Haendel: ayer, hoy y mañana

En 1720, en plena carrera inglesa, editó Haendel la primera entrega de estas suites para clave. Por entonces sus óperas se representaban en el Teatro del Rey y el compositor gozaba del monopolio de sus ediciones, también por privilegio real, ya que otra publicación –la de Jeanne Roger en Amsterdam– no contaba con su revisión y ofrecía escasas garantías de autenticidad. En 1727 se dio a conocer la segunda parte de las suites y en 1733/1734 las reeditó John Walsh, sin saberse hasta qué punto Haendel intervino en el evento.

Es curioso rememorar la finalidad didáctica de estas series, dada su altísima calidad estética, su eminente perfección de escritura y la eficacia de su redacción para el teclado, ahora reavivada por su ejecución en un piano moderno. Por un lado, cabe colegir que Haendel evitó grandes dificultades virtuosísticas.

Por otra, que diversificó sus fuentes para que los alumnos –sin duda, muy aventajados– se tornaran duchos en materia de oberturas, cantables, ritmos bailables y variaciones.

Escuchándolas, más de uno –yo, el primero– nos consolamos imaginándonos ante un piano y resolviendo estas “facilidades” como lo hace Lisa Smirnova.

Que Haendel supo escribir para todos los dispositivos, voces e instrumentos disponibles en su tiempo, es público y notorio. Pero que consiguiese esta plural faena de estructuras y de números que son las ocho suites ahora reunidas, no deja de sumar una admiración más a las muchas que su memoria recoge desde hace varios siglos. Me detengo en lo que podríamos estimar como un dechado del cosmopolitismo barroco y la construcción de una música decididamente europea. Haendel, en efecto, era alemán, recaló en Italia –por entonces, todavía, fulcro de la música continental y madre de géneros y formas–, se instaló en la poderosa pero no especialmente creativa Inglaterra y atisbó el prestigio que las artes de Francia habían ganado en el continente.

En efecto, si la suite puede considerarse un invento francés, con su obertura majestuosa, su aria intercalada y su oscilante cantidad de danzas que le dan nombre genérico –giga, alemana, corriente, sarabanda, pasacalle en los índices de estas obras– , la construcción de base es el concierto italiano, hijo de la forma sonata, a todo lo cual se suman las danzas cortesanas de los Luises versallescos.

En esta colección hay muestra de todo ello. Por ejemplo, la número dos es un concerto para teclado, con una introducción lenta y los tres movimientos de una sonata. En las restantes hay siempre una introducción rápida, que a veces se llama obertura, otras allegro y otras, simplemente, preludio.

Las danzas ya han sido enumeradas y conforman el meollo característico de estas series. Hay arias que alternan con las danzas y breves ejercicios de variación como para no olvidar que estamos en el barroco. Pero, en conjunto, la reunión de fuentes nos permite pensar en una música europea, sintética en su cosmopolitismo y evocadora de una fiesta barroca con las danzas, reposos, cuchicheos y sigisbeos pertinentes. En el salón cortesano se reunían los refinamientos de los especialistas como Haendel con las memorias del baile popular disciplinado por los maestros de palacio.

Lisa Smirnova ha optado por el piano moderno para sus versiones. Es un instrumento que Haendel no conoció pero pudo intuir que alguna vez aparecería. Para la música barroca tiene un valor añadido y es la riqueza de timbres que sus hermanos menores, el clave y demás parentela, aun conservando el sabor de época, no cuentan en su haber. Es claro que Haendel, en un piano moderno, ha de contar con el toque exquisito de Smirnova, opulento de timbre y restringido de cuerpo sonoro para no caer en romantizados anacronismos.

Haendel vuelve a mostrarnos, en sus manos, que es un músico de ayer, hoy y mañana.

GEORG FRIEDRICH HAENDEL (1685-1759): Die Acht Grossen Suiten Lisa Smirnova, clave / ECM RECORDS / Ref.: ECM 2213/14 (2 CD) D10 x 2

Copyright © Blas Matamoro. Imágenes y notas informativas extraídas de diverdi.com. Este artículo se publica en The Cult por cortesía del autor y de Diverdi. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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