Cómo buscar extraterrestres

Cómo buscar extraterrestres "Xenobiology" © Alex Ries

Una de las desventajas de la ciencia es que, en muchas ocasiones, no puede asegurar nada con un cien por ciento de certeza. Tomemos, por ejemplo, esos frecuentes debates televisivos en los que algún locutor o locutora siente de un lado a una serie de científicos "serios": astrónomos, biólogos y demás. Del lado opuesto se hallan "expertos" en ovnis, extraterrestres y complots de los gobiernos por ocultar la evidencia de los mismos.

¿Qué es lo que normalmente sucede? Que los científicos hacen el ridículo, con sus afirmaciones llenas de expresiones como "tal vez", "probablemente", "no se sabe aún", "no es posible asegurarlo", "hasta donde sabemos", etcétera.

En cambio, los "ovniólogos" (y aquí no puedo dejar de visualizar, no sin cierto estremecimiento, los ojos húmedos y enrojecidos de Jaime Maussan) cuentan con el aplomo que sólo puede tener quien ha construido alrededor de su intelecto una coraza tan gruesa que ni la duda ni las razones en contra pueden penetrar.

Afirman tajantemente que las constantes visitas de extraterrestres a nuestro planeta están "científicamente comprobadas". Cualquier evidencia en contra es rechazada con argumentos ad hoc: sacados de la manga especialmente para el caso. En caso de que no haya suficiente información para comprobar alguna de sus afirmaciones, alegan que las pruebas han sido ocultadas por gobiernos que no desean que el público se entere de los tratos que tienen con los extraterrestres.

El problema, claro, es que los científicos se empeñan en respetar la verdad: aun cuando la fiabilidad de un dato sea aceptada por prácticamente toda la comunidad científica, rara vez pueden afirmar que "está absolutamente comprobado".

En 1998 salieron a la luz los resultados de un largo debate en el que los creyentes en la existencia de extraterrestres tuvieron que defender su posición ante los cuestionamientos de científicos escépticos. Sólo que esta vez los miembros de ambos bandos eran científicos serios, y los extraterrestres cuya existencia se ponía en duda eran –supuestamente– antiguas bacterias marcianas.

El origen del debate fue una roca hallada en la Antártida, con una antigüedad de 4,500 millones de años. Dicha roca, aparentemente, fue despedida desde la superficie de Marte debido al choque de un meteorito, y vino a caer en nuestro planeta hace 13 mil años. La roca fue descubierta en 1984 y, posteriormente, se hallaron en ella vestigios que parecían indicar la presencia –hace miles de años– de vida microscópica en el planeta rojo.

¿Cuáles eran las evidencias? Básicamente, la presencia de minerales de carbonato, del tipo que es común hallar en sitios donde hay o hubo vida; unos microscópicos granos de magnetita, mineral que se encuentra en algunas bacterias terrestres; ciertas moléculas orgánicas –conocidas como hidrocarburos aromáticos policíclicos– que frecuentemente se forman a partir de restos de materia viva y, finalmente, unos supuestos microfósiles de bacterias: estructuras microscópicas con forma de twinky wonder que son notablemente semejantes a las modernas bacterias terrestres.

Desgraciadamente, ninguna de estas evidencias es definitiva. A pesar de lo que decía el detective Auguste Dupin, antecesor de Sherlock Holmes creado por Edgar Allan Poe, no siempre la acumulación de suficiente evidencia circunstancial basta para comprobar la veracidad de una hipótesis.

Resulta que el carbonato se deposita no sólo en donde haya vida, sino en cualquier lugar que presente, por ejemplo, las condiciones de acidez suficientes para provocar la precipitación. Lo mismo puede decirse de las demás evidencias: la magnetita tampoco se forma sólo como resultado de la acción de seres vivos, y los cristales hallados en la roca marciana –conocida como ALH84001–, a diferencia de los que contienen las bacterias terrestres, presentan imperfecciones. Los hidrocarburos policíclicos también pueden hallarse en meteoritos y, por tanto, pueden formarse por procesos inorgánicos. Y los supuestos microfósiles, además de ser mucho más pequeños que las bacterias terrestres, pueden también muy bien ser simples depósitos minerales.

