"Los cien últimos días de Berlín", de Antonio Ansuátegui

José Luis García Martín, encargado de la edición de este reportaje inclasificable, ahonda en su misterio aludiendo a su desconocido autor: "¿Quién fue Antonio Ansuátegui? ‒se pregunta‒ De él solo sabemos lo que nos cuenta en su único libro, aparecido en 1945, apenas dos meses después de la derrota de Alemania".

Decía que ésta es una obra inclasificable. Lo más tentador es hablar de un testimonio directo, escrito por un estudiante español que permaneció en Berlín durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, y que asiste a la caída de la capital y al inevitable derrumbe del nazismo.

Si hablamos, por tanto, de unas memorias, lo primero que conviene resaltar es su imparcialidad. Téngase en cuenta que Ansuátegui, como tantos europeos, aún desconoce los mayores horrores del nazismo, y sin embargo, pese a su evidente apego por la Alemania de aquel tiempo, no parece simpatizar con el delirio hitleriano. De hecho, se permite contarnos los chistes que circulan sobre el Führer y tampoco escatima censuras a sus secuaces más directos. Por ejemplo, cuando escribe: "El pueblo veía en Goebbels a una gran inteligencia, a un gran sofista y a un mentiroso genial".

Conviene leer frases como ésta en el contexto de 1945, especialmente en boca de un germanófilo. También sorprende leer consideraciones como la siguiente, que se adelantan a otras censuras más dramáticas que llegarían con la evidencia de los campos de exterminio. "Así como el prestigio de Göring ‒dice Ansuátegui‒ se vino ruidosamente abajo cuando los aviones aliados empezaron a bombardear seriamente Berlín, de la misma manera el prestigio de Hitler se empezó a resquebrajar cuando después de afirmar categóricamente que Stalingrado sería tomado, esta capital hubo de ser abandonada y las tropas alemanas empezaron su profundo repliegue".

Hasta aquí, mis elogios se dirigen a un libro de memorias. Pero retrocedamos dos pasos y tomemos en cuenta las críticas que recientemente han recibido otros libros de corte periodístico o testimonial, como A sangre fría, de Truman Capote, y El emperador, de Ryszard Kapuscinski. Dos clásicos del reporterismo narrativo que, por ciertas inexactitudes e invenciones, quizá deberían ser reubicados en el marco de la ficción.

Hay un par de detalles que invitan a sospechar sobre la absoluta veracidad de Los cien últimos días de Berlín. Por un lado, es un texto de gran calidad literaria, redactado por alguien que no parece un simple estudiante haciendo un apresurado recuento de sus experiencias. De hecho, esa calidad, por sí sola, ya justifica su lectura y lo convierte en uno de los grandes reportajes españoles del siglo XX... escrito por un profesional de la pluma y no por un memorialista espontáneo.

El segundo recelo (mínimo, es cierto) tiene que ver con determinadas inexactitudes, como ésta que el propio José Luis García Martín justifica en el prólogo: cuenta el autor que visitó en la ciudad jardín de Radebeul el museo perteneciente a Karl May, acompañado por adolescentes que lucen la Cruz de Hierro, y en ese punto afirma: "El mismo Karl May nos atendió mientras estuvimos en su casa".

Seguro que la mención de May y de su museo en Villa Shatterhand emocionó a los lectores de los años cuarenta. No en vano, sus grandes novelas de aventuras ‒Prisioneros de los Ogallalas, La montaña de Oro, El testamento de Winnetou...

‒ eran muy populares en nuestro país desde que comenzaron a publicarse en 1927. Por desgracia, May murió en Dresde, el 30 de marzo de 1912, lo que impide su feliz encuentro con Ansuátegui.

¿Fue ésta una inocente invención del autor para colorear el texto, o más bien un modo de advertirnos que ha novelizado sus recuerdos? ¿Quizá es la clave que apunta hacia su verdadera identidad? No es, a decir verdad, lo más trascendente. En realidad, hablamos de un libro tan atractivo para los amantes de la historia, y sobre todo, tan bien escrito que este tipo de objeción casi supone un aliciente.

Sinopsis

Pocos han sido los que contaron en un libro la caída de Berlín a principios de mayo de 1945. Uno solo español, y no era un fascista.

En julio de 1945, apenas dos meses después de la caída de Berlín, se publicó un libro excepcional, pero que pasó prácticamente inadvertido en el alud informativo del momento. Su autor no era escritor profesional ni historiador ni periodista (de hecho, no volvería a publicar nada más), sino un joven español que se había traslado a Alemania en 1943 para estudiar ingeniería de caminos. El tiempo, y los miles de obras publicadas sobre la Segunda Guerra Mundial, no le han restado valor a su testimonio, escrito en un estilo directo, sin énfasis retórico alguno, sin compromisos ideológicos. Los hechos que creíamos que nos habían sido contados desde todos los puntos de vista se nos ofrecen ahora con una perspectiva inédita. Para conocer cómo vivió Alemania los años finales del nazismo, esta apasionante crónica, en la que abundan los «pequeños detalles exactos» que tanto le gustaban a Stendhal, vale más que muchos gruesos tomos de la historia oficial. Los cien últimos días de Berlín, el conmovedor testimonio de un hombre común sobre unos acontecimientos que cambiaron el mundo, se lee hoy como un ejemplo del mejor periodismo, esa novela sin ficción.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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