Ouija: una historia real

Ouija: una historia real Jmawork, CC

Permítanme que les cuente algo que me ocurrió cuando rondaba yo los veinte años. Es una historia extraña, que todavía no llego a comprender. No obstante, teniendo en cuenta las fechas en las que estamos (sea Halloween, sea la Noche de Difuntos), parece apropiado recordarla.

Ocurrió a mediados de noviembre. Lo recuerdo porque se acercaba mi cumpleaños, y cumplir veinte me parecía todo un hito en mi vida. Como si me resistiera a dejar atrás las costumbres de una adolescente, invité a unas amigas a cenar y a ver una peli con palomitas. Eran dos hermanas, amigas del instituto con las que me llevaba muy bien, a pesar de que nuestros gustos eran distintos. Por ejemplo, tuvimos problemas para elegir la película de esa noche, yo quería algo de miedo, y ellas no. Al final, como también vino el novio de una de ellas, nos quedamos en tablas, y elegimos una película de fantasmas muy suave. Para todos los públicos diría yo.

Cuando la película acabó, una de ellas, Ana, se giró hacia mí y me preguntó, no sin cierto retintín: “¿Cómo puede ser que te gusten estas cosas de miedo, si tú dices que no crees en nada?”. La pregunta no me extrañó. Yo soy, era y siempre he sido muy escéptica respecto a todo lo sobrenatural.

De hecho, unas semanas antes, habíamos tenido una discusión sobre los viajes astrales. Ellas afirmaban que hacían viajes astrales de noche. Yo, con una ceja enarcada hasta casi el nacimiento del pelo, las miraba entrecerrando los ojos y con el ceño fruncido. Intenté argumentar (repitiendo como un loro, eso sí, lo que había oído en casa) que todos esos fenómenos son percepciones subjetivas que tenemos durante las diferentes fases de sueño. Bueno, es posible que lo dijera de forma menos rebuscada, pero dije algo parecido.

La otra hermana, Marta, me respondió desafiante: “Bueno, Julia, pues si no crees en estas cosas… ¿por qué no jugamos a la ouija y nos demuestras que nada de eso existe?”. Yo me reí. “Como queráis —le respondí—, pero ¿no os parece que somos demasiado mayores para perder así el tiempo”. Ana recogió inmediatamente el testigo de su hermana y siguió insistiéndome para que demostrara que mi actitud descreída no era pura fachada; me giré hacia el novio de esta, y vi que me miraba expectante y con una media sonrisa. Me di cuenta de que estaba acorralada. Tocaba jugar a la ouija.

Ann Larie Valentine, CC

Preparé un tablero improvisado sobre una hoja de papel. “Buf, no hacía esto desde los 14 años”, les dije en un último y vano intento de que se dieran cuenta de la tontería que estaban forzando.

Continué dibujando las letras, los números, el “Sí” y el “No”; el “Hola” y el “Adiós”. Cogimos un vaso de chupito. Para darle mayor dramatismo apagué todas las luces de la casa menos una. Y encendí unas velas. ¿Querían miedo? No sabían con quién se habían metido.

La gata dormía tranquila en el sofá. Y nos ignoraba completamente. Nos sentamos en torno a la mesita baja del salón de mis padres y les dije que pusieran todos un dedo sobre el vaso de chupito que había improvisado como medio para conectar con los espíritus. Me parecía apropiado utilizar el mismo receptáculo para el orujo y para conectar con los muertos.