Independientemente de esto, las búsqueda de vida en Marte –y en otros mundos– continuó, y recibió impulso gracias al prematuro anuncio de las "pruebas de vida en Marte", hecho por el geoquímico David S. McKay en 1996. Aunque muchos han criticado la prisa con que McKay dio a conocer sus "hallazgos", comparándolo incluso con el chasco-fraude científico de la fusión fría, lo cierto es que la posibilidad de vida, aunque fuera microscópica y extinta, en el vecino planeta dio un impulso muy necesario al interés de la NASA en la exploración espacial.

Sin embargo, también hay un lado negativo: muchos investigadores de la vida extraterrestre comenzaron a hacer suposiciones poco sólidas sobre la gran posibilidad de hallar vida en otros mundos sólo porque hay condiciones similares a algunos medios terrestres en los que existen seres vivos.

Al final, la afirmación de David McKay sobre la evidencia de bacterias fósiles en el meteorito ALH84001 resultó no tener mayor fundamento (se trataba de formaciones microscópicas con forma de bacterias, pero 100 veces más pequeñas que las bacterias terrestres. Mucho más probablemente eran sólo formaciones minerales).

La navaja de Occam

En la discusión sobre las supuestas pruebas de vida marciana, la balanza se inclina a favor de la posición parsimoniosa de esperar a tener pruebas más concluyentes antes de decretar que hay (o hubo) vida en otro planeta.

Aunque a todos nos puede decepcionar un poco esta actitud, es la más congruente con la actitud científica. (Digo "actitud científica" y no "método científico" porque éste último es una abstracción inexistente: la receta de cocina de "observación, hipótesis, experimentación, comprobación, teoría, ley..." no sólo es tonta sino falsa. Ningún científico trabaja así. Pero eso es tema para otra ocasión.)

En general, cuando los científicos no pueden recurrir a pruebas o experimentos, suelen sujetarse al dictado de un antiguo filósofo y monje franciscano inglés, que vivió de alrededor de 1285 a 1350: Guillermo de Occam, el famoso maestro del protagonista de la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa. El principio filosófico por el que más se le recuerda, la llamada "navaja de Occam" o ley de parsimonia, aconseja que, en igualdad de circunstancias, debe elegirse la explicación más sencilla para un fenómeno, o como lo expresó el mismo Occam, "no se deben multiplicar innecesariamente los entes (explicaciones)".

Puede parecer poca cosa, pero la vieja navaja de Occam no parece perder su filo con el tiempo. Es ella la que muchas veces nos permite rasurar las molestas pelusas de la pseudociencia y las hipótesis inútiles ahí donde los razonamientos y las "pruebas" se estrellan con la imposibilidad de comparar concepciones distintas de la realidad (la famosa "inconmensurabilidad de los paradigmas" de la que hablaba el filósofo Thomas Kuhn).

Volviendo, pues, a los microbios marcianos, tras su hallazgo resultaba más sencillo suponer que los minerales de carbonato, las partículas de magnetita y los hidrocarburos policíclicos presentes en la piedra marciana, al igual que las estructuras microscópicas en forma de bacteria, fueron producidas por procesos geológicos y químicos, y no por supuestos seres vivos.

¿Qué nos hacía pensar en aquel momento que esta explicación fuera "más sencilla" que la de simplemente aceptar que pudo haber bacterias vivas en Marte hace 4,500 millones de años? Varias razones: en primer lugar, no tenemos otras pruebas que indiquen la presencia de vida en ese planeta. En segundo, aunque existen bacterias terrestres que podrían sobrevivir y quizá hasta proliferar en un ambiente como el marciano, esto no quiere decir que haya habido ahí condiciones propicias para la aparición de la vida.

