Creadores de espectros en el siglo XIX

En cierto sentido, Elsie Wright y Frances Griffiths, las dos jovencitas que fotografiaron a las hadas de Cottingley en 1917, son, simplemente, dos hijas de su tiempo. Niñas educadas con rigor victoriano, que leyeron hermosos cuentos y quisieron refugiarse en ellos.

Al fin y al cabo, no fueron las únicas que quisieron demostrar la existencia de los elfos por medio de un alarde fotográfico. De hecho, la técnica empleada por estas niñas fue antes aplicada por artistas de la cámara tan diestros como Frederick A. Hudson, especializado en retratar espíritus de ultratumba.

El estudio que este investigador de lo paranormal mantenía en Palmer Terrace era frecuentado por espiritistas como William Howitt y William Stainton Moses, científicos como Sir William Crookes –el príncipe de los cazafantasmas victorianos– y médiums de contrastada efectividad, como era el caso de Florence Cook.

Como ya dije, en Inglaterra se había generalizado el gusto por lo crepuscular. Gracias a Hudson, alguna Alicia de la buena sociedad cruzaba el espejo en virtud de un ingenioso truco de doble exposición. Todo consistía en cubrir una parte del negativo al retratar a los vivos, revelando después el rostro de algún difunto en el espacio previamente velado.

Por otro lado, los retoques manuales y algún artesanal fotomontaje conferían verosimilitud a otros montajes con aires de camposanto a medianoche; óptimo caldo de cultivo al cabo para futuros y terroríficos trucos cinematográficos.

Con todo, mientras las mentes más morbosas no hallasen divertimento mejor, las consultas y los cenáculos de los llamados sensitivos, repletos a rebosar, acogían visitas tan escabrosas como las de Katie King, un espectro de lo más turbador que se materializaba con aspecto de rubia doncella, discreta y cubierta de tules, mientras recitaba frases de amor oscuro.

Evidentemente, no todos los ectoplasmas eran reales…, si es que alguno lo fue. Al contrario, en muchos casos se trataba tan sólo de vaciados de parafina convenientemente manipulados o de jirones de gasa y algodón guiados con hilo invisible.

El aparato que con mayor fortuna logró popularizar este universo de tinieblas, origen además de los primeros efectos visuales, fue ese entrañable creador de fúnebres espejismos que es la linterna mágica.

El hombre que desarrolló las posibilidades de tan singular artefacto fue el pionero de la aeronáutica belga Étienne Gaspard Robert, “Robertson”, quien, a fines del siglo XVIII causó desmayos entre sus compatriotas con un tétrico espectáculo titulado Fantasmagorías, protagonizado por espíritus de luz que, proyectados por ocultas linternas, se aparecían entre remolinos de humo bajo la apariencia de esqueletos, ánimas en pena y víctimas de la guillotina revolucionaria.

El técnico belga se inspiraba en una idea ya registrada en el siglo XVII por el jesuita Athanasius Kircher en su libro Ars Magna Lucis et Umbrae, clarividente tratado de óptica que maravilla por su audacia y belleza formal.

Realizaba Robertson los efectos de retroproyección sobre una capa de gasa empapada de cera, de tal modo que era imposible adivinar la presencia del proyector. Separando o acercando la linterna a la pantalla, le resultaba sencillo crear la ilusión de un espíritu desencarnado que, tras crecer de forma desmesurada ante el público, se desvanecía en la tenuidad sin dejar rastro alguno de su presencia.

A veces proyectando sobre columnas de humo, y otras sobre tapices encerados, el procedimiento de Robertson pronto se popularizó en toda Europa gracias a genios de la óptica como Paul de Philipstahl e ilusionistas como Jacob Meyer y Andrew Oehler.

Sin lugar a dudas, los que mayor partido sacaron a la técnica de Robertson fueron los médiums que conjuraron por doquier espíritus especulados gracias a proyectores secretos, con la pretensión de que tales ectoplasmas eran fruto de sus aparatosos trances.

Apenado por la imposibilidad de proteger del plagio sus descubrimientos, Robertson publicó en 1831 sus Mémoires recreatifs scientifiques et anecdotiques, en las que describía con detalle sus trucos visuales, completando el que es aceptado como primer manual de efectos especiales en la historia del moderno espectáculo.

Otros de los trucajes más difundidos de este período fueron los espectáculos de sombras, que ya desarrolló en 1780 el pintor alsaciano Philippe-Jacques de Loutherbourg cuando dio a conocer su Eidophusikon en Londres.

