Tergiversar la ciencia

Tergiversar la ciencia Imagen superior: Lauren Nelson, CC

En un ensayo publicado en 2002 en la Antología de la Divulgación de la Ciencia en México (DGDC-UNAM), el doctor Marcelino Cereijido, prestigiado investigador argentino-mexicano y querido amigo, que además ejerce admirablemente la divulgación científica, describía el proceso por el que los descubrimientos científicos pasan del laboratorio a las revistas especializadas, y de ahí a la prensa general, como una “cascada divulgatoria”.

Ésta comienza con el resumen en los artículos especializados, en el que el descubrimiento reportado se reduce a un párrafo, pasando por los “artículos de revisión”, también especializados, en que un hallazgo se reduce a un renglón, hasta llegar a los libros de texto, donde se habla ya no de un descubrimiento específico, sino sólo del conocimiento general sobre el campo de estudio en cuestión, resumido todo quizá en una frase. Finalmente, los conceptos llegan hasta las revistas y medios para el gran público: la divulgación científica propiamente dicha.

Aunque no coincido del todo con su descripción –son más variadas y complejas las vías que llevan de la investigación a la divulgación–, Cereijido resalta acertadamente que esta “divulgación” progresiva va omitiendo más y más detalles técnicos, y “ganando” al mismo tiempo “en claridad y hermosura” (pues la ciencia, en su versión más precisa, que es la más técnica, sólo puede ser entendida por los pocos especialistas en la materia, y básicamente por nadie más: tal es el precio que pagan los investigadores de cada área por utilizar sus respectivos lenguajes técnicos, de extrema abstracción, precisión y densidad informativa, que facilitan y aceleran enormemente la comunicación con sus colegas).

En otras palabras, la divulgación científica transforma, al recrearlo, el contenido científico, generando una versión del mismo que es más atractiva y accesible para públicos amplios, pero que en el proceso pierde, inevitablemente, exactitud y precisión (algo, dicho sea de paso, que ocurre en todo proceso de traducción).

Es por ello que una de las discusiones más antiguas e interminables en el campo de la comunicación pública de la ciencia –incluyendo al periodismo científico– es el constante reclamo de los expertos investigadores que denuncian que los periodistas y divulgadores “tergiversamos” su ciencia. Los expertos nos exigen una cantidad de detalles que, ciertamente, garantizarían que nuestros textos fueran científicamente muy rigurosos, pero que los harían ilegibles para el público al que nos dirigimos.

Los comunicadores, por nuestra parte, nos defendemos con denuedo, poniendo por delante la claridad y argumentando que “no es lo mismo rigor científico que rigor mortis”. Pero no se puede negar que hay veces que ocurren errores absurdos que son completamente indefendibles.

Hace unos días un lector me señaló uno de ellos: la noticia, que ha circulado ampliamente en internet y en varios medios impresos, de que “la vacuna contra el sarampión puede curar el cáncer”.

Las diversas notas que hablan del tema afirman que un grupo de investigadores de la Clínica Mayo, en Estados Unidos, encabezados por el doctor Stephen Russell, aplicaron un tratamiento experimental a la paciente Stacy Erholtz, de 49 años, que sufría de leucemia terminal incurable: “le inyectaron en la sangre una vacuna contra el sarampión en una dosis lo suficientemente fuerte como para inocular a 10 millones de personas”. El resultado fue que al poco tiempo, el cáncer desapareció: “se volvió indetectable”. 

A partir de esto, ha cundido como pólvora la idea de que el cáncer es ya curable, y al mismo tiempo la duda sobre qué tan seguro podrá ser este tratamiento.

Sin embargo, se trata sólo de un caso extremo de deformación y degradación de la información científica debido a una “cascada divulgatoria” acelerada y defectuosa. En los textos publicados en diversos medios se omitieron detalles esenciales que cambian completamente las implicaciones de la noticia.

En primer lugar, el tratamiento aplicado a Erholtz consiste en un virus de sarampión modificado genéticamente para atacar únicamente a las células cancerosas (se le conoce como “terapia con virus oncolíticos”). Efectivamente, se basaron en un virus atenuado que se usa en vacunas; pero no se usó la vacuna misma.

En segundo lugar, el experimento se realizó con dos pacientes: la segunda, a diferencia de Erholtz, no sólo no mejoró, sino que pareció empeorar (aunque sigue viva).

En resumen, no se trata de una cura milagrosa ni de un éxito rotundo. Y no se usó la vacuna del sarampión. Se trata de un resultado interesante y estimulante para seguir investigando una vía experimental prometedora de terapia contra ciertos tipos de cáncer, que quizá, con mucha suerte y mucho trabajo, en una o dos décadas pudiera llegar a tener aplicaciones clínicas.

Definitivamente, comunicar la ciencia requiere rigor y una comprensión de la ciencia involucrada. De otro modo, la “cascada divulgativa” de Cereijido puede convertirse, como muchos investigadores temen, en una verdadera corrupción de la ciencia, que sólo desinforma. Una cascada contaminada.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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