Humanizar a los animales

Humanizar a los animales Winky y Wanda vivieron durante una década en el Zoo de Detroit. Posteriormente, a causa de su maltrecha salud, fueron trasladados a las instalaciones de la Performing Animal Welfare Society (PAWS), en San Andreas, California. Fue en ese santuario natural

Una de las características más inquietantes de la ciencia es su molesta tendencia a romper mitos y prejuicios. La astronomía nos ha mostrado que nuestro planeta no tiene un lugar especial en el universo; la física, que el sentido común frecuentemente nos engaña, como cuando creíamos que el espacio y el tiempo eran conceptos absolutos; la química, que no hay nada especial en la materia de la que estamos hechos los seres vivos. En el caso de la biología, la tendencia ha sido a mostrar que las fronteras que separan a los seres humanos del resto de los seres vivos son bastante arbitrarias.

Nadie discute hoy en día que los humanos somos animales. “Pero animales racionales”, se apresuran a añadir los recelosos. La realidad es que muchos animales exhiben comportamientos que sólo pueden explicarse por cierto tipo de razonamiento que es, en mayor o menor grado, racional. Incluso, hoy es ampliamente aceptado que muchos animales, principalmente simios pero incluso algunos cetáceos, como las ballenas, comparten información no codificada en sus genes que sólo puede calificarse como “cultural”. Claro que la “cultura animal” es relativamente simple, pero sólo difiere de la humana por una cuestión de grado, sin que haya una diferencia cualitativa entre ambas.

Como consecuencia de esto, hablar de los derechos de los animales es cada vez menos cuestión de compasión o sentimentalismo, y cada vez más asunto de simple justicia. En cierta medida, podría incluso hablarse de los “derechos humanos” de los animales.

El hecho no debería ser muy sorprendente. Después de todo, hasta hace relativamente pocos años se pensaba que los negros eran, si no una especie distinta de ser humano, al menos sí una variedad inferior, y tal argumento se utilizaba para negarles derechos que hoy consideramos fundamentales para toda persona, independientemente de sus características físicas. Hace sólo unos pocos siglos se discutía, también, si las mujeres o los indígenas americanos poseían o no un alma, y si se podía por tanto considerárseles realmente como humanos. El actual debate sobre la total igualdad de derechos para las minorías sexuales es sólo un paso más en el camino de derribar prejuicios sobre las “diferencias” entre personas, diferencias que, además de ser en un buen grado arbitrarias y artificiales, siempre acaban interpretándose como superioridad de algunos grupos sobre otros.

Dos ejemplos muestran el avance en la otra rama del mismo camino, la de los derechos de los animales.

El primero se refiere a la decisión, tomada en 2004 por las autoridades del Zoológico de Detroit, de liberar a sus elefantes Winky y Wanda en un santuario animal, debido a la artritis que padecían por su prolongado encierro.

Al parecer, los paquidermos necesitan ser libres para caminar por espacios extensos, y el área limitada de la que disponían en el zoológico (en cualquier zoológico) era insuficiente. Además, las condiciones de su cautiverio, a pesar de ser uno de los zoológicos más avanzados, les causaba otro tipo de alteraciones como estrés y comportamiento agresivo. Esto es debido a que los elefantes son criaturas muy inteligentes y sociables: comparten características tan “humanas” como la amistad o el dolor por sus muertos; el cautiverio prolongado los afecta de manera similar como afectaría a un humano.

Por ello, el zoológico de Detroit consideró que, por motivos éticos, ningún zoológico debería tener elefantes. Su decisión quizá siente un precedente importante para evitar el sufrimiento y enfermedad a estos animales.

El segundo ejemplo tiene que ver con la investigación científica: el gobierno de la Gran Bretaña, luego de una larga controversia sobre la utilización de animales de laboratorio por parte de empresas farmacéuticas, y de una racha de agresiones violentas por parte de activistas a favor de los derechos de los animales, decidió, también en 2004, abandonar sus planes de construir en Cambridge un centro de investigación sobre primates (nuestros parientes más cercanos) e invertir en cambio en un nuevo centro que realizase investigación para hallar formas de reducir el número de animales usados en la experimentación y aumentar los estándares del cuidado que se les proporciona a los que se usan actualmente. En particular, se exploran alternativas como la modelación por computadora, y el uso de voluntarios humanos (en investigaciones que no supongan un riesgo para la salud, claro) o de cultivos de células humanas.

A diferencia de lo que quizá suceda con los elefantes en los zoológicos, es muy poco probable que pueda prescindirse completamente de los animales para fines de investigación. Aunque el uso de animales para probar productos cosméticos puede verse como algo superfluo, la investigación médica es fundamental para salvar vidas humanas, y no toda puede hacerse usando las otras alternativas. En este caso, el bienestar de los humanos tendrá que ponerse por delante. (La posición contraria, por cierto, tampoco es totalmente defendible. Para ser coherentes, tendríamos que volvernos todos vegetarianos, opción que no es viable ni deseable.)

De cualquier modo, y aunque no podamos dejar de usar a los animales para beneficio humano, sí podemos reconocer que tienen derechos y esforzarnos para respetarlos al máximo. En este caso, al contrario de lo que piensan muchos radicales que culpan a la ciencia de deshumanizar a la sociedad, es el conocimiento científico el que nos está mostrando que entre humanos y animales no hay, realmente, diferencias esenciales.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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