La inteligencia intuitiva de Malcom Gladwell

La inteligencia intuitiva de Malcom Gladwell Imagen superior: Malcolm Gladwell en Pop!Tech 2008. Fotografía de Kris Krüg, CC.

Este es uno de esos ensayos que logra convencerte completamente en favor de una tesis. Su único defecto es que la tesis que demuestra es la contraria a la que el autor defiende.

Tras la lectura del segundo libro que escribió Malcolm Gladwell, Inteligencia intuitiva (Blink: The Power of Thinking Without Thinking, 2005), a uno le queda perfectamente claro que nunca hay que fiarse de la inteligencia intuitiva.

Lo curioso del asunto es que el propio autor parece darse cuenta de esta fatal trampa a la que le van conduciendo sus argumentos. Sospecho que a lo largo de su investigación se dio cuenta de que estaba cambiando de bando, pero también sospecho que sus editores le dijeron algo así como:

“Querido Malcom, si pretendemos vender muchos libros [y es evidente que alguno de sus editores o él mismo pretendió en algún momento tal cosa], no podemos publicar un libro que se llame: Inteligencia reflexiva. A nadie le interesa comprarse un libro que le diga que para pensar bien hay que pensar con calma. Lo que el público desea es que le digan que lo primero que se le ocurre es la verdad.”

El objetivo se consiguió y el libro se convirtió en un best-seller. Tan sólo de tanto en tanto, nos parece escuchar entre página y página al pobre Malcom diciendo lo que de verdad la investigación le ha revelado, e incluso en alguna ocasión lo dice de manera expresa: “Mi intención es enseñar a controlar los juicios rápidos y a sacar beneficio de ellos”. Pero siempre, poco después, recuerda que debe complacer a un público masivo y disuelve estas recomendaciones en elogios desmedidos, y casi siempre injustificados, a la intuición.

Después de las anteriores consideraciones, el lector pensará que no me ha gustado el libro y que tampoco creo en la inteligencia intuitiva.

Es una impresión errónea en ambos casos.

El libro me ha parecido interesantísimo. Gladwell es periodista del New Yorker, quizá la más prestigiosa revista literaria de EEUU, y demuestra que se merece el puesto, aunque su libro no llega a tener eso que Charlie Kauffman describe en Adaptation como “la garra desmedida del New Yorker”.

De nuevo sospecho que los editores de Inteligencia Intuitiva, o tal vez su agente literario, le cortaron las garras para que resultase apto para un público masivo. Pero nadie negará que, aunque quizá no sea un buen investigador, Gladwell sí es un buen periodista. Sigue el estupendo lema de Mark Twain, que tanto le gusta a mi padre: “Ve, mira y escucha, y cuéntalo”.

Gladwell va a muchos lugares, observa  y escucha a muchas personas y después lo cuenta. Y lo cuenta muy bien. Nada más y nada menos. No tiene la ambición de un buen un investigador, capaz de extraer consecuencias originales de lo que está contando, por lo que a menudo plantea una cuestión interesante pero después deja que se le escape, sin desplegar todas sus posibilidades.

Da la impresión de que Gladwell tenía en su agenda dos o tres temas relacionados con la inteligencia intuitiva, y que se le ocurrió la interesante posibilidad de unirlos en un libro. Pero seguramente no era suficiente material, así que hubo que añadir algunas cosas más, ya no tan bien hiladas, porque un best-seller de ensayo no puede tener menos de 200 páginas. A los lectores de best-seller les gusta cargar con un libro bien pesado, tanto en ficción como en ensayo. No se crea que lo digo despectivamente, a mí también me gustan los ensayos largos: hace poco leí La estructura de la evolución, de Stephen Gay Gould, 1400 páginas de letra apretada en un volumen del doble del tamaño convencional (es decir, unas 2500 páginas reales) y disfruté muchísimo. También, por cierto, me gustan los ensayos breves y ligeros.