Esta es una falacia a la que parecen ser propensos los astrónomos: encuentran un ambiente en el que tal vez haya agua líquida (como en Europa, el satélite de Júpiter) o algunas otras condiciones en las que algunas bacterias terrestres podrían sobrevivir, y declaran el lugar como "candidato para albergar vida".

Yo tiendo a pensar que, aunque los astrónomos sí saben que la vida no surge así como así en cualquier lado (aunque hay quien sostiene que el cosmos está lleno de meteoritos que "siembran" vida por todos lados), suelen incorporar especulaciones como ésta a sus proyectos de investigación por la sencilla razón de que, como el tema está de moda, así recibirán más apoyo. Hoy en día, cualquier investigación astronómica que huela a vida resulta atractiva.

¿Habrá alguna forma de distinguir, en forma rápida y sencilla, la presencia de vida en otros mundos? El biólogo molecular francés Jacques Monod se hizo la misma pregunta en los años sesenta. Concluyó que es casi imposible distinguir la vida por muchas de las características que comúnmente asociamos con ella: existen entidades no vivas que se "reproducen" y crecen (como los cristales, o los robots); otras que realizan un "metabolismo" para obtener energía para realizar sus funciones (como las máquinas), otras que presentan respuestas a los estímulos de su ambiente... en fin, luego de considerar varias posibilidades Monod llegó a la conclusión de que la única característica realmente única de la vida era lo que él llamó "teleonomía": la cualidad de estar aparentemente diseñadas para un propósito en especial. Así, un ojo parece estar "diseñado" para ver; una mitocondria, para oxidar moléculas de alimento y aprovechar la energía liberada, etcétera.

La solución de Monod, sin embargo, no resulta totalmente satisfactoria, y ciertamente sería difícil utilizarla para detectar vida en otros planetas. En la próxima ocasión hablaremos de otra propuesta más prometedora para distinguir un planeta habitado de otro desierto.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

Social Profiles

logonegrolibros

  • Tormenta de ideas
    Escrito por
    Tormenta de ideas En este tercer programa de Una cita con las musas, en “Madrid con los cincos sentidos” (Radio M21), José Luis Casado y yo hablamos del método creativo más célebre que existe, el brainstorming o Tormenta…
  • Mundo metro
    Escrito por
    Mundo metro Viajando sin horarios y sin metas, el metro es un buen observatorio de la vida social (¿habrá otra?). Se trata de una suerte de cápsula –el andén con sus túneles, escaleras y pasadizos–, a la…
  • El problema con la ciencia
    El problema con la ciencia Hace unos días compré, por 25 pesos, un billete de la Lotería Nacional con el que, si le pego al número premiado, podría ganar unos 300 mil pesos. Lo compré no por hábito, sino porque…

Trestesauros500

logonegrociencia

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

  • Bonne de Luxemburgo y el origen del mundo
    Escrito por
    Bonne de Luxemburgo y el origen del mundo Bonne de Luxemburgo (1315-1349), Duquesa de Normandía, fue esposa de Juan II de Francia y madre de sus nueve hijos, hombres y mujeres que regirían los destinos de la Borgoña francesa durante todo el siglo…

Cartelera

Cine clásico

logonegrofuturo2

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

logonegrolibros

bae22, CC

logonegromusica

Namlai000, CC

  • Werther cambia de voz
    Escrito por
    Werther cambia de voz Werther, originariamente escrito para tenor (lo estrenó en Viena y en alemán un wagneriano, el belga Ernest van Dyck, en 1892), fue adaptado por el propio Massenet para el célebre barítono Mattia Battistini. Pese a…

logonegroecologia

Mathias Appel, CC

  • El misterio del cebro
    Escrito por
    El misterio del cebro Siete siglos antes de que los europeos descubrieran a las cebras africanas, cebra y cebro eran términos que ya se empleaban para denominar a un enigmático équido ampliamente expandido por la península ibérica durante la…