¿Eidophusikon? Tan raro nombre era aplicado a un teatro. Un teatro de efectos donde unas miniaturas eran animadas mediante juegos de luces y sombras. El retratista escocés Robert Baker se basó en este invento y creó el Panorama unos años después.

En este nuevo sistema se situaban paisajes pintados por Baker dentro de una construcción cilíndrica de grandes dimensiones. Luego eran paseados a través de aberturas y el público las veía en rápida sucesión.

El Panorama fue rápidamente superado por el Diorama, que presentó en 1822 en París Louis Jacques Mandé Daguerre, futura gran figura de la fotografía primitiva. El sistema se basaba en la exposición de cuadros, iluminados mediante dispositivos que permitían que la luz atravesara por delante y detrás unas pantallas fabricadas en material translúcido.

Tanto el Panorama como el Diorama simulaban el movimiento de las imágenes al utilizar pinturas largas y continuadas que cruzaban ventanales diseñados a tal fin.

Mientras, en la escena teatral, la aparición en 1820 de la lámpara de calcio propició efectos con mayores pretensiones, como los desarrollados por el holandés Robin en su teatro parisino o los del Real Instituto Politécnico de Londres, complementados estos últimos con láminas de vidrio que permitían combinar espectros y actores reales en una misma representación.

Este desarrollo técnico es debido en gran medida a un ingeniero, Henry Dircks, que hacia 1864 describió la manera de crear fantasmagorías en escena gracias a un vidrio dispuesto con una inclinación de 45 grados que reflejaba una imagen perfilada con la linterna mágica desde un punto oculto bajo el escenario, si bien gracias al profesor John Henry Pepper, por entonces director del Instituto, tal ilusión fue bautizada como Pepper's Ghost.

La afición generalizada por las criaturas del éter seguirá siendo durante años, en gran medida, el origen de montajes tan singulares, amén de acicate de ilusionistas y dramaturgos, cada vez más motivados a la hora de idear pesadillas con las que horrorizar a los ocupantes del patio de butacas.

Trasladada quedará asimismo esta cuestión a numerosas publicaciones de estas fechas; consúltense si no las colecciones de revistas británicas como The Strand Magazine, The Windsor Magazine y Pearson's Magazine, o americanas al estilo del Harper's Monthly, The Century, The Harmsworth Magazine, Scribner's Magazine , tan colmadas todas ellas de escenas de tétrica naturaleza, y, sobre todo, los volúmenes de Mahatma, subtitulado El único periódico de los Estados Unidos consagrado al interés de magos, espiritistas, mesmeristas, etc., un ejemplo de cómo las pavesas escapadas de barracas y teatros mágicos podían encender unas páginas impresas con retratos de artistas de la ilusión, ensalmos y trucos de la más variada naturaleza.

Pero volvamos al mundo de los ilusionistas del tablado para descubrir algunas de las artes de su parafernalia escenográfica, envuelta siempre en liturgia y penumbra. Se dice, por ejemplo, que el taumaturgo Harry Kellar era capaz, allá por 1897, de decapitarse para luego hacer flotar su cabeza en el aire.

Algo semejante conseguía por las mismas fechas Carl Hertz, sólo que éste culminaba su abracadabra con el propio cráneo en una mano y el de su bella esposa en la otra. Tan macabros trucajes no lograban, sin embargo, detener la atracción del respetable por aquellos proyectores que ya iluminaban las ferias del mundo occidental.

Muchos de estos originales efectos especiales del primitivo arte cinematográfico tienen su origen en números creados por magos como Jean Eugène Robert-Houdin, de quien se cuenta que, en 1856, durante una visita a la Argelia francesa difuminó con sus martingalas de salón la naciente revuelta de los hechiceros marabouts.

Así, uno de los efectos más celebrados fue aquél durante el que invitó a un grupo de argelinos a levantar del suelo un baúl, cosa que hicieron con toda facilidad. Pero la sorpresa llegó segundos después cuando, luego de recitar una hermética salmodia, incitó a los nativos a repetir la hazaña. Como era de esperar, el asunto les fue de todo punto imposible, y es que el mago francés había activado un potente electroimán que atrapaba a ras del suelo el metálico contenido del cofre.

Parte de este artículo procede de mi libro "Cinefectos: trucajes y sombras" y de un artículo que publiqué en el diario ABC. Copyright © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT, un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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