Procuré adoptar un gesto serio y les dije: “¿Quién quiere empezar?”. Me pareció notar algo de nerviosismo en sus caras. Como nadie hablaba, empecé yo, y en un tono que intentaba ser solemne, pero acabó sonando burlón dije: “¿Hay alguien aquí que quiera ponerse en contacto con nosotros?”. Como suponía, el vaso no se movió.

adeline, CC

Esperamos. Y repetí: “¿Hay algún espíritu aquí que quiera ponerse en contacto con nosotros?”. El vasito se movió ligeramente, ante lo que las chicas dieron un respingo. Yo las miré con cierta exasperación. Era evidente que el más mínimo temblor podía mover así el vaso. Con el dedo todavía sobre él, les dije que si querían dejarlo, pero respondieron negando .con la cabeza. “Está bien, pregunto una tercera vez y dejamos la ton…”

Y, entonces, algo cambió. No sé explicar muy bien qué fue. Instintivamente miré hacia atrás, me parecía que alguien había entrado en casa, y lo primero que se me ocurrió era que mis padres habían vuelto antes. Me fijé en que la gata también se había despertado. Cuando volví a mirar al vaso, este empezó a moverse hacia el “Hola”.

Julia, ¿lo estás moviendo para asustarnos? Porque no tiene gracia”, me dijo Marta. Arrugué la nariz y le respondí que no, en absoluto. En ese momento me preocupaba más la sensación de que había entrado alguien en casa. No quería que mis padres nos vieran haciendo ouija. Me importaba mucho más eso que el hecho de que hubiéramos arrastrado el vaso hacia donde yo misma había escrito “Hola”. Sacudí ligeramente la cabeza y volví al juego. No iba a permitir que me la jugaran, y me estuvieran hablando de viajes astrales durante semanas. Así que decidí seguir el rollo.

“¿Quién eres?”, pregunté. El vaso, poco a poco, marcó: “N-I-Ñ-O”. “Vaya, qué original. El fantasma de un niño”, dije en voz más alta, sin saber muy bien por qué.

La casa estaba en silencio. Mis amigos contenían la respiración. Parecían absorbidos por el movimiento del vasito. “¿Eres el fantasma de un niño?”, volví a preguntar. “Sí”, marcó el vaso. “¿Y moriste aquí?”, se atrevió a decir Ana, ante mi cara de asombro. ¡Cómo iba a haber muerto un niño en mi casa sin que yo lo supiera! El vaso pareció darme la razón porque se movió hasta el “No”.

“¿Qué quieres?”, continué.

“J-U-G-A-R”.

Marta quitó de golpe el dedo del vaso. Y con mirada de enfado me dijo: “Vale, Julia, ya has conseguido asustarnos. Yo lo dejo”. Entonces el vasito pareció resbalarse de debajo de nuestros dedos y se cayó al suelo, rompiéndose. Ana y su novio se levantaron de golpe. Empecé a contagiarme de su nerviosismo, y me molestaba que me culparan de algo que no había iniciado yo.

“A mí no me vengas con cuentos –respondí enfadada-. Estabais moviendo el vaso. O lo moveríamos sin darnos cuenta. Yo qué sé”. “Sí, y también hemos tirado el vaso, ¿no?”.

“Vosotros…”

No acabé la frase porque la luz se fue. Ana y Marta gritaron. Yo hacía lo posible por mantener la cabeza fría y repetirme que aquello era pura sugestión, pero la presión de la situación empezaba a hacer mella en mí. En un esfuerzo de racionalización dije: “Serán los plomos, voy a ver”. Ellos no se movieron. Cogí un mechero, y caminé por el pasillo, hacia donde estaban los plomos. Me paré a mitad y ahogué un grito, al que respondieron con más gritos desde el salón.

“No pasa nada —dije para calmar a mis amigos—, es la gata, que ha pasado rozándome”.

La respuesta de mis amigos me dejó helada.

Julia, la gata sigue en el sofá”.

En ese momento, ya estaba muy nerviosa. La situación se nos había ido de las manos. Estaba segura de que algo había pasado rozándome. Igual que había tenido la impresión antes de que alguien había entrado en mi casa. Seguí andando hacia los fusibles. Pero por suerte no tuve que llegar. La luz volvió de golpe, igual que se había ido. Se me escapó un suspiro de alivio. Sentía frío. Me había destemplado por completo. Tenía escalofríos.

