la directora de que también se reivindicaría su figura artística.

Como profesional del mundo de la cultura, me negué a terminar el visionado. No trata de cultura. Sería mejor que lo programaran como si fuera un telefilme de tarde de sábado.

Y me quedo con esa pregunta… ¿Por qué hacemos esto con nuestros talentos?

Lo bueno de todo esto es que Tu voz entre otras mil se olvidará, y Antonio Vega seguirá figurando como uno de nuestros grandes autores: uno de esos cuyas canciones unen a generaciones enteras. Y así, a través de su música y su talento, se prolongarán su vida y su legado.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes de "Tu voz entre otras mil" © Karma Films. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

http://fabularios.com/

Sitio Web: www.juliaalquezar.com/

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