¡Ciencia y ficción!

Tradicionalmente, el género de ciencia ficción se define por contener elementos científicos más o menos rigurosamente tratados, que mezcla con elementos ficticios para explorar las posibilidades narrativas de dicha combinación.

De este modo, lo normal es que sea la ciencia la que contribuye con ideas y conceptos que los escritores y cineastas de ciencia ficción retoman para crear sus obras (estoy hablando de ciencia ficción “dura”; dejemos de lado la llamada “blanda” o “fantasía científica”, tipo Guerra de las galaxias, en la que lo que se retoma son sólo los nombres de algunos conceptos científicos, palabras sueltas que no tienen mayor relación con su significado en ciencia legítima y que sólo sirven para darle un vago sabor “científico” a las historias).

Aun así, ya desde relatos antiguos como la Historia verdadera, del sirio Luciano de Samosata, en el siglo II, que exploraba las posibilidades del viaje espacial, pasando por Cyrano de Bergerac y su obra satírica El otro mundo o Los estados e imperios de la Luna, del siglo XVII (más dedicada a criticar a la sociedad humana que a la astronomía), hasta las famosísimas y disfrutables novelas de Julio Verne y de H. G. Wells, los escritores han usado la ficción para imaginar cómo aplicar el conocimiento científico y los desarrollos de la tecnología, y explorar sus límites y posibles consecuencias. Tendencia que se incrementó mucho con la ciencia ficción del siglo XX, con maestros como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Ray BradburyStanislaw Lem y tantos otros.

En todos estos casos, la ficción ayudaba de alguna manera a “simular”, así fuera informalmente (pero con inteligencia y extrapolando a partir de información fidedigna), los efectos que la ciencia y la tecnología podían tener en la sociedad y el ambiente. Incluso, en ocasiones muy concretas, algunos autores de ciencia ficción llegaron a hacer verdaderas contribuciones científico-tecnológicas, como Arthur C. Clarke, quien desarrolló el concepto original de los satélites geoestacionarios que hoy hacen posibles las telecomunicaciones globales.
Pero Interstellar (2015) ofrece algo nuevo. Como en la trama de la película aparece de manera muy importante un agujero negro, su director, Christopher Nolan, decidió contactar a un experto, el físico teórico Kip Thorne, y pedirle que le ayudara a crear una representación visual científicamente exacta de este objeto.

Los agujeros negros están entre los más intrigantes objetos estelares. Se forman por el colapso de estrellas supermasivas, cuando las reacciones nucleares en su interior son incapaces de contrarrestar la atracción gravitacional de su propia enorme masa, y comienzan a “derrumbarse hacia dentro”, contrayéndose y aumentando así su densidad y por tanto su fuerza de gravedad, hasta que distorsionan a tal grado el espacio a su alrededor que ni siquiera la luz puede escapar de ellos.

Suelen presentar un disco de acreción, en el que la materia que está girando a su alrededor, a punto de ser absorbida como en un remolino, se calienta y emite radiación visible. Ante la solicitud de Nolan, Thorne comenzó a trabajar con un equipo de colaboradores para desarrollar las ecuaciones, basadas en la relatividad einsteniana, que le permitirían los realizadores gráficos de Nolan generar representaciones gráficas en sus computadoras que reprodujeran de manera realista y rigurosa el comportamiento de la luz alrededor del agujero negro (es decir, cómo se “ve” realmente uno).
El resultado de este trabajo, luego de páginas y páginas de ecuaciones y de un año de trabajo de 30 personas y muchísimas computadoras procesando 800 terabytes de datos para producir las imágenes, es fascinante. Se trata de la más precisa simulación existente del aspecto visual de un agujero negro, visto desde lejos. Y fue una sorpresa, porque gracias al efecto de lente que, debido a la tremenda fuerza gravitacional, distorsiona el espacio y por tanto la ruta que siguen los rayos de luz, el brillante disco de acreción no sólo rodea al agujero negro como los anillos de Saturno, sino que pasa por delante de él y se curva caprichosamente.
No es una representación artística: “son nuestros datos observacionales. Así es como se comporta la naturaleza. Punto”, dice Thorne. Y añade que podrá publicar al menos dos artículos científicos a partir de este trabajo.
El arte imita a la ciencia. Pero ahora, también contribuye a ella.

Interstellar es absorbente, inteligente, provocativa, asombrosa, emocionante. Me hace recordar otras grandes cintas como, por supuesto, 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick (a la que hay varios guiños), Contacto, basada en la novela de Carl Sagan, y otras.