Volví al salón, donde me encontré a mis amigos a punto de quemar el papel donde había dibujado la ouija. “¿Estáis locos? ¿Queréis quemarme la casa”, les solté. “Julia, es lo que hay que hacer. Hay que quemarlo para que no se quede ningún espíritu”. La tensión me sobrepasaba, y ya no aguantaba más tonterías. Les dije que se fueran, que no me encontraba bien y que se fueran.

Habían conseguido sacarme de quicio. Recogí. Me puse el pijama y me metí en la cama. Mis padres aún tardarían en volver. Oí a mi gata ronronear a los pies de mi cama. Todo estaba en calma. Empezaba a olvidarme, a dormirme… Apenas conseguía mantener los ojos abiertos, cuando, de repente, oí tres golpes en la puerta de la casa.

Me senté en la cama y miré hacia el recibidor. “¿Mamá? ¿Papá? ¿Sois vosotros?”. Silencio. Me quedé allí sentada unos diez minutos, que parecieron una eternidad. La gata había dejado de ronronear. Tenía todo el cuerpo en tensión. “Maldita sea, tengo que calmarme”, murmuré para mis adentros. Reparé en que la gata estaba ahora en la mesa de mi cuarto, en un extremo. Mirando al recibidor, con las orejas levantadas, y los pelos del lomo algo erizados. “Margot, gatita, ven aquí”. La gata me ignoró y noté que el sueño volvía a vencerme.

Cuando empezaba a pensar que los ruidos anteriores habían sido producto de mi imaginación, volvieron a llamar a la puerta tres veces. Eran tres golpes certeros. Con intención. Ya estaba harta. Corrí hacia la puerta sin pensarlo dos veces, y la abrí. Pensaba que tal vez mis amigos me estaban gastando una broma. Pero allí no había nadie. La casa parecía sumida en un silencio sepulcral. Era mi casa, pero no lo parecía.

Indi Samarajiva, CC

Llamé a mis amigos y les conté con la voz entrecortada lo que había pasado. Ya estaban en casa. Me escucharon en silencio hasta que acabé de contar la historia como pude. Marta solo me dijo: “Julia, quema el papel. Ya. Mañana podrás seguir siendo todo lo escéptica que seas, pero quema el papel. Y si sabes rezar un padrenuestro, hazlo”. Me colgó.

No sé por qué en ese momento tuve la impresión de que no tenía más opción. Cogí el papel que estaba en el suelo del salón. Me di cuenta de que se había caído, porque yo lo había dejado encima de la mesa. No quise pensar más. Cogí un plato, y prendí fuego al papel. Mientras se consumía, oí otro golpe en la puerta. Aunque aquello iba en contra de todas mis creencias, sentí ganas de llorar como una niña pequeña. Pero no solté el papel, y le prendí fuego por otra esquina.

La gata estaba ahora en el recibidor, con el cuerpo aplastado contra el suelo, las orejas hacia atrás, como si intentara huir, pero no supiera de dónde venía la amenaza. Yo seguí con la mirada clavada en el papel encendido. Conforme se iba reduciendo a cenizas, noté que me relajaba. No oí más golpes. Sé que no fueron una imaginación. Y sé que cesaron cuando quemé el papel. Aún hoy sigo sin encontrar explicación. De una cosa estoy segura, por mucho que me insistan, no volveré a jugar con cosas que no conozco.

"Ouija" (2014), de Stiles White © Platinum Dunes, Hasbro, Blumhouse Productions, Universal Pictures. Reservados todos los derechos.

Una receta de miedo

¿Qué piensan de mi historia? ¿He conseguido convencerles? Llevo una semana leyendo historias de experiencia extrañas relacionadas con el uso de la ouija. No es casualidad. El lunes leí que la película Ouija, estrenada este pasado fin de semana en Estados Unidos, consiguió recaudar 24 millones de dólares. Todo ello a pesar de las terroríficas críticas que ha recibido por no ser más que un montón de clichés pegados uno tras otro con ninguna originalidad.

