Rechazo irracional

Rechazo irracional Imagen superior: Noble Foundation, CC

Una pregunta que yo y muchos de mis colegas divulgadores nos hacemos es: ¿cómo puede la gente creer tantas tonterías seudocientíficas? Algunos toman el camino fácil y lo adjudican a que “la gente es tonta o ignorante”. Discrepo tajantemente: querer fomentar la cultura científica de los ciudadanos partiendo del desprecio hacia ellos es lo más opuesto a la labor cultural, educativa y de comunicación que realiza un divulgador científico digno de ese nombre.

Pero ¿y entonces? ¿Por qué se esparcen y proliferan tantas creencias irracionales o carentes de sustento, mientras que el conocimiento basado en la evidencia y comprobado sistemáticamente es tan fácilmente rechazado por amplios grupos de la población? 

Respecto a la homeopatía, por ejemplo, el Consejo de Investigación Médica de Australia (NHMRC) emitió en marzo de 2015 un dictamen en el que, tomando en cuenta una revisión independiente de varias investigaciones sobre el tema, una evaluación de la información que ofrecen los propios homeópatas, así como reportes sobre la homeopatía realizados por gobiernos de otros países (como el Reino Unido), llega a la siguiente conclusión: “no existen padecimientos médicos para los cuales haya evidencia confiable de que la homeopatía resulte efectiva”. Y recomienda: “la homeopatía no debe usarse para tratar padecimientos de salud que sean crónicos, serios, o que pudieran volverse serios. La salud de las personas puede ponerse en riesgo si rechazan o retardan los tratamientos de cuya seguridad y efectividad sí existe buena evidencia” (es decir, la medicina científica).

Sin embargo, los creyentes siguen confiando en la homeopatía (y tantas otras seudomedicinas). Aun en contra de la evidencia clínica, sienten que “les funciona”. A esto ayuda que los promotores de la homeopatía (una industria multinacional cuyas empresas llegan a facturar anualmente, tan sólo en Europa, más de mil millones de euros), además de vender su mercancía, hacen cabildeo (lobbying) a través de sus grupos de presión comercial y política para que en distintos países la charlatanería homeopática se pueda seguir vendiendo sin control de las autoridades, se siga aceptando como una terapia segura (no siempre lo es) y hasta siendo subsidiada con dinero público.

Pero no es sólo en ideas relacionados con la salud donde se halla esta credulidad: también está presente, por ejemplo, en temas ambientales. Un ejemplo hoy muy presente es la oposición al cultivo y consumo de organismos genéticamente modificados o transgénicos, especialmente vegetales. Los argumentos en su contra van desde lo ideológico (son antinaturales), pasando por lo médico (pueden causar cáncer o alergias) y lo ambiental (pueden alterar los ecosistemas o contaminar los genomas de especies nativas), hasta lo social (se prestan a abusos que rayan en lo criminal por parte de las trasnacionales agrobiotecnológicas que los venden a los campesinos).

Sólo los dos últimos argumentos tienen bases reales que valdría la pena investigar. El segundo ya ha sido descartado, luego de que durante años millones de personas hayan consumido vegetales transgénicos sin que existan casos de daños a la salud. Y el primero es cuestión de opinión, que en todo caso, no debería imponerse a quien no la comparta.

Pero, nuevamente, la actividad de grupos de interés “ambientalistas” y opuestos a los transgénicos (que, si bien no tienen el poder económico de las empresas biotecnológicas, sí cuentan con lobbies que las apoyan en diversos países) ha logrado que la imagen de los transgénicos como algo nocivo y peligroso, que debe ser evitado a toda costa, se haya propagado globalmente y goce de gran aceptación entre el ciudadano medio.

En un interesantísimo estudio hecho público el 10 de abril de 2015 por la revista Trends in plant science (Avances en ciencia vegetal, en prensa), un grupo de investigadores (biólogos, biotecnólogos y filósofos), de la Universidad de Gante, en Bélgica, coordinados por Marc Van Montagu, exploran las posibles razones para explicar por qué la oposición a los cultivos transgénicos es tan popular, a pesar de la evidencia de que muchos cultivos transgénicos son seguros y útiles (el caso del “arroz dorado” es un ejemplo perfecto y especialmente doloroso: fue enriquecido con dos genes que permiten que sea fuente de vitamina A–que normalmente no contiene– para ayudar a paliar la carencia de esta vitamina que padece un 10 de la población de Asia y África cuya fuente principal y casi única de alimento es el arroz, y que puede causar ceguera; pero su cultivo ha sido bloqueado por los activistas antitransgénicos).

Van Montagu y sus colegas concluyen, luego de tomar en cuenta conceptos provenientes de la investigación en ciencias cognitivas, psicología, evolución, antropología y filosofía, que la extensa oposición a los transgénicos en la opinión pública tiene que ver con la manera en que los seres humanos interpretamos la información. Proponen así un modelo para explicar el rechazo a los datos confiables sobre la seguridad y beneficios potenciales de los cultivos transgénicos.

En versión muy resumida, postulan que este tipo de ideas se benefician de ciertas características del sistema cognitivo que nuestra especie desarrolló a lo largo de su evolución. En particular, la existencia de dos grandes maneras de evaluar la información y tomar decisiones: la intuitiva (que es rápida y “automática” –pues abrevia tomando como reglas la experiencia y una serie de suposiciones “de sentido común”–, y generalmente acertada, excepto cuando se enfrenta a situaciones inusuales) y la racional, que es más lenta, exige un mayor trabajo intelectual, pero que toma en cuenta más datos, y cuyas conclusiones, más difíciles de recordar, pueden llegar a ser poco esperadas o anti-intuitivas, pero más acordes con la evidencia.
Van Montagu y su grupo también proponen tres factores concretos que favorecen el rechazo a los transgénicos: la tendencia natural de la mente humana a: 1) pensar en términos de esencias (el ADN es la esencia de un organismo; modificarlo es alterar esa esencia); 2) interpretar las cosas en términos teleológicos (es decir, de intenciones: “la naturaleza es sabia”; modificarla es “jugar a ser dios”), y 3) sentir repugnancia por ciertas cosas (la modificación genética “contamina” a los organismos). Esto, dicen, genera una actitud de rechazo que lleva a percibir a los organismos transgénicos no sólo como peligrosos, sino como inmorales o pecaminosos. Los autores sugieren también posibles estrategias de comunicación para tratar de combatir la oposición a los transgénicos, con base en información científica confiable.

Estoy seguro de que el tema levantará polémica: habrá quien acuse a los autores de caricaturizar y descalificar a los activistas antitransgénicos a los ciudadanos que se identifican con sus argumentos. Pero al mismo tiempo, estoy seguro que los análisis del tipo que proponen Van Montagu y sus colegas puede ser útil para entender la enorme difusión de otros tipos de ideas contrarias al conocimiento científico aceptado, incluyendo a seudomedicinas como la homeopatía (que promueve también una visión de “defender lo natural” frente a la “deshumanizada” medicina científica, habla de que se combate la enfermedad “por medio de sí misma”, y maneja un discurso cercano al esoterismo en que se “recobra el equilibrio natural” del cuerpo).

En todo caso, entender la propagación de las ideas irracionales puede ser la mejor manera de combatirlas.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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