Historias de gatos: Gatos con los que cruzar espejos

Historias de gatos: Gatos con los que cruzar espejos Jamie McCaffrey, CC

Parece mentira que, después de lo mucho que he escrito para The Cult, no haya dedicado ni una línea a los personajes cuyas historias sin parangón más tiempo han ocupado en mi vida. Se trata de los gatos, por supuesto. Y hablo tanto de gatos reales con los que he convivido, como de gatos que aparecen en cuentos, historias, poemas, fotografías o retratos.

Una gata me enseñó a no temer a la oscuridad, gracias a la parsimonia con la que cruzan un pasillo a oscuras. La misma gata me mostró que la curva de mi cuello era un lugar agradable donde acurrucarse, porque ahí oía latir mi corazón, y le daba calor. También confundía mi pelo enmarañado tras despertarse con un ovillo de lana, pero en cuanto empezaba a vocalizar una reprimenda, ella se apartaba y ronroneaba. Era pequeña pero ya sabía cómo manipularme. Aquella gata gris de ojos azules me enseñó también que los gatos no toleran las ausencias, y que si tardas demasiado en volver de un viaje, es probable que te reciba con una profunda indiferencia y que te niegue las caricias como castigo.

Y aquí he mencionado algo importante, cuando acaricias a un gato, que está tumbado tranquilamente, o que se enrosca entre tus piernas a menudo cabe preguntarse quién está haciendo una caricia a quién. ¿Tú al pasar la mano sobre su cabeza o el animal que se deja atusar el pelaje sedoso? Personalmente, muchas veces tengo mis dudas. Aunque de lo que tengo una certeza absoluta es de que el efecto que provoca el tacto del pelo del animal sobre las yemas de la mano de un humano compensa de sobras los desafortunados arañazos en el sofá.

Tim Sheerman-Chase, CC

Los gatos también son capaces de encontrar caminos que uno no ve a simple vista, como en un laberinto. Son genios para encontrar pasadizos secretos por detrás de los muebles de la cocina, por ejemplo, y es fácil que los veas desaparecer por detrás de la lavadora y que salgan empujando el zócalo junto a la nevera. También les gusta coger atajos. Como a mi gata Charlotte, que para no tener que dar toda la vuelta a la casa, decide usar la cornisa de la fachada para cruzar de balcón a balcón. Y por supuesto, a veces, en esos caminos que a los humanos nos están vedados, se encuentran con otros humanos, también conocidos por el nombre de “vecinos”, que en algunas ocasiones descubren a una linda gatita sentada en el sofá, que, pese a no haber sido invitada, cree merecerse, como mínimo, una loncha de jamón de york, o al menos esa es la mentalidad de otra gata a la que conozco bien.

Sin duda, la capacidad para traspasar límites es una de las características que hacen atractivos a los gatos. Si hay una puerta, ellos quieren salir a investigar. Si hay una ventana, hay que ver adónde lleva. En el peor de los casos, cuando el dueño es cuidadoso, la puerta es la de un armario lleno de ropa en la que dormir una buena siesta.

Por la capacidad de los gatos de encontrar y de descubrirnos caminos no me extraña en absoluto que el primer capítulo de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll, titulado La Casa del espejo empiece con una escena en la que Alicia, a solas, observa a su gata Dina cuidar de sus dos gatitos, uno blanco y uno negro (como las piezas de ajedrez, claro).

En el primer párrafo cualquier persona que haya convivido con gatos se verá reconocida:

«De una cosa estamos absolutamente seguros: el gatito blanco no tuvo nada que ver con aquel desaguisado. Toda la culpa fue del gatito negro. […] La vieja gata había despachado antes al gatito negro y así, mientras Alicia, acurrucada en una poltrona, hablaba consigo misma entre dormida y despierta, aquel minino se había quitado de los sinsabores sufridos organizando un partido de pelota con el ovillo de lana que Alicia había intentado devanar. Y de tanto porfiar con el ovillo, el gatito lo había deshecho, y allí había quedado, enmarañado sobre la alfombra, con el gatito en medio, que se afanaba en perseguir su propia cola.

—¡Ay, pero mira que eres travieso! —exclamó Alicia, mientras lo cogía en brazos y le daba un beso para que comprendiera bien lo malo que era—. ¡Parece mentira, Dina, que no hayas enseñado educación a tus hijitos! ¿Es que no piensas enseñarles buenos modales! —añadió Alicia, encarándose con la vieja gata y hablando con toda la severidad de que la niña era capaz.

Y cogiendo al gatito y la lana enredada, se volvió a sentar en el sillón, tratando de ovillarla de nuevo.»

