Reseña: "Ningún día sin línea: El catalanismo español", de Ignacio Agustí

Asiste uno sorprendido al relativo silencio con el que conmemoramos el centenario del nacimiento del escritor y periodista Ignacio Agustí (1913-1974), y precisamente por eso, es muy de agradecer esta espléndida y documentadísima edición de artículos de Agustí, realizada por Irene Donate.

Sin duda, el escritor debe su fama –hoy algo menguada– a la saga literaria La ceniza fue árbol, en la que narra el recorrido novelesco de tres generaciones de la familia Rius. Los títulos de esas novelas –Mariona Rebull, El viudo Rius, Desiderio, 19 de julio y Guerra civil– tuvieron un último momento de fama a mediados de los setenta, cuando las reeditó Planeta coincidiendo con el éxito de su adaptación televisiva.

Ningún día sin línea es una antología periodística en la que Agustí se reconoce como un columnista con voluntad de estilo. "Escribir todas las semanas un artículo en un periódico –leemos en uno de sus artículos– es un ejercicio de regularidad. Cuando uno se pone en camino no puede responder, de antemano, del resultado de la carrera; se echa a andar sin pensar en la longitud del camino."

A diferencia de tantos otros que hoy estampan su firma en los periódicos, Ignacio Agustí no cree que el hecho de servir a la prensa suponga que la literatura vaya de más a menos. Al contrario. Sus colaboraciones se hacen más transitables gracias a las metáforas, a los hallazgos luminosos, a los párrafos de buena hechura... Esto último queda de manifiesto en sus columnas más costumbristas, cuando reconoce el mar por el "gusto de sal y playa", o cuando atrapa el espíritu de una estación con una sola línea: "Cada tiempo tiene su símbolo y alegoría, y las castañas de las castañeras son una especie de flor ilusoria del otoño sombrío".

Agustí es, asimismo, un lector refinado, que aprecia Nada, de Carmen Laforet, y que unas páginas más allá, hilvana una impecable necrológica de William Faulkner.

Aparte del magnífico estudio de Donate, el volumen contiene numerosos artículos que no tienen por qué identificarse con su título –El catalanismo español– ni con su portada –la silueta de España coloreada con la senyera–. Sin embargo, esta cualidad catalana adquiere especial relevancia en los tiempos que corren, y ello basta para justificar ambas decisiones.

De hecho, uno lee a Agustí con el convencimiento de que su visión sentimental de España es fácil de compartir en la actualidad. Por desgracia, los prejuicios pesan como el mármol: durante la guerra, el escritor, tras un tiempo en Alemania, entró en zona nacional, vía Lisboa, y puso en marcha la revista Destino, que en sus inicios tenía una identidad falangista. Ese pecado original –la simpatía por el falangismo– es, para muchos contemporáneos que ignoran lo que ha supuesto Destino en nuestras letras, una mancha imperdonable en la trayectoria de Agustí.

Aunque los más militantes no caigan en ello, este es un gesto de frivolidad intelectual que, por la vía fácil, equivaldría a desdeñar los versos de Alberti con la disculpa de que el poeta fue estalinista.

Y sin embargo, al margen del bando elegido, Agustí aborda el problema catalán desde una perspectiva que invita a meditar, y mucho, sobre lo poco que hemos avanzado a la hora de resolverlo. Así, en 1938 escribe: "La táctica del catalanismo autonomista ha sido mordaz. La más mordaz que sobre Cataluña misma se ha hecho. No solamente ha desgastado todos los valores individuales; no solamente ha malgastado una generación para España, o para un sentido español. Ha malgastado los símbolos de España en Cataluña. (...) Los catalanistas trituraron a Cataluña en servicio de sus intereses particulares".

Me van a permitir que, a partir de este último párrafo, inicie una digresión, protagonizada por los oportunistas y los demagogos que han ido cortando esos lazos de los que habla Agustí.

En este sentido, sí que puedo asegurarles que la lectura de Ningún día sin línea es un recordatorio de un largo trayecto compartido.

Entre la furia y el ruido

Desde que arreció la tormenta soberanista, está uno deseando que amaine, temiendo que llegue ese temido momento en el que un rayo provoque el incendio definitivo. Va pasando la vida, sin embargo, y uno siente que se ha ido destruyendo de forma interesada algo de mucho valor: la convivencia.

Ante esa evidencia, los hay que culpan al nacionalismo agitador y secesionista, los hay que culpan a una España –la de Agustí– que encarna los peores males, y por ultimo, los hay que juegan a la equidistancia: por un lado, culpan a los defensores de la unidad nacional del auge independentista, y por otro, igualan por abajo el nacionalismo catalán y el español.

Ni que decir tiene que cada una de esas posturas es un estereotipo muy útil para el periodismo político –es decir, para casi todo el periodismo español–. Los clichés de barra de bar no suelen resumir ideas, sino emociones, y en este asunto, por desgracia, la fuerza de las ideas y de los hechos se despeña por el umbral de los sentimientos.