Ese mismo sábado por la noche, había pillado el programa de Milenio 3, en La Ser, que ofrecía una de sus logradas dramatizaciones por la radio, y que me gustan especialmente porque recuperan la magia de la radio clásica con grandes actores, más que por su contenido. Pues bien, la historia que contaba la dramatización giraba en torno también a una experiencia traumática con la ouija. Debo admitir que, cuando la escuché, sola, de noche, consiguió desasosegarme. En los comentarios de Twitter, comprobé que no había sido la única; además, fue una emisión muy escuchada en directo y también un podcast muy reproducido.

Así que el lunes por la tarde me encontré preguntándome: ¿Cómo consigue la ouija causar tanta fascinación? ¿Por qué seguimos interesándonos por historias que suenas todas parecidas? Hay quien utiliza precisamente ese parecido para dar veracidad a las historias. Bueno. Mi propósito aquí no es convencerles de que lo sobrenatural no existe, o quitarles el miedo a los fantasmas. Me temo que eso pertenece a la esfera privada de cada uno, y sería algo osado por mi parte meterme en el credo personal de cada uno.

Lo que me interesa es la reacción de la sociedad ante estas historias, y su capacidad para crear mitos y reproducirlos viralmente, construyendo nuevo folclore, sin darse cuenta. Y más aún me pregunto: ¿Es posible que todas estas historias que avisan sobre los peligros de la ouija cumplan realmente algún papel en la sociedad?

Para empezar les confesaré algo que supongo que habrán adivinado. La historia de más arriba es completamente inventada. He analizado las diferentes historias que llenan Internet y que recuerdo de cuando era pequeña, he localizado los elementos comunes y he hecho mi propio pastiche. Les cuento la receta.

Tiene que haber una persona incrédula y escéptica, para dar veracidad a los hechos. Seguro que habrán oído muchas veces en estas situaciones: “Esto le pasó a una persona que no creía en estas cosas”. Luego hay que añadir algunas personas que reten a ese incrédulo a demostrar su escepticismo. Personas con una mente más “abierta” a lo paranormal. Si es posible, no debe haber adultos, con adolescentes o jóvenes, las historias funcionan mejor. Añadan, si es posible, algún animal; ya saben, por aquello que se dice de que ven cosas que los humanos no podemos ver. Bajen las luces y vayan removiendo poco a poco.

Si la localización es un sitio extraño pueden jugar con el pasado oculto de ese lugar que sale a la luz mediante la ouija. No obstante, he optado por situar mi escena en mi supuesta casa, porque sentirte amenazado en tu propia casa apela a miedos muy profundos, que comparten niños y adultos. La casa puede pasar de refugio a amenaza en un par de párrafos.

Los fenómenos extraños deben aparecer en la historia poco a poco. La perspectiva que se elija también influye. Yo he elegido ser la escéptica, porque es el narrador que puede conseguir más empatía por parte del lector. Todos podemos tener momentos de duda, y mostrar poco a poco cómo aflora la vulnerabilidad y los miedos de esa persona que se mostraba serena en un primer momento enriquece la narración.

Cuando vea que la cosa empieza a hervir, introduzca un par de hechos inexplicables: el fantasma de un niño es una baza segura. También puede echar mano del nombre de algún demonio. Por Internet circulan muchos. El recurso de que se vaya la luz también es muy agradecido, porque todos lo hemos vivido, y aumenta nuestra sensación de vulnerabilidad. (Yo misma tuve casi un ataque de pánico –y esto es cierto- cuando se fue la luz de mi casa mientras veía el final de The Ring. Solo les diré que me pasé 20 minutos en el balcón, sin atreverme a entrar en casa.)

A continuación, interrumpa los fenómenos inexplicables, la sesión de ouija y, muy importante, saque a todos los personajes de la historia menos a uno. Ahí jugamos la carta de la soledad. Y con esa arrastramos, como diríamos en el guiñote. Cuando un personaje se queda solo hay que dar la puntilla a la historia. Y si elegimos que sea el personaje incrédulo, ese final de la historia debe conllevar una lección o una moraleja.