Pero la necesidad de Gladwell de alcanzar las 200 páginas, creo que en este caso hizo que su investigación, que al principio se desarrolla de manera interesante, acabe un poco deslavazada, con algunos capítulos poco justificados, como el que dedica a un músico que tiene éxito entre los expertos a la primera impresión, pero no entre el público. Uno se pregunta si ese músico no será un amigo suyo y su inclusión una labor de promoción encubierta: tú me das 20 páginas más para mi libro y yo te promociono en todo el planeta.

Ahora bien, ya he dicho que como periodista Gladwell es magnífico, que sabe contar lo que ve. Sus crónicas son muy adecuadas, una a una, para el New Yorker, aunque no para un libro que pretende defender una tesis de manera convincente (y que, como ya he dicho, acaba probando la contraria).

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Supongo que la mejor manera de leer este libro de Gladwell es olvidarse de sus propósitos explícitos y disfrutar de sus crónicas como si estuviéramos leyendo números atrasados del New Yorker. Y después, si uno quiere hacerlo (y yo quiero), puede proponer hipótesis y elaborar teorías acerca de lo leído. Por ejemplo, toda esta teoría que acabo de desarrollar acerca de Gladwell y sus intenciones al escribir Inteligencia intuitiva, que quizá es completamente errónea, precisamente porque es fruto de la intuición, de mi intuición.

Una historieta acerca de una conferencia que dio Gladwell: él escribió antes de Inteligencia intuitiva otro bestseller de ensayo The Tipping Point, acerca de “Cómo las pequeñas cosas pueden marcar una gran diferencia”. Puedes escuchar una conferencia suya muy interesante con este enlace:  IT Conversations. En esa conversación y en las críticas de The Tipping Point, descubro varias de las ideas que Gladwell desarrolla en Inteligencia intuitiva. Eso me hace por un lado confirmar mis hipótesis y por otro refutarlas.

Todavía no he respondido a la otra cuestión relacionada con el libro de Gladwell: si creo o no que exista la inteligencia intuitiva, o lo que en el título original se describe con más precisión: Blink, the power of thinking without thinking, es decir, Parpadeo, el poder de pensar sin pensar.

La respuesta es que sí , sí creo que existe la inteligencia intuitiva, aunque también creo que es una cosa muy distinta de lo que se  considerar popularmente, por ejemplo cuando se dice aquello de la “intuición femenina”, que no es sino una antigua forma machista de decir que las mujeres no son capaces de reflexionar (lo sorprendente es que muchas mujeres lo repitan hoy en día con orgullo).

La inteligencia intuitiva es uno de los temas que más me interesan desde hace mucho tiempo, y además creo haber llegado a un control bastante bueno de mi propia inteligencia intuitiva, pensamiento no consciente o como se prefiera llamar.

Mis opiniones acerca de este asunto coinciden en gran parte con las del gran matemático Henri Poincaré, quien, a principios del siglo XX, consideraba que nuestro cerebro no sólo se limita a ordenar experiencias, impresiones e imágenes en segundo plano (en el plano no consciente), sino que también es capaz de crear. Actualmente sus ideas se están recuperando y existen buenas razones para pensar que son correctas. Incluso me gusta decir de tanto en tanto, por ejemplo en mis clases de guión, algo que ya no estoy seguro de si se me ocurrió a mí o a John Searle: “El cerebro puede trabajar por su cuenta sin nuestra ayuda consciente, del mismo modo que nuestro estómago no necesita que le ayudemos a hacer la digestión”. Es decir, podemos encargar ciertas tareas creativas a nuestro cerebro y dejar que él las haga mientras nosotros nos ocupamos de otras cosas.

¿Cuál es la conclusión de todo esto?

Quizá no hace falta ninguna conclusión, pero citaré algo que escribí en otro lugar::

“Leer el libro Inteligencia Intuitiva de Malcom Gladwell me sirvió para renovar mi admiración hacia el método de Kepler, que consiste en que cuando inicias una investigación debes dejarte llevar por cualquier idea que se te pase por la cabeza o aceptar cualquier teoría insensata o caprichosa que se te ocurra (como se hace en los modernos brainstormings o tormentas de ideas), pero que luego debes someter los resultados al juicio del razonamiento lógico y preciso, y al del experimento o la observación.” (“El método de Kepler,” en El arte malabar)

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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