Una realidad cambiante

Una realidad cambiante Imagen superior: fotograma de "Static No.12 (seek stillness in movement)" (2009–10), de Daniel Brooks.

El mundo que percibimos es solo una apariencia y resulta difícil saber cómo es en realidad. Lo más probable es que no sea posible conocer nunca esa realidad oculta, porque siempre será una realidad percibida, ya sea directamente, gracias a nuestros sentidos, o mediante instrumentos de medición y percepción cada vez más sofisticados.

La torre inclinadísima de Pisa. En realidad, aunque la torre de la derecha parece más inclinada, las dos fotografías son exactamente iguales.

Mucho antes de que Heisenberg  propusiera su ahora célebre principio de incertidumbre cuántico (“El observador modifica lo observado”) ya era una idea aceptada por filósofos de muy diversas escuelas. Lo sabía Demócrito cuando decía que aparentemente lo salado y lo dulce pero en realidad sólo átomos y vacío; lo sabían los escépticos de Grecia, Roma, la India y China, lo sabía David Hume y lo sabía Kant cuando dio nueva vida a la distinción entre noumenos y phenomenos, la realidad esencial y oculta (la cosa en sí) y lo que se presenta a nuestros sentidos.

¿Significa eso que no existe nada ahí afuera o que nosotros creamos la realidad? No lo creo. Hasta ahora, a pesar de las presunciones de la new age cuántica, nadie ha conseguido que la realidad obedezca a sus deseos, que un vaso roto en mil pedazos se recomponga yendo hacia atrás en el tiempo sólo con pensarlo.

Podemos aceptar que un fotón no está ni aquí ni allí hasta que lo miremos, pero lo verdaderamente novedoso sería que nosotros pudiéramos decidir si va a estar aquí o va a estar allí. Podemos admitir que el color verde no existe más allá de nuestra mente, pero no podemos lograr, por el único esfuerzo de nuestra mente, que la hierba verde se tiña de color rojo.

Si he entendido a físicos como David Deutsch, nuestra observación crea nuevos universos, pero lo asombroso sería que crease o hiciese desaparecer un simple grano de arena en este viejo universo nuestro. La realidad que nos rodea, sea lo que sea y sea cómo sea, es terca y sigue ahí afuera, permitiéndonos de tanto en tanto descubrir algunos de sus rostros ocultos, convirtiendo parcelas de lo numénico en fenoménico. Voy a referirme en esta serie de artículos a algunos descubrimientos que han levantado algunos de los velos con los que la naturaleza se oculta, por hablar en el lenguaje de los primeros científicos de la Royal Society. El primer descubrimiento tiene que ver con la luz, el sonido y la velocidad.

Videoscopio: ver movimientos invisibles y escuchar sonidos en el movimiento

El primero es un microscopio que permite ver movimientos invisibles y escuchar sonidos a través del movimiento. Lo presenta Michael Rubinstein en una conferencia TED.

Michael Rubinstein en la conferencia TED

Se trata de un microscopio de movimiento que funciona con una cámara de vídeo y el análisis posterior de las imágenes para detectar los pequeños cambios de color, imperceptibles para el ojo humano. Después, estos cambios de color se magnifican , por ejemplo 100 veces, y eso nos permite ver los continuos cambios que se producen en la realidad pero que escapan a nuestra mirada.

De este modo, descubrimos, por ejemplo, que nuestro rostro palpita continuamente como una lámpara que se enciende y se apaga:

Un rostro en el que los cambios de color son magnificados 100 veces

El microscopio puede analizar todo tipo de imágenes, incluso vídeos o películas ya existentes.

Ahora bien, este microscopio no sólo capta el cambio de color, sino también movimientos que son imperceptibles para el ojo humano. Eso nos permite descubrir una infinidad de micromovimientos que nos pasan desapercibidos en la vida real, como el continuo moverse de nuestros ojos y de todo nuestro rostro.

También los latidos de una niña que duerme, lo que tranquiliza a sus padres mucho más que la imagen de una cámara normal.

¿Qué nos podrá ofrecer un invento como este en el futuro cercano?

Se me ocurren varias cosas.

Es muy posible que este palpitar de la piel humana no sea casual, sino que tenga un significado, que se acentúe o varíe según las emociones de la persona. Aunque no podamos llegar a captar directamente esas variaciones, sí podremos hacerlo con las gafas de Google o con lentillas que incorporen una videocámara y estén conectadas a un chip capaz de analizar y ampliar esos cambios de color.