Yo he decidido hablar de golpes inexplicables en la puerta, de nuevo porque atenta contra la seguridad del hogar. Y porque es sencillo. Cuanto más rebuscado sea lo que pase, más se fuerza el pacto de ficcionalidad, es decir, la capacidad del lector para creerte. Se añade la dosis justa de miedo. Y a veces, con tres gotitas, vale. Es mejor insinuar y dejar que la imaginación del lector trabaje y aumente lo que tú cuentas, que saturarla, y te manden a paseo antes de tiempo.

Para cerrar la historia, el incrédulo debe renunciar a su actitud inicial, aceptar el susto que ha tenido como una prueba de que no debe subestimar fuerzas que no conoce, y plegarse a las normas establecidas por “quienes saben”, que en este caso dictan que quemar el tablero es una forma de purificación. En algunos casos, se introduce el elemento religioso, y en algunas historias que circulan por Internet, se alude a que los habitantes de la casa donde se practicó la sesión de ouija, llamaron a un sacerdote para bendecir la casa.

La ouija y Caperucita Roja

¿Saben a qué me recuerdan estas historias? A Caperucita Roja.

Fíjense en que todos los sucesos que tienen como protagonista a la ouija acaban con una advertencia. Lorraine Warren, la famosa pareja del demonólogo Ed Warren, cuya historia se cuenta en The Conjuring; y que está de moda por ser quien custodia a la muñeca diabólica Annabelle en el museo de lo oculto que tiene en casa, ha dicho de la ouija que es “tan peligrosa como las drogas para los jóvenes”. Y desaconseja su uso, claro.

Hay evidentes conexiones religiosas. De hecho, la postura oficial de la Iglesia Católica en su catecismo es que practicar con la ouija es una ofensa a Dios. Y numerosos expertos de lo paranormal no se cansan de advertir que la ouija no es un juego (aunque en Estados Unidos se comercializara como tal), y que puede tener consecuencias inesperadas.

Desde un punto de vista del pensamiento mítico, nada de esto es nuevo. El mundo del Más Allá no incumbe a los mortales. Y si quieren conectar con él de algún modo, deben hacerlo a través de personas autorizadas. Tomen como ejemplo los oráculos de Grecia. Los simples mortales que se acercaban a Delfos no hablaban con la divinidad, sino con la Sibila, que actuaba como transmisora y conexión con el mundo espiritual.

Piensen también en las catábasis, es decir en la bajada de los héroes al Inframundo. Debían tener un guía y seguir unas condiciones. De algún modo, siempre había un elemento que actuaba como salvoconducto, si prefieren llamarlo así. Cuando Eneas bajó al Averno para hablar con su padre lo hizo acompañado de la Sibila, y Dante utilizó al propio Virgilio, autor de la Eneida, como guía en la Divina Comedia.

Es simple, al mundo de los muertos no se puede entrar y salir sin consecuencias. Que se lo cuenten también a Perséfone, hija de Deméter y raptada por Hades, que no puede salir del Inframundo más que seis meses al año porque comió unas semillas de granada, y quien come o bebe en el Averno pertenece a él para siempre.

Las sesiones espiritistas, mediante la ouija en este caso, son una infracción de todos estos códigos milenarios. Los muertos y los vivos deben estar separados, y jugar con los límites te traerá consecuencias que no puedes calcular. Esa es la moraleja del cuento. Debemos obedecer a las autoridades que se ocupan de nuestra relación con el mundo de los espíritus, a quienes saben del tema, igual que Caperucita tenía que seguir las órdenes de su madre para llegar sana y salva a casa de su abuelita.

Evidentemente, tener un tablero que funciona casi como una línea directa con el Más Allá desafía años y años de respeto a las convenciones establecidas. Desde cierto punto de vista, frivoliza un aspecto religioso. Por eso, en las historias siempre hay una advertencia para los incautos. Si no quieres toparte con el lobo, no lo convoques.

