Un jardín, un hombre, una mujer y una serpiente

Un jardín, un hombre, una mujer y una serpiente Imagen superior: "Adan y Eva" (1877), de Hans Heyerdahl (1857–1913)

Los arqueólogos o los historiadores tal vez logren algún día descubrir el origen de esa extraña religión que se conservó en varias decenas de relatos que los hebreos llaman Tanaj y los cristianos Antiguo Testamento.

Tal vez la respuesta se encuentre ya bajo tierra, pero no en una excavación todavía por hacer, sino en los sótanos de algún museo, en alguna de las miles de cajas que contienen textos sumerios, asirios o hititas que todavía esperan ser traducidos.

Mientras llega ese momento, aunque es posible que no llegue nunca, a no ser que Google se decida a escanear todas las piedras escritas, sólo podemos especular acerca de cuál era la religión de Noé, cuál la de Abraham, cuál la de José, cuál la de Moisés, cuál la de David y Salomón y cuál la de Jesús de Nazaret, porque ni siquiera sabemos si todos ellos adoraban al mismo dios o a los mismos dioses. Algunos, como Noé o Abraham, parecen seguir una religión mesopotámica; José quizá sufriera la influencia del faraón hereje Ajnatón y el culto al dios único Atón, mientras que Moisés, cuyo nombre expresa una semejanza innegable con el de faraones como Tutmoses, parece,  sin embargo, haber sufrido, camino de Palestina, una revelación, que tal vez le mostró al dios del profeta Zaratustra.

Si pensamos en el relato del Jardín del Edén, que se incluye en el Génesis, parecen evidentes las influencias  sumerias y asirio–babilónicas. Como ejercicio más o menos improvisado, intentaré descomponer el mito en sus elementos fundamentales.

Hay que recordar, sin embargo, que el relato de la creación se cuenta dos veces, con ciertas variaciones, lo que se llama Génesis I y Génesis II, o relato sacerdotal (S) y relato yavista (J). En la primera versión se habla de un dios al que se llama Elohim, que es una denominación plural: “los dioses”, sin duda un resto del politeísmo original del que sin duda procede el relato. En el relato yavista los autores se refieren al dios protagonista como Jehová o Yahvé.

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Imagen superior: "La expulsión de Adán y Eva", de Arthur Trevethin Nowell (1862–1940)

Un jardín al oeste

En el mito del Jardín del Edén encontramos a un hombre llamado Adán, al que un dios llamado Yahvé o Jehová (o Elohim), ha creado a su imagen y semejanza:

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.
Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. (Gén.2:7–8)”

Adán vive en el jardín junto a los animales, como uno más, aunque Yahvé le ha dado el poder sobre ellos:

 “Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él (Gén.2:19–20)”.

Decide entonces Yahvé crear una compañera para el hombre, a la que crea a partir de una costilla de Adán:

“Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar.
Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. (Gén.2:21–22)”.

Adán y Eva viven juntos en ese jardín, que se ha considerado un Edén o Paraíso, sin sentir vergüenza por su desnudez:

 “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.(Gén.2:25)”

En el Jardín hay dos árboles que el narrador considera necesario mencionar. Uno es el árbol de la vida y el otro el del conocimiento, que permite distinguir entre el bien y el mal. Yahvé les prohíbe que prueben la fruta del árbol del bien y del mal, porque, si lo hacen, dice, “morirán”.

Sin embargo, en el jardín hay una serpiente, que entonces no tenía la apariencia del animal que hoy conocemos, porque ese será el castigo que le impondrá Yahvé después. La futura serpiente dice a Eva que Yahvé les ha mentido:

“Entonces la serpiente dijo a la mujer: “No moriréis,  sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”. (Gén.3:4–5)”.

Adán y Eva prueban la fruta del árbol del conocimiento, que se ha considerado de modo tradicional que era un manzano, pero que algunos eruditos consideran que era un membrillo. Parece que fue Eva quien primero mordió la manzana o membrillo, para después ofrecérselo, para tentar (de ahí que la mujer sea “la gran tentadora”) a Adán.

La iconografía tradicional representa el momento posterior como el de la ira de Yahvé, quien, furioso, expulsa a Eva y Adán del Jardín del Edén.

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Imagen superior: "Adán y Eva en el Jardín del Edén" (1615), de Jan Brueghel el Viejo.

¿Por qué expulsa Yahvé a Adán y Eva del jardín del Edén?

