Delfines eléctricos

Delfines eléctricos Las criptas vibrisales del delfín costero ("Electroreception in the Guiana dolphin (Sotalia guianensis)", Nicole U. Czech-Damal, Alexander Liebschner et al., "Proceedings of the Royal Society", 27 de julio de 2011)

La evolución produce adaptación. Es por ello por lo que muchas de las características de los seres vivos parecen haber sido diseñadas por una inteligencia superior. Pero en realidad son producto de un proceso ciego de prueba y error –la selección natural–, que no sólo produce nuevos intentos azarosos de mejorar lo existente, sino que muchas veces toma las piezas disponibles para crear órganos novedosos.

El famoso biólogo evolutivo Stephen Jay Gould postuló un nuevo término, exaptación, para nombrar a los caracteres moldeados por la selección natural para una función específica que luego son aprovechados para un nuevo uso (aunque luego el filósofo evolucionista Daniel Dennett mostró, en su libro La peligrosa idea de Darwin, que, en realidad, las exaptaciones son simplemente adaptaciones, pues la evolución siempre genera sus novedades a partir de lo existente). 

Algunos de los ejemplos más conocidos de exaptaciones son las plumas de las aves, que originalmente servían para conservar calor y luego fueron utilizadas para el vuelo, y la vejiga natatoria de los peces, que se deriva de los pulmones de sus ancestros y hoy les sirve para controlar la flotación. Una nueva exaptación fue mencionada recientemente el bloguero de ciencia Ed Yong, en su extraordinario blog Not exactly rocket science: el descubrimiento de que el delfín costero Sotalia guianensis tiene la capacidad de detectar campos eléctricos para buscar a los peces de los que se alimenta. 

Hay muchos animales –tiburones y rayas, anguilas e incluso monotremas como el ornitorrinco y el equidna– que poseen un “sentido eléctrico” –la electrorrecepción– para buscar a sus presas. Pero hasta ahora no se sabía de otro mamífero (sí, los delfines amamantan a sus crías), aparte de los monotremas, que lo tuvieran.

Lo que muchos mamíferos sí tienen son bigotes (técnicamente llamados vibrisas) que les sirven a gatos, perros, roedores e incluso focas como mecanosensores, detectores táctiles para guiar sus movimientos y evitar colisiones. Los delfines no tienen bigotes, pero en el lugar donde éstos irían poseen unos pequeños poros llamados “criptas vibrisales”, que se consideraban vestigios evolutivos sin función. 

Pues bien: al investigador Guido Dehnhardt, de la Universidad de Bonn, Alemania, lo intrigaron estas estructuras, y decidió investigarlas usando una cámara infrarroja. Descubrió, en 2000, que las criptas tenían una temperatura muy superior a la de la piel del delfín, lo que indicaba que tenía un rico flujo sanguíneo. Esto no tendría sentido evolutivo a menos que tuvieran alguna función útil (pues los delfines tienen que conservar el calor). Dehnhardt propuso tentativamente que quizá las criptas servían como mecanosensores que podrían detectar cambios de presión en el agua, para ayudarlos a cazar peces. 

Pero en otra investigación publicada en la revista Proceedings of the Royal Society, los investigadores Nicole Czech–Damal, de la Universidad de Hamburgo, y sus colegas, comprobaron que en realidad las criptas vibrisales del delfín costero –no se sabe si también en otras especies de delfín– son electrorreceptores que detectan campos eléctricos débiles (hasta 4.6 microvolts por centímetro cuadrado, más sensibles que lo que puede detectar un ornitorrinco, pero un millón de veces menos que los de un tiburón). 

¿Cómo lo comprobaron? Una disección de un delfín muerto –por causas naturales– del acuario de la ciudad de Münster, en Alemania, les confirmó que las criptas tenían conexión con el nervio trigémino, que normalmente lleva información de los órganos de los sentidos al cerebro. Luego entrenaron a otro delfín –llamado Paco– para meter su hocico en un aro, pero retirarlo si detectaba un campo eléctrico. Si cubría el hocico con un caparazón plástico, Paco perdía su sentido eléctrico, pero si el caparazón tenía hoyos que permitieran la entrada de agua salada, lo recuperaba. 

Mediante esta ingeniosa técnica, Czech–Damal y sus colegas han mostrado, nuevamente, que lo que a primera vista parece un “desecho” evolutivo puede ser en realidad un nuevo órgano producido por la selección natural para dotar a sus poseedores de ventajas adaptativas en la continua lucha por la supervivencia. La historia de la ciencia revela como la curiosidad, combinada con la experimentación sistemática, puede llevar a los descubrimientos más inesperados… y sorprendentes.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

 Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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