El efecto apotropaico: no mientes la bicha

Esto entronca con tradiciones también antiquísimas de no nombrar lo temido. De algún modo, el ser humano ha creído siempre que, con la mera mención de su nombre, algunas entidades malignas podían manifestarse ante ellos. De ahí que se recurra a mecanismos apotropaicos, palabra que proviene del verbo griego apotropeîn, que quiere decir “alejar”, es decir, a gestos o expresiones que según la superstición alejan el mal, y que están en nuestra vida cotidiana ahora igual que hace miles de años.

Piensen en gestos tan habituales como tocar madera o cruzar los dedos para alejar la mala suerte cuando se mencionan ciertos temas sensibles, todos ellos son mecanismos apotropaicos. Son cosas que hacemos sin pensar, seamos o no creyentes; hasta tal punto está arraigada la creencia de que hay ciertas cosas que tienen tanto poder que pueden manifestarse con solo nombrarlas.

El secreto del éxito de la ouija

Así, la fascinación que sigue provocando la ouija es perfectamente comprensible: cruzar límites o acceder a un conocimiento que nos está vedado resulta demasiado atractivo para el ser humano como para no intentarlo.

El progreso se basa en nuestra curiosidad, y sin curiosidad, que se basa en traspasar límites, no hay conocimiento. ¿Y puede haber curiosidad más atávica que la de querer saber qué nos espera tras la muerte?

Dejando al margen estas consideraciones antropológicas, hay explicaciones científicas para la ouija muy sencillas. Por ejemplo, se cita el efecto ideomotor, es decir, los movimientos involuntarios e inconscientes, por ejemplo, para explicar que un vaso se mueva cuando varias personas ponen un dedo encima.

No obstante, yo creo que hay algo más; pero ese algo más no tiene que nada de sobrehumano. Al contrario, es muy propio del ser humano. Me refiero a la sugestión.

Imagínense, la mente humana es capaz de causar enfermedades físicas. En mi caso, cada vez que tengo estrés en el trabajo, sufro una contractura muscular. Es inmediato.

Así que si tenemos tanta capacidad de sugestión sin proponérnoslo, y toda la musculatura de nuestro cuello y hombros puede tensarse, pinzarse, inflamarse por un mal día en el trabajo, imaginen de qué es capaz la mente humana si creamos el ambiente apropiado y estamos dispuestos a que ocurra algo.

¿Les cabe alguna duda de que con la sugestión adecuada somos capaces de mover un vaso, o formar palabras sin darnos cuenta? Por supuesto, nuestra capacidad de percepción e interpretación también se ve alterada. ¿Cuántas veces vemos formas y figuras donde no las hay? El arte ha demostrado que es muy sencillo engañar al ojo humano si sabes cómo. Y los magos saben cómo conducir a una persona para que haga exactamente lo que quiere (menos Juan Tamariz, que es mago de verdad).

Así que, a fin y al cabo, tal vez sí que las historias nos estén avisando de algo. Concretamente de que si juegas con algo que no conoces, puedes perder el control de la situación. Ahora bien, ese territorio desconocido no reside en otro mundo, sino en nuestra propia mente.

Si una persona se impresiona o se deja influir fácilmente no debería practicar algo como una sesión de ouija, crea o no crea en ella. Es una situación de tensión, que puede causar picos de ansiedad, y apelar a miedos infantiles, muy viscerales. Y en este caso, Lorraine Warren podría tener algo de razón. Igual que no sabes cómo va a afectar una droga a tu cerebro (aunque te lo puedes imaginar), tampoco sabes hasta qué punto vas a poder aguantar el estrés de una situación en la que pasas miedo, porque recibes un montón de estímulos para que así sea.

No es necesaria intervención sobrenatural alguna para que, sin proponértelo, te lleves el susto de tu vida y las cosas se te vayan de las manos. Así que supongo que tendré que dar en parte la razón a quienes desaconsejan “jugar” a la ouija. Tal vez sea mejor visitar un pasaje del terror si quieren pasar miedo, porque allí todo está milimetrado y controlado. Las emociones se dosifican.

Con la ouija, en cambio, sería prudente recordar que no juegas con un tablero, sino con una de las herramientas más poderosas que posee el ser humano, la propia imaginación.

Copyright © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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