Ovnis e ignorancia

Ovnis e ignorancia Imagen superior: Gerhard Uhlhorn, "UFO Wald", CC

Nada sería más maravilloso que descubrir que no estamos solos en el universo. Lo mejor es que es probable que así sea.

Se estima que existen entre 200 y 400 mil millones de estrellas en nuestra galaxia, la vía láctea. Desde 1995 se han venido descubriendo planetas girando alrededor de otras estrellas. Hoy se conocen más de 100 “planetas extrasolares”, y la lista crece cada año. Es probable que en nuestra galaxia existan planetas similares al nuestro, donde podría haber condiciones favorables para la vida. Por otro lado, como se estima que el número de galaxias en el universo supera los 80 mil millones, la posibilidad de vida (incluso vida inteligente) en el universo no es tan remota.

Otra cosa que hay que tomar en cuenta es la posibilidad de que la vida surja en un planeta con las condiciones adecuadas (temperatura, agua líquida, etc.). Sólo contamos con un caso para estudiar: la tierra, que tiene aproximadamente 4 mil 500 millones de años. Las evidencias más antiguas de vida datan de 3 mil 800 millones de años: al parecer, la vida aparece en cuanto se dan las condiciones necesarias. La bioquímica, la genética y los estudios sobre el origen de la vida están produciendo explicaciones cada vez más detalladas de cómo pudo suceder esto, y cómo podría ocurrir en otros planetas.

Sin embargo, en más de una oportunidad, cuando se han detectado objetos luminosos no identificados, los “expertos” confiables para recibir y difundir este material han sido ufólogos o periodistas dedicados a esta materia, ignorando a la comunidad científica, de la que, evidentemente, aquellos no forman parte.

Pero un momento: ¿no será que los científicos son cerrados y se niegan a aceptar cosas nuevas? ¿No se tratará de un complot para ocultar la información? (Uno se pregunta, ¿se podría ocultar algo así?, ¿de qué serviría?)

Es cierto el avance de la ciencia y la tecnología hace que cosas antes imposibles hoy sean reales y hasta comunes. Pero los viajes interestelares están limitados por lo que nos dice la teoría de la relatividad: aún suponiendo que las naves pudieran viajar a la velocidad de la luz, el viaje tomaría tiempos demasiado largos para ser factibles.

Por otra parte, ¿cómo sabrían los extraterrestres que estamos aquí? Las ondas de radio, que viajan a la velocidad de la luz, comenzaron a emitirse hace sólo 100 años: cuando mucho nos podrían detectar civilizaciones que estuvieran a 100 años luz de la tierra –una distancia relativamente corta: la vía láctea es mil veces más grande. ¿Qué tan probable sería que, en ese radio, exista una civilización avanzada capaz de visitarnos? Es más probable que, si existiera una civilización ahí afuera, pudiéramos detectarla nosotros. Es por eso que los astrónomos han desarrollado proyectos serios de búsqueda de vida extraterrestre usando radiotelescopios para detectar señales procedentes de otras civilizaciones... todavía sin ningún resultado, pero la búsqueda vale la pena.

No es que los astrónomos y demás científicos no “quieran” creer en extraterrestres. Pero aceptar que unos videos de bolas luminosas para los que existen varias explicaciones sencillas (por ejemplo, las descargas eléctricas conocidas como “centellas”) muestran en realidad naves extraterrestres es una hipótesis muy forzada. La buena ciencia sigue el principio de parsimonia: antes de aceptar hipótesis complejas o poco probables, se deben descartar las más sencillas.

Los grupos escépticos respecto al fenómeno ovni documentan que bastantes ufólogos han estado involucrados en fraudes (La organización ufowatchdog.com les dedica su página de la infamia). El más famoso fraude fue el de Jonathan Reed, médico quien supuestamente mató a un extraterrestre que halló en un bosque luego de que éste “desintegrara” a su perro. Reed decía tener un brazalete que le permitía transportarse a otra dimensión. Posteriormente se descubrió que no era realmente doctor, que su nombre era John Rutter y que toda la historia había sido inventada.

La difusión de videos y fotografías de supuestos artefactos extraterrestres, lejos de ser un paso importante para el conocimiento, revela nuestra incultura científica (El lector interesado quizá quiera leer el libro del astrónomo mexicano Armando Arellano, ¿Por qué no hay extraterrestres en la Tierra?, Fondo de Cultura Económica 2004).

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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