Desinformación y credulidad

Desinformación y credulidad Imagen superior: Lwp Kommunikáció, CC

Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre cómo trabaja la medicina moderna sabe que, a pesar de su popularidad, la homeopatía no sirve: pese a los innumerables informes anecdóticos sobre su utilidad (“dirán misa, pero a mí me funcionó”) todos los ensayos clínicos controlados que se han hecho para evaluar su utilidad terapéutica revelan que no es más efectiva que un placebo (es decir, es totalmente inútil). 

Un reporte, difundido en abril de 2016 por el Consejo Nacional de Investigación Médica y en Salud australiano, muestra que, de 68 padecimientos que la homeopatía afirma curar, sólo es eficaz en… ninguno.

Y cualquiera que entienda química elemental sabe que, además, la homeopatía no puede funcionar, pues se basa en dos premisas que contradicen por completo todo lo que sabemos respecto a farmacología: una sustancia que cause un síntoma no tiene por qué, administrada en dilución, curar tal síntoma. Y el efecto de una sustancia no aumenta, sino que disminuye, al diluirla (de hecho, las diluciones homeopáticas llegan a ser tales que no queda ninguna molécula de la sustancia original en la dilución).

Sin embargo no sólo la homeopatía, sino todas las llamadas “medicinas alternativas” –acupuntura, reiki, aromaterapia, cristaloterapia, magnetoterapia, orinoterapia, iridología, reflexiología, medicina ayurvédica y “cuántica”, y una larguísima lista– tienen cada vez más seguidores. Y dichos seguidores no sólo aseguran, contra toda la evidencia científica, que las terapias alternativas de su elección son eficaces, sino que además están convencidos que la medicina “estándar” o formal –la científica, o basada en evidencia, producto de la aplicación del método científico– es “dañina”: que empeora las enfermedades o que incluso las causa (un ejemplo especialmente alarmante es la actual corriente que afirma que las vacunas producen autismo u otras enfermedades, y que ha provocado el surgimiento en varios países de brotes epidémicos de enfermedades que ya estaban controladas).

¿Por qué se esparcen tanto ideas falsas y dañinas como éstas entre tanta gente? ¿Por qué son tan exitosas que se vuelven virales? En una entrevista publicada el 14 de enero de 2016 en la página del Foro Económico Mundial, el especialista en redes sociales Walter Quattrociocchi, del Centro de Altos Estudios IMT Lucca, en Italia, explica que en parte el fenómeno se debe a la existencia misma de las redes, que potencian nuestras capacidad de diseminar información. Pero también debido a dos características del intelecto humano. Una, el sesgo de confirmación (que nos hace prestar atención a la información a la que estamos predispuestos, ignorando la que contradice nuestras expectativas: cuando compramos un auto rojo, vemos autos rojos por todos lados, pero no nos fijamos en los de otros colores). Y dos, nuestra tendencia a buscar lo que los expertos llaman “cierre cognitivo”: queremos que las historias tengan un final, una conclusión clara.

Cuando la respuesta a un problema es “no se sabe” o “depende”, quedamos insatisfechos. Nuestro cerebro evolucionó para entender, necesita entender, y no soporta quedarse con la duda. Lo malo es que las ciencia no siempre ofrece eso, y eso facilita que las explicaciones que ofrecen los promotores de las seudomedicinas “alternativas”, que suelen ser claras y fáciles de entender, y suenan lógicas –aunque sean científicamente inexactas o de plano falsas– sean aceptadas y se difundan.

Además, explica Quattrociocchi, las redes sociales refuerzan nuestra tendencia a adoptar las creencias de nuestros amigos, y han fomentado la aparición de “cámaras de eco”: grupos donde todo mundo está de acuerdo y sólo se comparte información que refuerza lo que todo mundo ya creía de antemano, rechazando todo lo que lo contradiga. De ahí la proliferación de grupos de Facebook que promueven teorías de conspiración, por ejemplo.

Los estudios de Quattrociocchi y otros expertos muestran también que estas creencias frecuentemente van en contra de lo establecido, y se benefician del extendido rechazo a la autoridad que hay en las sociedades actuales y de la gran efectividad de propagación viral que tiene el uso del humor sarcástico –como los memes de internet– para ridiculizar las ideas con las que uno está en desacuerdo.

Lo peor es que, como Quattrociocchi y otros estudiosos han mostrado, simplemente propagar información correcta y refutar las creencias falsas de estos grupos no sólo no funciona, sino que tiende a hacer que se refuercen. Aun así, no queda más que seguir combatiendo la desinformación y educando para promover el pensamiento crítico. Google y Facebook están ya buscando maneras de mejorar y verificar la confiabilidad de la información que ahí se publica.

En cuanto a la creencia en medicinas alternativas inútiles: si realmente fueran efectivas, ¿no hubieran sido ya adoptadas y aprovechadas por empresas farmacéuticas, asociaciones médicas y sistemas nacionales de salud? Como dice la famosa frase del comediante y músico australiano Tim Minchin: “la medicina alternativa que demuestra ser efectiva se conoce como… medicina”.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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