¿Agua alcalina?

¿Agua alcalina? Imagen superior: Aqua Mechanical, CC

Siempre será un misterio para mí la razón de que mucha gente confíe, de manera tan plena y con tanta facilidad, en cualquier tipo de remedio milagro que les ofrezca el primer estafador que aparezca, ya sea en anuncios en revistas, radio o televisión. Cristales, perfumes, imanes, pulseras, pastillas, cápsulas de “ajo negro estrella” o de ajonjolí… la lista puede ser infinita y cambia con las modas.

A diferencia de los amuletos religiosos o místicos, todos estos supuestos tratamientos comparten, además de ser totalmente inútiles, el estar respaldados por un discurso que apela a la ciencia: se dice que están “científicamente comprobados” por “investigadores” de famosas instituciones, y se ofrecen explicaciones que son vagamente racionales e incluyen términos que suenan “científicos”, aunque en realidad sean sólo palabrería sin mucho sentido.

Últimamente se ha puesto de moda la llamada “agua alcalina”, que se puede comprar embotellada, producir con aparatos que se venden para ello, o incluso elaborar de forma casera.

¿Por qué “alcalina”? Como usted recordará de sus clases de química en secundaria, el agua está hecha de moléculas de H2O. Éstas constantemente se ionizan, separándose en iones OH–, con carga negativa, y iones H+, con carga positiva. La acidez o alcalinidad de una solución acuosa se mide respecto a la cantidad de iones H+ presentes en ella, y se expresa mediante un número llamado pH (de “potencial de hidrógeno), que va del 1 –lo más ácido– al 14 –lo más alcalino. (Técnicamente, el pH se define como “el negativo del logaritmo base 10 de la actividad –otro concepto técnico– del ion hidrógeno en una solución”. Pero no nos metamos en honduras).

Una solución acuosa, dependiendo de los iones que contenga, además de H+ y OH–, puede ser alcalina, ácida o neutra. El “agua alcalina” contiene sales que la hacen tener un pH ligeramente por encima de 7, que es el del agua pura.

Pues bien: los charlatanes insisten en que la acidez es un gran peligro para la salud, mientras que un pH alcalino en el cuerpo la promueve. Entre otras cosas, afirman que el agua alcalina combate el envejecimiento. En su blog dedicado a combatir la charlatanería, el Papá escéptico cita la página seudomédica Agua y aire, donde se afirma: “A medida que el cuerpo envejece estos elementos alcalinos disminuyen en el organismo creando un estado de acidez. Esto es un hecho natural pues el organismo acumula más deshechos ácidos. Hay una estrecha relación entre el proceso de acumulación de deshechos ácidos y el del envejecimiento”. Todo ello, por supuesto, carece de toda base. Pero los charlatanes no se inmutan: llegan a decir que el agua alcalina incluso puede curar o prevenir el cáncer: el sitio La vida lúcida, por ejemplo, afirma que “las células de cáncer no pueden vivir en el agua alcalina” (aunque no revela de dónde sacó tan infundado dato).

A pesar de todo, podría sonar lógico, si uno no tiene mucha información (o no se molesta en buscarla). Deja de parecerlo si se conocen algunos datos sobre la fisiología del cuerpo humano. Por ejemplo, que todo lo que ingerimos pasa al estómago, donde hay jugos gástricos compuestos principalmente por ácido clorhídrico y que tienen un pH extremadamente ácido, de entre 1.5 y 3.5 (pero no se preocupe: el interior del estómago está protegido por una capa de moco, y al salir del estómago y entrar al duodeno, la primera parte del intestino delgado, el ácido es neutralizado mediante la secreción de bicarbonato). En cambio, el pH de nuestra sangre no puede variar de un estrecho margen de entre 7.35 a 7.45. Por debajo de éste, se presenta la acidosis, que causa fatiga, confusión, temblores, dolor de cabeza y puede llevar al coma. Y si el pH sanguíneo sube de 7.45, se presenta la alcalosis, que ocasiona debilidad y dolor muscular, calambres y espasmos, y puede llevar a la parálisis y la muerte.

Afortunadamente, nuestro cuerpo cuenta con mecanismos regulatorios extremadamente delicados y precisos que mantienen el pH dentro de estos límites, sin importar lo que uno consuma (mientras no haya excesos peligrosos). El principal mecanismo de regulación involucra a los pulmones: cuando hay demasiada alcalinidad, respiramos más lentamente, lo que aumenta la cantidad de CO2 en nuestra sangre. Como el CO2 se combina con el agua del plasma sanguíneo para formar ácido carbónico (H2CO3), esto acidifica ligeramente la sangre. Por el contrario, si hay demasiado ácido, la respiración se acelera, eliminando CO2 y disminuyendo el ácido carbónico de la sangre, lo que la alcaliniza. Los riñones también ayudan a regular el pH, aunque un poco más lentamente, al aumentar o disminuir la secreción de iones ácidos o alcalinos en la orina. (A propósito: los mecanismos de regulación del pH de la sangre son tan asombrosos que el famoso escritor de ciencia ficción Michael Crichton, autor de Parque jurásico, los usó como parte vital de la trama de su primer éxito novelístico, La amenaza de Andrómeda, de 1969, una lectura muy recomendable.)

De modo que beber agua alcalina es básicamente un desperdicio de dinero, en el mejor de los casos. En el peor, puede llegar a ser peligroso: consumida en exceso pudiera provocar una alcalosis (riesgo que, por cierto, también presenta el abuso en el consumo de bicarbonato o antiácidos).

Agua alcalina: otro fraude sin bases que explota el deseo de la gente de permanecer sana para venderle un producto inútil que no necesita.

Copyright del artículo © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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