Y sin embargo, hay grandes discrepancias en las opiniones tanto de amigos como de críticos respecto a la película. Hay fundamentalmente tres grupos: aquellos que no saben mucho de ciencia ni son fans de la ciencia ficción, y que hallaron la cinta larga (casi tres horas), tediosa y sin sentido. Otros, como yo, que hallamos muchos motivos de gozo y maravilla en ella. Y finalmente, los que la consideran una pésima, malísima película (entre ellos Phil Plait –autor del popular blog Bad astronomy– en la revista web Slate, y Annalee Newitz, en io9.com). Me interesa comentar algunos de sus argumentos.

La ciencia ficción, como se sabe, mezcla conocimiento científico válido con una narrativa ficticia. La hay muy rigurosa, que presenta ciencia muy precisa, y otra que se toma libertades enormes, al grado de ser casi fantasía. Pero no hay ciencia ficción que no simplifique, distorsione o manipule la ciencia.

Varios de los quejosos reclaman la presencia de numerosos errores e inexactitudes científicas en Interestelar. Quizá el más mencionado es la presencia de un planeta que gira alrededor de un inmenso hoyo negro; planeta al que descienden los protagonistas y en el que, se nos explica, “cada hora equivale a siete años en la Tierra”. Plait y otros afirmaron en sus reseñas que tal cosa era imposible, pues para que hubiera una distorsión del espaciotiempo que causara tal retraso se necesitaría que el planeta estuviera tan cerca del hoyo negro que resultaría despedazado por las fuerzas de marea. Sin embargo, posteriormente Plait tuvo que publicar una retractación, pues no tomó en cuenta que, como se explica en la película, el hoyo negro no es estático, sino que gira rápidamente, lo cual cambia la física del sistema y podría permitir la existencia del planeta.

Se ha criticado también la presencia de otro planeta cubierto de agua que presenta olas descomunales. En realidad, un planeta así cerca de un hoyo negro habría dejado de tener rotación y la marea en él sería estacionaria: no habría olas. Otras críticas retoman errores tan graves o tan nimios como que el disco de acreción alrededor del hoyo negro debería ser tan caliente (millones de grados) que vaporizaría todo lo que entra en él; que al caer en el hoyo el protagonista debería estirarse como un espagueti, o que el viaje a Saturno en dos años es demasiado corto.

Por otro lado, hay también duras críticas a la idea, presentada como una de las claves de la cinta, de que el amor es una especie de “fuerza” que puede trascender al tiempo y el espacio. Lo cual es, por supuesto, sólo una tontería (“confunde la física con la metafísica”, “borra la línea entre ciencia y espiritualidad”, acusa Newitz).

¿Son justas estas críticas? Sí y no. Sí, si se esperaba que la cinta presentara ciencia con un alto nivel de fidelidad. No, si se acepta que se trata de una ficción, que no funcionaría sin ciertas pequeñas o grandes concesiones. En mi opinión, Plait y los que opinan como él yerran al exigir demasiada precisión científica en una cinta de ficción (no olvidemos que, para ser eficaz, la ficción requiere de una “suspensión de la incredulidad” por parte del espectador). Newitz se queja de que los ciudadanos necesitan saber más ciencia, para defenderla ante ataques de seudocientíficos y de políticos que recortan sus presupuestos, y que Interestelar desinforma y confunde a la gente. En una reseña un poco más amable, el astrofísico Roberto Trotta comenta que “esperaba más ciencia, y menos ciencia ficción”. Pero ¡se trata de ficción, no de un documental de ciencia!

Cierto, los reseñistas también comentan los aciertos de la cinta: la representación del hoyo negro y del agujero de gusano, ambas excelentes; las perspectivas desde la nave, el creíble escenario de la Tierra asolada por el cambio climático, la representación del teseracto en que el tiempo aparece como una dimensión del espacio, y otros. Yo en lo particular disfruté las propuestas de robots distintos a lo acostumbrado, y sin embargo plausibles y originales. Ver los efectos de la dilatación del tiempo de manera tan impactante. Compartir la angustia de los científicos, impotentes para hallar soluciones fáciles y enfrentados a conflictos éticos.

Pero sobre todo, y al contrario de Phil Plait, quien se enfocó, además de los errores científicos, en que los diálogos son tediosos y “la historia está mal contada”, yo me maravillé ante una cinta que despliega la magnífica imagen de la naturaleza que nos ofrece la ciencia, que nos pide no olvidar que si la humanidad tiene alguna esperanza de sobrevivir es sólo si sale de su nido terrestre, y que explora las complejidades de los sentimientos y comportamientos humanos en situaciones extremas.

Como paradójicamente dice Plait, “La ciencia sin una buena historia es un artículo de enciclopedia. Una buena historia con mala ciencia es… una buena historia”.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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