El científico y el hombre araña

El científico y el hombre araña Spider-Man es fruto de la imaginación del guionista Stan Lee y del dibujante Steve Ditko. Su primera aventura se publicó en "Amazing Fantasy" nº 15 (agosto de 1962) © Alex Ross, Marvel Comics.

Una cosa es construir un relato ficticio en el que se explican los poderes de un superhéroe mencionando vagamente alguna justificación científica, y otra es seguir los cánones de la verdadera ciencia ficción. Éstos exigen que toda afirmación que se hace esté basada, así sea en forma superficial, con el conocimiento científico real que se tiene en el momento de escribir el relato. Dicho de otro modo, la ciencia ficción trata de tener el menor porcentaje posible de ficción y el mayor de ciencia, a diferencia de productos como La guerra de las galaxias o El hombre araña.

Veamos la ciencia que está presente en el mito del popular arácnido. En primer lugar está el origen de sus poderes: en el cómic original se debían a la picadura de una araña “radiactiva”. ¿Qué significaba esto? Realmente nada: en las primeras décadas de la guerra fría, la imagen popular de la energía nuclear era simplemente que se trataba de algo muy poderoso e imprevisible. Bastaba con que algo fuera “radiactivo” para que, en el imaginario colectivo, fuera capaz de causar cualquier efecto extraño. De ahí que una gran cantidad de superhéroes de la compañía Marcel adquirieran sus poderes debido a la radiación. (Además del telarañudo, están Los Cuatro Fantásticos, que recibieron un baño de rayos cósmicos al aventurarse fuera de la atmósfera terrestre, o el grandullón Hulk, afectado por una sobredosis de rayos gamma. En cambio, los superhéroes de la compañía rival, la DC Comics, eran sobrehumanos por provenir de otro planeta, como Supermán, o por una conjugación de factores como ingerir alguna sustancia extraña y ser golpeados por un rayo, como Flash.)

Sin embargo, parece que el nivel de conocimiento científico que tiene el público general se ha incrementado, por lo que la simple explicación del piquete radiactivo parece hoy demasiado ingenua. De modo que, en Spider-Man (2002), de Sam Raimi, el Hombre Araña era picado no por un bicho nuclear, sino (¿cómo iba a ser de otro modo?) por una araña transgénica. Desgraciadamente, ahí terminaban los intentos de credibilidad, pues a continuación se mostraban imágenes del ADN arácnido mezclándose con el humano de Peter Parker (ojalá las cosas fueran tan fáciles: ¡bastaría con inyectar el ADN adecuado para volver a la gente, por ejemplo, inmune a cualquier enfermedad que se deseara!). Y, a diferencia del cómic, en que la telaraña que constituye la principal arma del superhéroe es un producto químico fabricado por el joven genio Parker y lanzado mediante unos dispositivos ajustados a sus muñecas, en las cintas se supone que es el propio cuerpo de Parker el que fabrica las telarañas y las lanza, lo cual resulta, por decir lo menos, muy poco verosímil. Aunque no tanto como creer que unos pequeños ganchos pueden emerger de su piel y ayudarlo a adherirse a las paredes.

Pero en fin, no es cosa de arruinarse la diversión: basta con asumir que, como en todos los relatos de superhéroes, más que de ciencia ficción se trata de simple fantasía que se trata de justificar muy superficialmente recurriendo a algún concepto científico nebulosamente definido y menos comprendido.

Es también digno de mención el origen del doctor Octopus, uno de los archienemigos del Araña, y que en la cinta de Raimi adquiere cierta profundidad psicológica que nunca tuvo en los cómics. En Spider-Man 2 (2004), Otto Octavius no quedaba unido a sus cuatro brazos mecánicos debido a una explosión incontrolada (y, claro, nuclear), sino que la simbiosis que lo convierte en un cyborg ha sido cuidadosamente planeada, y lo único que hace el accidente es arruinar el mecanismo de seguridad que impide que la inteligencia artificial de los brazos, conectada a su sistema nervioso, interfiera con él y se “apodere” de su voluntad. Se trata, al menos, de una explicación más plausible y que da para varias reflexiones.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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