Los cortes de la navaja de Occam

La navaja de Occam es una de esas imágenes filosóficas que se usan una y otra vez para resolver disputas teóricas. Creo que casi siempre se emplea mal, y más desde que se ha convertido en un lugar común equivalente a un anatema que se lanzan unos a otros.

Antes de explicar por qué creo que se emplea mal, recordaré qué es la navaja de Occam.

Guillermo de Occam (William of Ockham) era un monje franciscano, célebre por su inteligencia, por lo que no es extraño que Umberto Eco lo tomara como modelo (junto a Sherlock Holmes) de su Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa.

Se atribuye a este monje el artilugio lógico o filosófico llamado “la navaja de Occam” que es la sintesis de su frase Entia non sunt multiplicanda sine necesitate. Es decir, los entes no se deben multiplicar innecesariamente. La expresión se empleó en su origen en la disputa acerca de los conceptos universales, como “humanidad”, “Trinidad” o “belleza”, que enfrentó a los nominalistas y los realistas.

Los nominalistas creían que esos conceptos y todo lo que se refiere a géneros y especies, pero no a individuos concretos son tan sólo entes de razón, ideas o conceptos que no existen por sí mismos. Los realistas decían que esos conceptos universales tenían una existencia propia y real y que no eran tan sólo palabras.

Tras la disputa se escondía también una disputa teológica, porque si los nominalistas negaban la existencia real y efectiva de la Trinidad, toda la teología cristiana se venía abajo. La navaja de Occam, en consecuencia, permitía cortar la existencia de todos esos entes conceptuales, pero también la de los conceptos y artilugios teóricos que a menudo se empleaban en las discusiones, pero que no parecía que tuvieran una correspondencia en el mundo de lo observable y experimentable.

A menudo, primero en lógica y física, pero con el tiempo en biología o en cualquier otra ciencia o arte, desde la economía a la historia y desde la crítica literaria a a la antropología, se recurre a la navaja de Occam para afeitar las explicaciones enrevesadas, las que parecen demasiado complejas.

Sin embargo, la navaja de Occam se emplea tanto que su filo empieza a estar mellado o bien corta lo que no debería cortar, en busca en ocasiones de una sencillez que acaba siendo simplismo.

Es posible que el uso realmente útil de la navaja de Occam (aparte de la disputa original entre los nominalistas y los realistas) se dé cuando se aplica a posteriori, pero no cuando se aplica a priori. Es decir, no debería utilizarse como una censura previa (excepto en casos que resultan tan evidentes que salta a la vista la exagerada multiplicación de los entes o explicaciones), sino que puede emplearse como una razón más para decantarnos por una explicación en lugar de por otra, siempre y cuando ambas explicaciones sean totalmente equivalentes.

No sirve para refutar una teoría con la excusa de que una teoría es demasiado compleja, sino para hacernos sospechar que si hay dos soluciones posibles y una es más sencilla, entonces es probable que la más compleja haga uso de supuestos innecesarios. Pero sólo indica esa probabilidad.

Sin embargo, también es perfectamente posible imaginar una explicación compleja que sea, sin embargo, la explicación correcta, a pesar de que también exista otra explicación más sencilla que también parezca capaz de dar cuenta de los fenómenos que se quieren explicar. Voy a intentar imaginar una situación de este tipo (que será una inversión de la disputa entre el sistema tolemaico y el copernicano). Cuando lo haya pensado, se lo comunicaré al lector en otro artículo.

La complejidad y la sencillez

Por mucho que nos gusten las soluciones simples, a menudo los problemas exigen soluciones complejas. Aunque un asunto se pueda explicar de manera simple, ello no implica necesariamente que deba explicarse así.

Esto no vale sólo para la biología y la evolución, sino que también se puede aplicar a la sociología y la psicología: a menudo tendemos a explicar el comportamiento de otra persona a partir de una sencilla ecuación estímulo-respuesta, pero casi siempre las verdaderas razones de un comportamiento son más complejas de lo que creemos.

En definitiva, la navaja de Occam ha de tomarse como un estímulo para seguir investigando y puliendo nuestras teorías, quitándoles lo innecesario, pero en otras ocasiones ha de ser aplicada como un factor de probabilidad (no de certeza) en el momento de elegir entre teorías rivales. Finalmente, en muchas ocasiones su mejor y más razonable uso es tan sólo semejante al un proverbio o una frase hecha que viene al caso y confirma algo: un comentario final una vez que una cuestión ya ha sido decidida gracias a una explicación sencilla.

Decimos, por ejemplo: “A quien madruga, Dios le ayuda”, si gracias a nuestro madrugón hemos conseguido llegar a tiempo a una cita importante, pero diremos: “No por mucho madrugar amanece más temprano” si hemos madrugado tanto que llegamos dormidos y agotados a esa cita tan importante. Los refranes no suelen expresar verdades, sino que existe uno para cada ocasión. Sirven como estímulo retórico o emotivo para hacer algo o como comentario posterior (positivo o negativo) a una acción ya realizada. En ese mismo sentido se puede emplear a veces la navaja de Occam: “Ya te decía yo, que aquí había que sacar la navaja de Occam: todo es más sencillo de lo que parecía”.

Pero nunca se debería emplear como un criterio de verdad o como un anatema o dogma de fe en contra de ideas o de teorías, que es algo que se hace bastante a menudo.

[Escrito en 2004 en La Palma, como comentario a La estructura de la evolución, de Stephen Jay Gould los textos en cursiva los he añadido en 2014 para hacer más comprensible el texto. En el texto original anoté que lo había escrito antes de leer la página 583 del libro, y añadí: “Quizá Gould diga más adelante algo semejante a lo que yo quiero decir aquí”. Supongo que adivinaba que Gould se iba a ocupar de la navaja de Occam y su uso en ciencia, algo que supongo, se verá en futuras entradas dedicadas al libro]

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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