"El rey del Río Dorado o Los dos hermanos siniestros", de John Ruskin

A más de un siglo y medio de distancia, parece como si John Ruskin (1819-1900) hubiera escrito este cuento pensando en la eternidad. Los lectores han cambiado, es cierto, pero aún nos reconocemos en la magia de este relato victoriano, en el que su autor combina sus dotes literarias con su personal filosofía, de gran originalidad conceptual.

Aunque Ruskin ya ha merecido repetidos elogios gracias a su faceta como ensayista y teórico del arte ‒recordemos obras como Las siete lámparas de la arquitectura (1849) y Las piedras de Venecia (1851-1853)‒, esta pieza infantil nos acerca a un sentimiento que prosperó entre los intelectuales británicos de aquel tiempo: el amor por la naturaleza y la impresión de que los buenos actos conducen a un ciclo virtuoso que puede repercutir tanto en nuestra vida como en nuestro entorno.

En lo estético, y más allá de las bonitas ilustraciones de Elizabeth M. Fisher que incluye esta edición, El rey del Río Dorado es una lectura que nos remite al movimiento prerrafaelita, con su propensión a la delicadeza formal y ‒volvemos a ello‒ con ese amor por los valles, los bosques y la vida silvestre.

La impulsora de esta obra de Ruskin fue Euphemia Chalmers Gray, llamada cariñosamente Effie, una pariente del autor que, siendo preadolescente, le animó a escribirla (Nótese la similitud de este caso con el de Alicia en el País de las Maravillas).

Como nota al margen, debemos advertir que Effie acabó casándose con John Ruskin, de quien luego se separó para contraer matrimonio con el pintor John Everett Millais, íntimo amigo del ensayista y bastante más equilibrado que él. Este triángulo victoriano, como es obvio, atrajo la atención popular, y con el paso del tiempo, ha sido reflejado en novelas, películas, una obra teatral e incluso una ópera.

Como fábula, El rey del Río Dorado puede ser interpretada como una defensa de la generosidad y de la benevolencia, con su correspondiente moraleja. No obstante, entre líneas, Ruskin enarbola con mayor decisión otra bandera: la dimensión prodigiosa de la biosfera. Al dotar de ese matiz mágico al paisaje, consigue que el cuento, en su tramo final, se convierta en un canto a esa naturaleza que los prerrafaelitas idealizaban como un paraíso perdido que era imprescindible recobrar.

Escrito en 1841 y editado por vez primera en 1851, El rey del Río Dorado ha merecido múltiples versiones en español, pero sin duda ésta, que además cuenta con un prólogo de Luis Alberto de Cuenca, me parece la más recomendable, tanto por el acierto de la traductora Victoria León como por las láminas de Fisher, que enriquecen con finura y sencillez los principales momentos del relato.

Sinopsis

Resulta imposible resumir en el brevísimo espacio de una solapa la personalidad y la obra de John Ruskin (1819-1900), pero trataremos de presentar en unas pocas líneas al autor de El rey del Río Dorado o los hermanos siniestros diciendo tan sólo que esta deliciosa obrita es todo un clásico de la literatura infantil inglesa y que ha sido reeditada multitud de veces en el último siglo y medio. Nuestro autor escribió este relato para la que habría de ser su joven esposa, Effie Gray, en 1841, y lo publicó por vez primera en 1851, siendo esta su única incursión en la narrativa.

Ruskin fue, sobre todo, más que un escritor al uso, pese a la reconocible belleza de su estilo, un reformador estético y social, y su obra ensayística es gigantesca y aborda una infinidad de temas, aunque son los relacionados con la pintura y la arquitectura los que le hicieron universalmente conocido en su tiempo. Las piedras de Venecia y Las siete lámparas de la Arquitectura siguen siendo, quizás, sus libros más representativos. Nuestra edición de El rey de Río Dorado está traducida por Victoria León y prologada por Luis Alberto de Cuenca.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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