Esta contaminación sentimental del debate ha sido frecuente entre nosotros. De ahí que también seamos sectarios a la hora de legitimar o deslegitimar moralmente un concepto tan obvio para otros como la identidad nacional.

En todo caso, antes de entrar en faena, quizá deberíamos considerar una anomalía el propio hecho de que la bandera constitucional española sea un síntoma ideológico. Quizá sea esa misma desvertebración lo que ha favorecido que los separatismos y los localismos hayan prosperado entre nosotros hasta un punto difícilmente digerible en términos sociales y económicos.

La justicia o injusticia de la causa nacionalista es, a estas alturas, un cálculo partidista. Y eso tiene otra derivada, que tiene que ver con el modo en el que cada quien se gana las lentejas (Les sorprendería saber cómo condiciona a un periodista, a un creador, a un empleado público o a un artista el hecho de que su sueldo dependa del poder local).

Desde luego, soy consciente de que hay que retratarse siempre a la hora de escribir sobre un nacionalismo como el catalán, aunque sea desde una perspectiva literaria.

Por mi parte, escribo estas líneas con el convencimiento de que Cataluña forma parte de la identidad española. Respeto la lengua catalana, amo y conozco la cultura catalana, y sin embargo, creo que esa identidad está hoy en manos de aprendices de brujo, que han consolidado una falsa mitología, que han derrochado una insultante cantidad de dinero público en un proyecto de ingeniería social, y que además se empeñan en manipular todo lo que nos une desde hace siglos. Y coincido además, con Fernando Savater cuando dice que hablar del derecho a decidir de los catalanes es tanto como hablar del derecho a que no decidan el resto de españoles.

Ante estas líneas, más de uno reaccionará con automatismos. No es algo nuevo.

A mediados de los sesenta, cuando ejercía como director del diario Tele/eXprés, Agustí, ya fue catalogado como franquista, y esa etiqueta se parece a otras que recibió previamente, cuando le acusaron de botifler las Joventuts Nacionalistes y el Front Nacional. Sergi Doria, autor de Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza (Destino), convierte esa etiqueta en una de tantas simplificaciones que conviene matizar: «Empezó siendo un catalanista moderado de la Lliga. En el 37 ya es falangista pero cuando se le encarga un artículo para la revista Destino dice no haber escrito nunca una palabra en castellano. Además, con su talante británico, la gesticulación de sus camaradas no le iba mucho. En el 42, cuando dirigía Destino, partidaria de los aliados, los falangistas asaltan la redacción al grito de: '¿Dónde está el cabrón de Agustí?' En el año 55 –y hay que tener visión– se acerca al entonces príncipe Juan Carlos, tras haber apostado por Don Juan». (El Periódico, 4 de septiembre del 2013).

La retórica, como decía, no ha cambiado desde aquella época. Si quien me lee es nacionalista, probablemente abandone este artículo, entre la indignación y el desprecio. Si es un izquierdista de pata negra, dispuesto a cualquier alianza postelectoral, probablemente me identifique con la España nostálgica y vociferante, antítesis de una utópica España plural. Y si es un derechista convencido, quizá se sienta bastante incómodo ante mi afinidad con un verso suelto como Savater.

Y sin embargo –lo que son las cosas–, esta postura mía es mayoritaria entre nosotros. Consulten las estadísticas y lo comprobarán.

El drama es que, en esa tertulia de taberna que es la política española, un argumento detallado tiene pocas posibilidades de calar en la opinión publicada (sobre todo, en las redes sociales y en los debates televisivos).

Permanecemos en el terreno de las pasiones y de las creencias, y no en el de las razones y los argumentos. Y lo que es peor, confundimos esas pasiones subjetivas –la hartura, la decepción, el rechazo, la indignación– con opiniones políticas respetables y constructivas.

Cualquier cosa que enardezca al adversario –o al enemigo– pasa a formar parte del imaginario de cada cual. No importa que sean datos falseados sobre inversión e infraestructuras o leyendas históricas más o menos coloreadas.

El tiempo de los insultos

Este ciclo perverso se visualizó en los medios cuando Pepe Rubianes, invitado al programa El club de TV-3 el 20 de enero de 2006, dijo: "A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás... Que se metan a España por el puto culo a ver si les explota dentro. Que se vayan a cagar a la puta playa con la puta España. Que llevo desde que nací con la puta España... Que se vayan a la mierda con el país".

¿Recuerdan las tres posturas a las que aludí más arriba? Hagan el cálculo: Rubianes agradó a los nacionalistas catalanes –menos mal que no dijo "Que se metan a Cataluña por el puto culo", ¿verdad?–, y como irritó a la España de derechas, también despertó simpatías entre los izquierdistas que ya no creen en banderas (y que ignoraron premeditadamente otros exabruptos del mismo actor).

Propongo un ejemplo contrario. Cuando una parte notable del público barcelonés pitó al himno de España durante la inauguración de los mundiales de natación, el alto comisionado para la Marca España, Juan Carlos Gafo, escribió este intolerable dislate en su cuenta de Twitter: "Catalanes de mierda, no se merecen nada". Ya pueden imaginarse quién aplaudió más calurosamente su destitución y quién, jugando a la metonimia, identificó a todo el españolismo con Gafo.

