Enfermedades olvidadas

Enfermedades olvidadas Imagen superior: Myfuture.com, CC

¿Qué tienen en común tres enfermedades poco conocidas que llevan los extraños nombres de leishmaniasis, mal de Chagas y tripanosomiasis africana?

En primer lugar eso, que son raras y poco conocidas, pues afectan principalmente a zonas rurales muy pobres de África, Asia y Centro y Sudamérica (aunque también a muchos migrantes en países desarrollados). En segundo, que son transmitidas por insectos. Son parte de las 17 “enfermedades tropicales olvidadas” o “desatendidas”, según la Organización Mundial de la Salud (que incluyen además a las helmintiasis transmitidas por el suelo, la filariasis linfática, la oncocercosis, la esquistosomiasis, la dracunculosis, las helmintiasis zoonóticas, el dengue y el dengue hemorrágico, la rabia, el pian, y la úlcera de Buruli).

Se les llama así porque, aunque se calcula que afectan a unos mil millones de personas en el mundo (en particular, la leishmaniansis, el Chagas y la tripanosomiasis africana, también llamada mal del sueño, afectan a 20 millones de personas y causan unas 50 mil muertes anuales), las compañías farmacéuticas no consideran viable realizar investigación para desarrollar tratamientos contra ellas, pues su comercialización no resulta redituable. Y los gobiernos y organismos internacionales no tienen los recursos necesarios para impulsar el desarrollo de tratamientos modernos y eficaces.

El tratamiento contra el mal de sueño, por ejemplo, hasta hace poco consistía en un fármaco, el melarsoprol, que contiene arsénico y mataba un 5% de los pacientes. En 1990 se desarrolló un fármaco menos dañino, la eflornitina, pero se ha dejado de fabricar por no ser buen negocio. Y en cuanto al benznidazol, tratamiento de elección para el mal de Chagas, la transnacional farmacéutica que lo fabricaba decidió dejar de hacerlo y, aunque donó la tecnología necesaria a una empresa brasileña, ésta no ha podido surtir la demanda de manera confiable.

Pero también los organismos unicelulares causantes de estas tres enfermedades, Leishmania (leishmaniasis), Trypanosoma cruzi (Chagas) y Trypanosoma brucei (mal del sueño), tienen mucho en común. Pertenecen a un grupo de protozoarios conocidos como “kinetoplástidos”, pues sus células presentan un organelo llamado cinetoplasto o kinetoplasto, formado por una gran masa de cromosomas circulares de ADN dentro de sus mitocondrias.

El cinetoplasto es una estructura fascinante: consiste en unas decenas de “maxicírculos” que contienen la información genética para producir las proteínas mitocondriales, y miles de “minicírculos” que sólo sirven para producir un tipo de moléculas de ácido ribonucleico (ARN guía) cuya única función conocida es permitir la que la información de los maxicírculos sea “editada” para que pueda ser posteriormente leída. Como los maxicírculos y minicírculos están concatenados entre sí, el proceso mediante el cual pueden copiarse antes de la división celular es increíblemente complejo.

Pero más allá de sus fascinantes características biológicas, los kinetoplástidos comparten una historia evolutiva común. Pensando darwinianamente, eso quiere decir que si se hallara una manera de combatir a uno de ellos, quizá se podría atacar a los tres.

Pues bien: eso es justamente lo que hizo un equipo internacional de investigadores de Estados Unidos, Escocia, Inglaterra y Singapur, financiados por la farmacéutica Novartis y encabezados por Frantisek Supek. Analizaron ¡tres millones! de compuestos químicos para ver si tenían actividad antiparasitaria contra Leishmania y las dos especies de tripanosoma, y lograron identificar una molécula candidata de la clase de los azabenzoxaxoles, a la que llamaron GNF5343.

Posteriormente diseñaron y fabricaron tres mil variantes de la molécula, buscando mejorar su actividad y propiedades farmacéuticas (minimizar sus efectos tóxicos, mejorar su biodisponibilidad). La molécula resultante, GNF6702, fue sometida a pruebas en ratones y se halló que ofrece una buena actividad contra los tres kinetoplástidos; en otras palabras, puede curar las tres enfermedades de un solo golpe. Se sabe también cómo ejerce su efecto: interfiriendo con la función del proteasoma de los parásitos, organelo celular que se ocupa de destruir las proteínas que ya no son necesarias; al mismo tiempo, no afecta a los proteasomas de las células humanas.

Se trata sólo de un primer paso: falta el largo camino de hacer pruebas clínicas en humanos para ver si el fármaco resulta igual de eficaz que en ratones y seguro para uso humano. El diario El País informa que, según cálculos del sector farmacéutico, sólo cinco de cada cinco mil potenciales medicamentos eficaces en ratones se llegan a probar en humanos, y de éstos sólo uno llega a las farmacias. Como se ve, es difícil enfrentar el costo de desarrollar nuevos medicamentos; normalmente sólo las grandes empresas pueden hacerlo.

El problema del desarrollo de fármacos contra las enfermedades olvidadas es complejo, tanto económica como éticamente. Según ciertas estimaciones, menos del 1.5% de los 150 mil ensayos clínicos que se estaban llevando a cabo en el mundo en 2011 se ocupaban de ellas. No resultan un negocio para las farmacéuticas, y las fundaciones privadas y las instituciones públicas no cuentan con los recursos suficientes para financiar proyectos de investigación de la envergadura requerida, por lo que es raro que lleguen a desarrollar fármacos de uso clínico.

Por todo ello, lo logrado por Novartis (con apoyo de la Fundación Wellcome y los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos) resulta esperanzador, aunque sea sólo una gota de agua en un océano de problemas. Habrá que ver si se consigue transformar a GNF6702 en un tratamiento que pueda realmente ayudar a los miles de pacientes infectados por estos tres asesinos de la pobreza.

Copyright del artículo © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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