Por supuesto, quien conviva con algún gato reconocerá el castigo tan peculiar que Alicia impone al gatito al darle un beso y ponérselo en el regazo. Somos, al menos las personas que yo conozco, especialmente permisivos con las travesuras gatunas, tal vez porque todo “dueño” de gato sabe que hay una parte del felino que no se puede domar, ni doblegar; y también porque el juego del que forman parte esas ocurrencias nos aparta de las banalidades de la vida de adulto, y saca en nosotros, en mí, al menos, el espíritu más lúdico, y nos hace olvidarnos de todas esas cosas tan serias e importantes a las que debemos dedicar buena parte del día.

Al texto que he citado de A través del espejo le acompañan dos ilustraciones, una del gatito negro con el ovillo, y otra de Alicia acurrucada en un sillón, con el gatito negro en el regazo que sigue jugando con el hilo suelto de lana. Si me preguntan, esa ilustración de John Tenniel puede que sea mi favorita de todas las que puedo conocer. En primer lugar, porque me trae muchos recuerdos, de niña, leyendo en un sillón parecido, cuando todas las cosas te parecían grandes porque tú eras minúsculo, y el libro que leías (bien podría ser este mismo ejemplar de Alicia que tengo delante mientras escribo estas líneas) te cubría toda la cara, de modo que el mundo real desaparecía, igual que cuando Alicia cruza el espejo, y no había ninguna traba para entrar en el mundo imaginario cuyas fronteras eran las tapas del libro.

El gato es muchas veces, como espero demostrar en sucesivos artículos, cómplice del escritor y del lector. Leer es una actividad solitaria, como lo es escribir. Y el gato es un buen acompañante en ambos casos, incluso cuando decide que has leído o escrito demasiado y se ocupa de hallar una forma de llamar tu atención. Quizás, esa conexión con la creatividad (ya sea en el momento de la escritura o la lectura), unida a la brizna de libertad que nunca pierden pese a ser animales domesticados y a la capacidad de sobrellevar y buscar la soledad sea el motivo por el que estén tan relacionados con el arte (con el artista y con el receptor de ese arte) en los momentos más íntimos, es decir, cuando la literatura, la pintura, la fotografía se crea en soledad, y cuando ese objeto artístico vuelve a cobrar vida gracias al lector o al espectador.

Opethpainte, CC

Vuelvo a remitirme a las primeras líneas de A través del espejo. Alicia ha pasado las dos primeras páginas del capítulo envuelta en ensoñaciones de las que hace partícipe al gatito negro, hasta que le pide sin rodeos que sea su compañero en su juego favorito (que a fin de cuentas es, en parte, el origen de toda la narración: el «Juguemos a que yo era…». Alicia dice así:

«—Minino, ¿sabes jugar al ajedrez? ¡No me pongas esa cara, porque te estoy hablando muy en serio! Hace un momento, cuando estábamos echando una partida, nos mirabas con mucha atención, como si supieras de qué iba la cosa…, y cuando dije «¡jaque!», tú ronroneaste… Pero es que era un jaque precioso, y muy bien podría haber sido «mate» de no haberse interpuesto ese asqueroso alfil que logró escurrirse entre mis piezas… Querido Minino, ¿por qué no jugamos a que yo era…?»

Y un poco más adelante, después de que Alicia ponga al gatito delante de un espejo y lo amenace con llevarlo a «la casa que hay al otro lado del espejo», llega una de las frases definitivas de la narración, que también va dirigido al Minino, que ha pasado a formar parte ya de la ensoñación de Alicia, acurrucada en su sillón:

«Querido Minino, si me hicieras caso un momento en lugar de estar todo el rato hablando, te explicaría lo que pienso acerca de esa casa que hay al otro lado del espejo…»

Inmediatamente después, Alicia empieza a narrar qué es eso que hay al otro lado del espejo, pero lo hayan leído o no, espero dejarles con la miel en los labios y haberlos tentado lo suficiente para que vayan a su estantería o la biblioteca y acaben de leer el párrafo. A mí me pasa a menudo con las dos partes de Las aventuras de Alicia, lo abro por una página y acabo leyendo veinte sentada en el suelo. Y no es extraño, si tengo suerte, que en ese momento algún gato esté durmiendo plácidamente en mi regazo, cómplice de mi huida al otro lado del espejo.

Manuel Cacciatori, CC

De vuelta a la realidad, convendrán conmigo de que hay muchos gatos de los que vale la pena hablar, por supuesto, habrá quien piense que mencionar a Alicia y no hablar del gato de Cheshire es una omisión imperdonable. Ahora bien, si me siguen en este pequeño rincón que quiero dedicar a historias de gatos, es posible que se encuentren con él, y si no, ya saben lo que él mismo gato de Cheshire dice: siempre llegarás a algún sitio, solo tienes que caminar lo suficiente. Pues si recorren este camino conmigo, estoy segura de que en algún momento nos encontraremos con él, y con otros con interesantes historias que contar.

Copyright © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Citas tomadas de "Las Aventuras de Alicia en el País de la Maravillas" y "A través del espejo y lo que Alicia encontró allí". Traducción de Ramón Buckley. Ilustraciones de John Tenniel. Colección Laurin, de Anaya. Madrid, 1984.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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