La ciencia como cultura

La ciencia como cultura Imagen superior: Sylvar. Péndulo de Foucault, Museo Nazionale della Scienza e della Tecnologia Leonardo da Vinci, Milán, Italia (CC)

Si aceptamos la definición de cultura como el conjunto de productos de la actividad humana, resulta que todo es cultura. Y si todo es cultura, la idea de que hay que “fomentar la cultura” resulta un poco absurda.

Por ello conviene adoptar una definición más limitada, que reconoce que pueden existir diversas “culturas” relacionadas con las distintas áreas de la actividad humana. Habría así cultura musical o del deporte, cultura mexicana y cultura francesa. Y, por supuesto, cultura popular y “cultura culta”, a la que normalmente nos referimos cuando pensamos en institutos de bellas artes o en consejos y secretarías de cultura.

Se acepta que esta cultura debe difundirse entre la población. En primer lugar porque no está difundida: se supone que la mayor parte de los ciudadanos no tiene acceso a ella. Y en segundo, porque se trata de un producto valioso de la actividad humana que nos permite enriquecer nuestra existencia y nos produce disfrute. (En cambio, a la cultura popular hay que “defenderla”, pues aunque está presente en todos los pueblos, tiende a desaparecer para ser sustituida por culturas importadas a través de la televisión y otros medios de penetración cultural.)

Desde este punto de vista, se puede entonces hablar de una “cultura científica”: el conocimiento de la ciencia, sus métodos, su manera de pensar y la visión del mundo que nos proporciona.

¿Quiénes debieran tener una cultura científica? Los científicos, por supuesto, pero no sólo ellos: la cultura científica no debiera estar restringida a quienes se dedican profesionalmente a la ciencia, sino que tendría que formar parte de la cultura general de toda la población.

Las razones son muchas. Algunas son prácticas: la ciencia es nuestra fuente más confiable de conocimiento acerca de la naturaleza. El conocimiento científico nos permite no sólo entender el mundo que nos rodea, sino también modificarlo e intervenir en él con un alto grado de éxito. La aplicación de este conocimiento ha mejorado el nivel de vida de los ciudadanos a un grado que no ha logrado ninguna otra concepción del mundo o vía de conocimiento. Una cultura científica resulta indispensable para que el ciudadano no científico comprenda cabalmente el mundo actual y pueda darle sentido a los constantes avances científicos y tecnológicos que cada día transforman nuestras vidas. Y no sólo eso: a través de ella, los ciudadanos podemos también responsabilizarnos sobre el rumbo que tome la ciencia y la manera en que se aplique. La democratización del conocimiento científico es otra de las ventajas de una cultura científica popular.

Pero hay razones más abstractas para fomentar una amplia difusión de la cultura científica entre la población general. Y curiosamente, son muy similares a las que impulsan a todas las otras formas de difusión cultural. ¿Por qué, por ejemplo, hacemos exposiciones de pintura y escultura, funciones de danza o teatro, editamos libros de literatura o poesía? Simplemente porque son manifestaciones de la creatividad humana valiosas en sí mismas que hacen que nuestra vida sea más rica, y porque los ciudadanos merecen y tienen derecho a tener acceso a ellas. Aunque por desgracia muchas veces se piensa que la cultura científica se opone de alguna forma a la cultura artística y humanística, lo cierto es que tanto el arte y las humanidades como la ciencia, como formas de cultura, nos dan más opciones a la hora de pensar, actuar, decidir y comprender nuestras vidas.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM. Reservados todos los derechos.

 

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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