La historia de la mitocondria ladrona

Las mitocondrias son esos organelos subcelulares que, como nos enseñan en la secundaria, proporcionan energía a la célula. (No la “producen”, sino que la liberan en forma utilizable, al ayudar a oxidar los alimentos, y la transfieren a la famosa molécula de ATP –trifosfato de adenosina–, que luego se utiliza donde la célula la necesite. Si la energía de los alimentos se liberara oxidándolos de un solo golpe, es decir, quemándolos, no sería posible aprovecharla y se perdería en forma de calor.)

Las mitocondrias son también uno de esos temas que a los biólogos –sobre todo moleculares y evolutivos– les parecen fascinantes, pero que al resto del mundo le suenan raros, aburridos y hasta absurdos. (Cuando hice mi tesis sobre los genes de los ribosomas de las mitocondrias de una levadura –ejem–, mi padre solía burlarse de mí diciendo que estudiaba “la clonación de las mitocondrias”… palabras para él extravagantes y sin sentido.)

Parte del encanto de las mitocondrias, aparte de los complicadísimos y fascinantes mecanismos que le permiten procesar la energía celular, es su origen evolutivo. En un principio, cuando se descubrieron gracias a la microscopía, a mediados del siglo XIX (en un principio les llamaron “bioblastos”), su existencia se daba por sentada; lo importante era averiguar, primero, cómo estaban hechas, y después qué hacían y cómo funcionaban.

Pero a finales de los 60 la bióloga estadounidense Lynn Margulis propuso algo insólito: que las mitocondrias originalmente fueron bacterias de vida libre que habían sido “secuestradas” dentro de otra célula, y que al paso del tiempo establecieron una relación de simbiosis (cooperación mutua) con ella hasta volverse indispensables.

La propuesta de Margulis estaba basada en una multitud de datos (por ejemplo, que las mitocondrias tienen sus propios genes, aparte de los del núcleo de la célula). Aunque tardó algunas décadas en ser tomada en serio por el grueso de la comunidad científica, con los años la evidencia se acumuló hasta ser innegable. Hoy se considera que los procesos de simbiosis fueron centrales en el origen de las células eucariontes (las que tienen núcleo). Y Margulis argumentó hasta su muerte en 2011 que la cooperación a nivel celular (a la que llamó simbiogénesis) era una de las fuerzas fundamentales de la evolución.

Pues bien: la historia podría cambiar. Un par de investigadores de la Universidad de Virginia, Zhang Wang y Martin Wu, publicaron en octubre de 2014 en la revista científica PLoS One un estudio en el que, luego de estudiar más de 4 mil 400 genes antiguos de mitocondrias que, a través de los años, migraron al núcleo de las células que las contienen, pudieron reconstruir un árbol genealógico (filogenético, en lenguaje técnico) que sitúa al ancestro de todas las mitocondrias cerca de un tipo de bacterias llamadas rickettsiales, que se caracterizan por ser parásitas.

Y he ahí la sorpresa: éste y otros resultados del estudio hacen muy probable que las primeras mitocondrias hayan sido en realidad parásitos, ladrones que entraron a otras células a robar su ATP, no a fabricarlo.

Hay expertos que cuestionan los detalles del estudio y el análisis de los datos. Habrá que investigar más. Pero, aunque a Margulis no le agradaría, quizá el resultado nos obligue a reconsiderar si es la cooperación o la competencia la fuerza más importante en la evolución de la célula.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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