Es secundario que uno de los ofensores sea de derechas y el otro de izquierdas. Estas anécdotas, si el clima no estuviera enrarecido por los sentimientos –es decir, si reconociéramos al otro la legitimidad para ganar elecciones, gobernar y legislar, y si encima le apreciáramos como un ciudadano de nuestro mismo proyecto vital–, serían una brizna de humo mediático. Pero España, en estos asuntos, permanece en un constante furor adolescente:

«Todo va mal para mi enemigo / Todo irá bien para mí»

Un insulto o el boicoteo de una sesión parlamentaria serán mejor recibidos en la blogosfera y las redes sociales que un buen artículo de opinión. No en vano, las creencias tienen hoy más fuerza que el escepticismo o que la verdad documentada.

Lo realmente pavoroso es que las barbaridades que alimentan este proceso provengan de personalidades con un peso institucional. Solo mencionaré dos ejemplos.

El 26 de noviembre de 2009, en un acto de la plataforma Calella Decideix!, se oyó decir: “Tenemos al enemigo dentro de las fronteras. Cómo podemos aguantar a esta gente del PP que tienen los santos cojones de decir cosas, cuando ellos han armado el gran cacao, cuando hagamos lo que hagamos nos van en contra, cuando nos han pisoteado y ahora vienen aquí a pedir al pueblo de Cataluña… ¡Si los tendríamos que matar a todos, tú!”.

El autor del párrafo es Ramon Bagó, que en esa fecha era presidente del Grupo Serhs, presidente del Salón Internacional del Turismo de la Feria de Barcelona, Cruz de San Jordi de la Generalitat, ex director general de Turismo de la Generalitat, ex alcalde de Calella y ex miembro de la Diputación Provincial de Barcelona con CiU.

La siguiente reflexión se debe al economista y periodista Joan Oliver i Fontanet, director de TV3 (2002-2004), colaborador del diario Avui, director general del Fútbol Club Barcelona desde septiembre de 2008 y miembro del patronato de la Fundació Catalunya Oberta: «Valoremos también un poco la competencia técnica, la inteligencia, el trabajo y el esfuerzo, porque los españoles son españoles, y son chorizos por el hecho de ser españoles, desde mi humilde punto de vista» (El Món, RAC1, 15 de enero de 2008).

Uno esperaría que estos insultos –nada humildes– fueran castigados institucionalmente como el proferido por Gafo, pero la realidad es que, entre líneas, ya forman parte de ciertos programas electorales. Y esto es lo grave.

Vivimos una era de excesos e intolerancia, y eso hace que ya no nos llame la atención que Josep Maria Terricabras, cabeza de lista a las europeas por ERC y catedrático de la Universidad de Gerona, plantee una iniciativa para que el PEN Internacional denuncie ante la ONU el "genocidio cultural" del Gobierno español contra la lengua catalana.

La pregunta que surge es obvia: ¿cómo se reconduce la convivencia cuando personalidades con tanto peso manifiestan una pasmosa intransigencia? Leer a Ignacio Agustí, después de repasar estos casos, nos da la sensación de que empieza a ser tarde para ello.

Sinopsis

Ningún día sin línea quiere ser algo más que una antología de artículos y crónicas de Ignacio Agustí, del que celebramos el primer centenario de su nacimiento. Al hilo de los textos aquí compilados, y bajo la edición de la investigadora Irene Donate, recuperamos –en su faceta menos conocida de periodista– la fascinante figura de este novelista, poeta, dramaturgo y conferenciante catalán. Al hacerlo revivimos también una larga época de la historia de España desde la perspectiva catalana que Agustí reflejó en su periodismo de corte literario.

Aunque logró popularidad con su novela Mariona Rebull (1943), primera entrega de la saga La ceniza fue árbol, Agustí fue un incansable e impenitente cronista y articulista. Su trayectoria comenzó antes de la Guerra Civil, en publicaciones escritas en catalán como Mirador, La Veu de Catalunya, La veu del vespre y L’Instant.

Durante la guerra pasó a emplear el castellano, que no abandonaría a partir de entonces. Fue director de la revista Destino en sus comienzos en Burgos y continuó en los años de la posguerra en Barcelona publicando más de trescientos artículos.

Durante la Segunda Guerra Mundial simultaneó este trabajo con el de corresponsal de Vanguardia Española en Suiza. En los años sesenta colaboró en el diario Pueblo, en la revista Triunfo con la sección fija “Cara y cruz”, y también, esporádicamente, en La Gaceta Ilustrada.

En 1964, fundó en Barcelona el diario Tele/eXpres, donde escribió lo más granado de su periodismo literario en la columna “Todos los días”. En los años setenta publicó varios reportajes y artículos en ABC.

Esta antología, organizada en varios apartados temáticos, pretende dar cuenta de la relevancia, calidad y actualidad del legado periodístico de Ignacio Agustí, un escritor y periodista catalán que se sentía español y escribía en castellano.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Fórcola Ediciones. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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