No se debe a que hayan probado la fruta del árbol del bien y del mal, porque la serpiente tenía razón y probar ese manjar no ha provocado la muerte de Adán y Eva, como decía Yavhé que sucedería; tampoco es porque, como han dicho algunos, Adán y Eva fueran inmortales antes de probar la manzana. La verdadera razón de su expulsión es que ahora que Adán y Eva han accedido al conocimiento, se han igualado a Yahvé y a los dioses, como se puede comprobar en uno de esos momentos en los que Yahvé se refiere a sí mismo como a un dios más entre otros:

“Y dijo Jehová Dios: “He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre”. (Gén. 3:22)”

Es decir, ahora que los seres humanos son como los dioses, lo siguiente que harán será comer del árbol de la vida, con lo que se igualarán completamente a los dioses: se supone que serán inmortales. Así que Yahvé expulsa a Adán y Eva del jardín y pone en la puerta una espada flamígera para impedir que puedan volver a entrar y alcanzar la inmortalidad.

Por otra parte, debido a que han probado la fruta prohibida, Adán y Eva pierden la inocencia:

“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. (Gén.3:7–8)”

Adán y Eva vagarán a partir de entonces por el mundo, que está habitado, como enseguida descubriremos al ver el pacto de Yahvé con Caín, al que promete que nadie le matará, lo que prueba también que el Jardín de Edén es un lugar concreto y que Adán y Eva no son el origen de la humanidad, o al menos que no lo eran en el mito original: Caín, en su destierro, incluso encontrará ciudades.

Este es el mito tal como es contado por uno o varios narradores. Los expertos creen que el yavista, el autor del texto más preciso,  escribió su relato durante la cautividad de los judíos en Babilonia. Eso explica sin duda  que la comparación de este mito con algunos mitos babilónicos sea tan inmediata y reveladora. La mayor semejanza es tal vez la que existe entre el jardín de Adán y Eva y el mito de Enkidu.

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Imagen superior: "El Jardín del Edén", de Thomas Cole (c. 1828)

El salvaje Enkidu

La historia de Enkidu se cuenta en La epopeya de Gilgamesh, un relato cuyas primeras versiones se remontan a más de dos milenios antes de nuestra era.

Enkidu es un hombre salvaje que ha sido creado también por los dioses, en este caso por la diosa Aruru, creadora tiempo atrás de la humanidad, para enfrentarse al rey Gilgamesh de Uruk:

“¡Que convoquen a Aruru, la Gran Señora! Fue ella quien creó a la humanidad. Que sea ella entonces la que cree a un rival para Gilgamesh, alguien de fuerza enorme, que compitan los dos entre sí y de este modo vuelva la calma a Uruk.”

La diosa Aruru crea a Enkidu del mismo modo que Yahvé creó a Adán según el narrador yavista :

“Aruru escuchó las palabras y se dispuso a cumplir las órdenes de Anu. Aruru se lavó las manos, cogió un poco de barro y lo lanzo a un erial. Allí, con el barro hizo al valiente Enkidu, la criatura del silencio.”

Enkidu vive en algo parecido a un bosque o selva con el resto de los animales:

“Greñas encrespadas eran su cabello y el pelo le crecía por todo el cuerpo. Llevaba largas melenas como una mujer y sus mechones eran recios como la cebada. Enkidu no conoce a los hombres, no sabe que existen personas, no tiene ninguna patria. Viste con trapos como el mismo Sakkan [dios de las bestias] y junto a las gacelas come las hierbas del campo, junto a las bestias se apretuja en el talud de la balsa  y junto a los bichos se deleita en las aguas.”

Aunque aquí se dice que Enkidu se viste con trapos, en otros momentos parece quedar claro que va desnudo como cualquier otro de los animales que le rodean y con los que convive, del mismo modo que lo hace Adán, hasta que llega allí una mujer, Samhat. Se trata de una prostituta que ha sido enviada a Enkidu por el rey Gilgamesh, aunque la idea ya se le ocurrió antes al padre de un cazador que descubrió al salvaje Enkidu:

Ve a encontrarte con Gilgamesh y descríbele el vigor de esa bestia. Él te entregará a la cortesana Samhat. Te la llevarás contigo de caza y le explicarás cuán robusto es esa bestia humana. Cuando su manada llegue a la aguada, ella se quitará sus vestidos y mostrará sus encantos. Y cuando él la vea así, se abalanzará sobre ella. Entonces su manada, que se había criado con él, le será hostil .”

La mujer seduce al hombre salvaje y le revela el conocimiento, y en concreto el lenguaje hablado.

“Samhat apartó sus velos y descubrió su sexo para que Enkidu tomase su voluptuosidad, sin temor a agotarlo. Cuando ella dejó caer su vestido, él se acostó sobre ella y ella hizo con aquel salvaje su trabajo de mujer mientras él la acariciaba. Seis días y  siete noches Enkidu excitado hizo el amor con Samhat.”

