Homeopatía letal

Homeopatía letal Imagen superior: Penelope Dingle falleció a causa de un cáncer colorrectal el 25 de agosto de 2005. Sólo tenía 45 años.

En los medios australianos y mundiales causó gran revuelo un caso espeluznante de negligencia médica: la dolorosa muerte de Penelope Dingle, ex–modelo y actriz, debido a un cáncer colorrectal mal atendido. 

El caso horroriza debido a que su mal hubiera podido curarse, de no haber tomado la decisión (apoyada por su marido, Peter Dingle, un gurú que vendía consejos sobre salud­ basados en el pensamiento positivo) de confiar ciega –de hecho, fanáticamente– en una homeópata, Francine Scrayen, quien durante más de un año la convenció de no recurrir a la medicina científica, basada en evidencia, y le prometió que podría curarla. 

Scrayen enfrentó demandas por negligencia criminal, y al mismo tiempo amenazó con demandar a quienes se atreven a denunciar en los medios su criminal irresponsabilidad. 

El caso es demasiado largo y complejo para exponerlo aquí, pero muestra claramente que la homeopatía sólo no cura, sino que puede ser claramente dañina. 

Escribir sobre seudociencias médicas como la homeopatía (o la acupuntura, o tantas otras) es una de las labores más ingratas para un divulgador científico. Inmediatamente llueven los ataques indignados de quienes creen en la efectividad de estas “terapias alternativas”. Y sin embargo, hay datos certeros para calificarlas de fraudes, y razones poderosas para combatirlas. 

Menciono los datos telegráficamente, por razones de espacio. Una simple búsqueda en internet puede confirmarlos (siempre y cuando se consulten fuentes médicas serias –es decir académicas, serias, confirmables–, no sitios promotores de charlatanerías, los cuales que carecen, indefectiblemente, de estas cualidades). 

1) La homeopatía no cura. Su éxito se debe a que aparenta curar, es decir, el paciente puede sentir que mejora. Pero todos los estudios médicamente rigurosos (es decir, en grupos estadísticamente significativos, usando grupos testigo a los que se les administra un placebo, siguiendo la metodología de doble ciego) demuestran que no tiene más efecto que una sustancia inocua. El valor anecdótico de quienes afirman haberse curado es tan médicamente válido como el de quienes afirman haberse curado gracias a la virgen María o el pensamiento positivo. Es decir, nulo. 

2) Las bases “teóricas” de la homeopatía –la ley de los semejantes y el uso de diluciones infinitesimales– van en contra de todo el conocimiento químico actual, el cual –lo sabemos con certeza– sí funciona. Un medicamento cura debido a la estructura de sus moléculas, no a indefinibles “energías”. Por tanto, su efecto disminuye, no aumenta, al diluirlo. Igualmente, una sustancia que causa un efecto no puede usarse para combatir ese mismo efecto. Todo esto ha sido comprobado repetidamente. Quien afirme lo contrario, o es deliberadamente ignorante, o miente. 

3) Aunque muchos creen que la homeopatía “al menos” no daña, muchas veces es falso. Puede dañar de forma directa, cuando quienes preparan los medicamentos lo hacen fraudulentamente, incluyendo sustancias verdaderamente tóxicas en concentraciones dañinas, sin estar supervisados por ninguna autoridad de salud (estos casos son más comunes de lo que se pudiera pensar). Pero también de forma indirecta, promoviendo el uso de remedios inútiles y fomentando la desconfianza del público en la medicina científica, cuyos resultados son, si no infalibles, sí claramente comprobables… y comprobados. 

Un amigo cercano acaba de vivir una experiencia cercana a la de Penelope Dingle: durante dos años acudió a la homeopatía para tratar lo que resultó ser un linfoma maligno. En la etapa 1, 2 o 3 (tumor puntual puntual o localizado) podría haberse curado. Cuando llegó, en la etapa 4, ya con metástasis, su mejor esperanza es controlarlo crónicamente mediante quimioterapias regulares. 

No hay duda: permitir que charlatanes irresponsables como Scrayen sigan ejerciendo impunemente, promoviendo su seudociencia y fomentando el abandono de terapias que sí ofrecen posibilidades reales de salvar vidas es criminal. No se trata de ideología, sino de ciencia que salva vidas.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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