Tal vez eso nos permita detectar si alguien está nervioso, si está contento o si siente miedo o atracción.

Como señala el propio Rubinstein, es posible que esos movimientos también nos puedan revelar el pensamiento de otra persona. Los expertos en lectura en frío ya son capaces de detectar pequeños movimientos que revelan en qué piensa la persona observada, igualando al detective Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe, o a Sherlock Holmes cuando adivina lo que piensa Watson con sólo seguir el movimiento de sus ojos. No es tan difícil como parece:

“Yo mismo he conseguido en varias ocasiones leer el pensamiento de otras personas, adivinar una carta en la que han pensado sin siquiera tocar la baraja, o saber, tan solo con mirarles a los ojos, si estaban recordando un momento agradable, una lesión que padecieron o si estaban haciendo un cálculo matemático” (No tan elemental, cómo ser Sherlock Holmes).

Este microscopio de movimiento también permitirá detectar enfermedades en sus primeros estadios. Sospecho que llegará un momento en el que microscopios como este se emplearán para detectar los más leves cambios en el torrente sanguíneo, las variaciones en el latido del corazón, las obstrucciones, dilataciones o bronquiectasias de los pulmones. Eso permitirá prevenir enfermedades mucho antes de que se manifiesten y también observar el efecto de  los tratamientos y medicamentos hasta el más mínimo detalle. Será otro paso en el camino que la medicina está recorriendo en las últimas décadas, en su acelerada conversión de ciencia empírica en ciencia casi deductiva.

También podremos detectar micromovimientos en los objetos que tenemos alrededor, previniendo problemas y grietas en las estructuras o seísmos mucho antes de que se produzcan. Un ejemplo asombroso es el de los movimientos de este vaso, causados por una onda de sonido, una única nota, al estilo de aquellas soprano que rompían la cristalería.

Sonidos que se ven

También es extraordinariamente interesante la parte de la conferencia en la que Rubinstein explica cómo a partir del movimiento se pueden reproducir sonidos y cómo se puede convertir una vulgar bolsa de patatas fritas en un micrófono, convirtiendo su movimiento en sonido.

El sonido descifrado por los micromovimientos de una bolsa de patatas

Eso nos lleva a interesantísimas posibilidades. La más obvia es que ya nadie puede estar seguro de que no está siendo escuchado. Ahora los políticos se tendrán que preocupar en las ruedas de prensa no ya solo de que los micrófonos estén apagados, sino de que no haya por ahí una bolsa de patatas vacías, una bandera o cualquier cosa que pueda vibrar.

También nos permitirá inaugurar una nueva ciencia arqueológica, que me permito bautizar aquí como la arqueología sonora o audioarqueología, en la que, mediante imágenes, como las películas mudas, podremos recuperar sonidos que parecían perdidos.

Siempre me he preguntado qué decían los actores del cine mudo. ¿Fingían hablar, decían un texto parecido a lo que contaba la acción, se contaban chistes el uno al otro? En parte eso se puede averiguar mediante la lectura de labios, aunque no sé si alguien se ha tomado la molestia de hacerlo con los clásico del cine mudo, pero quizá también se pueda recuperar parte de ese sonido gracias a la vibración visual de objetos cercanos. Es un mundo inmenso por descubrir.

Por otra parte, me pregunto si será posible en el futuro crear un microscopio que pueda recuperar sonidos impresos accidentalmente en objetos inertes. Recuperar sonidos de un pasado lejano, quizá de hace cientos o miles de años. Parece difícil a primera vista, pero quizá no sea imposible, como tampoco lo sea ver literalmente el pasado. Hablaré de ello en otro momento.

En lo que se refiere a esta pequeña investigación mía acerca de cómo es el mundo, este asombroso invento nos muestra que más allá de nuestra percepción habitual, la realidad es mucho más fluida y cambiante de lo que parece, que en cierto modo la realidad que a veces percibimos casi inmóvil es un continuo burbujear de movimiento y luces cambiantes. Todo esto nos podría llevar a consideraciones acerca de la posibilidad de que nuestro universo sea pulsante, incluso digital, como sostienen algunos físicos, y a compararlo con intuiciones como la de H.G. Wells en “El nuevo acelerador”. Pero esos son asuntos que trataré en otros artículos.

[La conferencia completa de Michael RubinsteinSee invisible motion]

Copyright © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/
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