Tras estos días sin tregua de sexo, Enkidu accede a un conocimiento superior:

“Enkidu estaba débil y era incapaz de correr como antes. Pero había madurado. ¡Se había vuelto inteligente! Regresó para sentarse a los pies de la cortesana. Con los ojos clavados en su rostro comprendía todo lo que ella le decía.”

Samhat, además, antes de llevar a Enkidu a la ciudad, alejándole del bosque en el que vive, decide vestirlo, dándole la mitad de sus ropas:

“Ella le vistió a él con parte de sus vestidos y ella se vistió con la otra parte.”

Semejanzas cercanas y lejanas

Encontramos en los dos mitos muchos elementos comunes, algunos de ellos muy llamativos: un hombre y una mujer en un jardín o bosque, el conocimiento que llega al hombre a través de la mujer, la presencia en el jardín primero del hombre junto a los animales: en el Génesis, antes de que llegue Eva se dice “El hombre (Adán) dio nombre a los animales”. Después de la mujer, que le es entregada a Adán/Enkidu por la acción de alguien exterior (Yahvé/Gilgamesh o, el padre del cazador), también hay una fuerte relación entre la mujer y el camino al conocimiento…

Además, Adán llama a Eva en el Génesis “la madre de todos los vivivientes”, que es precisamente el título que se daba a Aruru o Ishtar, la diosa de la que era sacerdotisa Samhat, la amante de Enlidu.

Lo que no encontramos en el mito de Enkidu es la manzana ni la serpiente, al menos a primera vista.

Para encontrar a la serpiente tenemos que esperar hasta casi el final de la Epopeya de Gilgamesh: es entonces cuando aparece una serpiente que le roba a los hombres, en este caso a Gilgamesh, el amigo de Enkidu el secreto de la vida eterna, o al menos el de la juventud recobrada. Gilgamesh fracasa, a pesar de que logra encontrar la planta de la juventud, por culpa de una serpiente que le roba la planta.

Hay otros elementos del mito bíblico que también se encuentran descolocados en otros lugares del mito sumerio. Enkidu duerme siete dias con sus noches y también lo hará Gilgamesh antes de encontrarse con la serpiente, como cuando a Adán le extrae Yahvé la costilla. No me puedo detener ahora en este asunto, que es más significativo de lo que parece a simple vista, pero lo haré en próximas Babilónicas.

Por otra parte, a pesar de que el mito bíblico se suele presentar como el del origen del mundo, ya he dicho antes que existen otras personas fuera de Edén, como vemos cuando Caín, tras matar a Abel, parte al destierro. Del mismo modo, Enkidu, rechazado ahora por los animales del bosque, se encamina con Samhat hacia Uruk, la ciudad del rey Gilgamesh.

Las diferencias

Hemos visto las semejanzas, algunas de las cuales parecen probar la dependencia entre el escritor yavista y sus fuentes mesopotámicas. Hay todavía mucho que investigar para reconstruir el mito original, el urmyth, que se esconde tras el jardín del edén, pues, como hemos visto, algunos elementos se han desplazado de lugar, como la serpiente.

También habrá que recurrir a otro relato mesopotámico de gran importancia, el Atraharsis o El Gran Sabio, que cuenta la historia del hombre que sobrevivió al diluvio: Utanapishti. Sin embargo, también existen algunas diferencias. Una de las más llamativas es que no hay ni manzana ni membrillo en el mito de Enkidu. Pero la más interesante es que la interpretación bíblica del mito nos asegura que existió un paraíso original del que la humanidad fue expulsada por sus pecados, por lo que es uno de los ejemplos más notables de lo que se ha llamado “mito del paraíso primitivo” o del “buen salvaje” por Rousseau. Sin embargo, en el relato de Enkidu, aunque podemos considerar a Enkidu el primer “buen salvaje” que vive en el estado natural junto a los animales, también ofrece un insólito ejemplo de lo contrario y parece más bien un mito antiprimitivista, que propugna la civilización como humanizadora de la bestia humana, algo que se ha comparado con Ovidio, como veremos en otra Babilónica. A pesar de todo, en el relato bíblico se pueden detectar trazos de una intención que en su origen podía ser semejante a la del mito sumerio, como el hecho de que comer la fruta del árbol del conocimiento permite a los humanos distinguir entre el bien y el mal, algo que no pueden hacer las bestias salvajes.

En otro momento hablaré también de la presencia en ese Edén sumerio y asirio babilónico, pero también en el hebreo, de Lilith, la primera mujer.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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