La democracia como valor supremo

La democracia como valor supremo Imagen superior: Library Mistress, CC

Advertencia en 2016: Comienza aquí un excurso personal (así lo llamé entonces) en el que interrumpí mi investigación acerca de Tucídides para exponer a mi amigo Marcos algunas de mis ideas acerca de la democracia. Está redactado en un tono propio de un intercambio entre amigos, que he preferido dejar tal cual, resistiendo al tentación de adaptarlo de manera conveniente a un medio público e impersonal.

Excurso personal (1991)

Si yo admiro a Pericles, cuyo retrato, por cierto, nos ha sido trasmitido en gran parte por Tucídides es fundamentalmente por su carácter democrático, y si admiro la democracia ateniense es también por determinadas características que merecen mi aprobación. Pero no hay que caer, creo, en la absolutización de la democracia. No hay que convertir la democracia en un valor supremo al que se subordina todo.

A mí no me gustan los absolutos, pero si tuviera que elegir uno, elegiría sin dudarlo los derechos humanos: la libertad de expresión, la prohibición de la pena de muerte, de la tortura y de la discriminación de cualquier clase (racismo, machismo, etcétera). Aunque es obvio que esto es una simplificación, los derechos humanos, los derechos del individuo, de todos y cada uno de los individuos (y no de unos pocos privilegiados), están por delante de la democracia. Pero resulta que la democracia es una parte de los derechos humanos: el derecho a elegir el propio gobierno.

La gran diferencia es que, aunque etimológica y conceptualmente, puede haber democracia sin derechos humanos, no puede haber plenamente derechos humanos si no hay democracia.

Democráticamente se puede elegir a Hitler y aprobar la pena de muerte y la tortura; democráticamente, incluso, se puede elegir la tiranía (esta es la famosa paradoja de la democracia), como al parecer se intentó en algún momento en la propia Atenas. Democráticamente se puede prohibir hablar y vivir a quienes no están de acuerdo con la mayoría, o expulsarlos de la ciudad, como en Atenas.

No creo que las acciones repugnantes dejen de serlo cuando se toman por voluntad mayoritaria. He tenido ocasión de ver como en nombre de un principio que comparto, la igualdad, se justificaban todo tipo de asesinatos y razones de estado. Quienes hacían eso, por cierto, también hablaban de democracia, que llamaban democracia real (frente a la formal de Occidente), de la voluntad del pueblo, del poder del pueblo. En este caso, yo me separo y prefiero adoptar como lema aquella frase bíblica que también impresionó a Russell: “No seguirás a una multitud para hacer el mal”.

En fin, no iba a hablar de la democracia, sino de Tucídides así que dejo aquí la cosas.

Me gustaría dejar claro, sin embargo, que, en ningún caso, absolutamente en ningún caso, considero que haya un sistema político mejor que la democracia (otra cuestión es que tipo de democracia, asamblearia, representativa, etc., es preferible). Ya he dicho que la democracia es, para mí, uno de los derechos humanos, y que, aunque en una democracia puedan darse o no darse los derechos humanos, una no-democracia no se dan por definición. Pero también creo que la democracia no puede justificar cualquier cosa, que la voluntad de la mayoría no puede extenderse sobre la vida y la muerte, la tortura o el silencio. Y, como ya se ha dicho en la presentación de este trabajo, creo que no es una buena democracia aquella que sólo lo es puertas adentro, es decir, la democracia imperial, tal como lo fue la ateniense, la británica o actualmente la estadounidense. Si admiro a Heródoto, a Demócrito, a Eurípides y a Antístenes, entre otros, es, entre otras cosas pero fundamentalmente, porque todos ellos son cosmopolitas, pero también demócratas.
Demócrito decía: “Es preferible la pobreza en una democracia a la llamada felicidad que otorga un gobernante autoritario, como lo es la libertad a la esclavitud (fr.1088)”.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper distingue, refiriéndose a Sócrates, entre la crítica blanda y la crítica dura de la democracia:

“Un hombre que critica la democracia y las instituciones democráticas no debe ser, forzosamente su enemigo; si bien tanto los demócratas a los cuales critica, como los totalitarios, que esperan sacar partido de cualquier desunión en el bando democrático, tienden a tacharlo de tal. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre la crisis democrática de la democracia y la totalitaria. La crítica de Sócrates era de naturaleza democrática, más aún, era ese tipo de crítica que constituye la vida misma de la democracia”.

Añade después Popper: “Los demócratas que no advierten la diferencia que media entre una crítica amistosa de la democracia y otra hostil, se hallan imbuidos de espíritu totalitario”.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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