La caja de herramientas

La caja de herramientas Imagen superior: Christian Gonzalez, CC

Mientras escribo, de Stephen King, es en parte una autobiografía breve y en parte un libro acerca de escribir.

Su título, supongo, tiene que ver con el de William Faulkner Mientras agonizo, aunque King parece disfrutar bastante escribiendo. Creo que el título no se refiere a la agonía de escribir, sino a que escribió el libro mientras se recuperaba de un accidente casi mortal que le dejó muchas secuelas y casi paralítico. Al parecer, se ha recuperado. En aquellos momentos de crisis, como cuenta al final del libro, para él escribir significaba volver a vivir, pero, al mismo tiempo, al hacerlo tenía que aceptar sufrir terribles dolores, pues apenas se podía mantener sentado en la silla.

El libro se divide en tres o cuatro partes. La primera es una especie de biografía literaria, en la que cuenta cómo empezó a escribir, a publicar y a tener éxito. La segunda es acerca de qué es escribir. En la tercera, muy breve, cuenta su accidente.

Uno de los capítulos se llama Caja de herramientas. King recuerda una anécdota de un familiar que se dedicaba a la carpintería o algo parecido y que siempre llevaba consigo su caja de herramientas, por sencilla que fuera la reparación que tenía que hacer. King opina que:

“Para sacar partido a la escritura hay que fabricarse una caja de herramientas, y luego muscularse hasta poder llevarla. Quizá entonces, en lugar de dejar una faena a medias, se puede coger la herramienta adecuada y poner manos a la obra de manera inmediata.”

¿Y qué contiene esta caja de herramientas? Entre otras cosas, el vocabulario:

“Pon el vocabulario en la bandeja superior y no hagas ningún esfuerzo consciente para mejorarlo”.

Y aclara King que irás mejorando el vocabulario simplemente leyendo “otros libros o escuchando conversaciones”. Ese es un consejo con el que estoy de acuerdo. Tampoco soy partidario de buscar palabras nuevas en los diccionarios, salvo en casos excepcionales en los que se requiere mucha precisión. Pero, en general, opino como aquel escritor que decía: “Sólo puedo usar palabras que he vivido”. Me parece que casi siempre, como dice King, la mejor palabra es la primera que se te ocurre:

“Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido, siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase”.

En los casos en que consulto un diccionario para buscar una palabra, lo hago porque estoy seguro de que existe una palabra perfecta que tengo en la punta de la lengua, pero que no acude a mi mente. Los escritores atados al diccionario suelen resultar forzados. Por otra parte, no me suele interesar el perfeccionismo, sobre todo el de los diccionarios. Dice también King:

“Poner el vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo. Propongo desde ya una promesa solemne: no usar “retribución” en vez de “sueldo”, ni “John se tomó el tiempo de ejecutar un acto de excreción” queriendo decir “John se tomó el tiempo de cagar”.”

King propone, no obstante, algunas alternativas que se pueden usar si no te gusta ser tan explícito como él o como Rabelais.

Más adelante, dice:

“Los principios gramaticales de la lengua materna, o se absorben oyendo hablar y leyendo, o no se absorben. La asignatura de lengua hace (o pretende) poca cosas más que poner nombres a las partes”.

Eso creo también, y me alegraría que algún día acabe esa especie de tortura que es la asignatura de Lengua, que se ha convertido por alguna extraña razón, en la asignatura más importante, incluso por encima de las matemáticas. Para mí supuso una verdadera tortura y no creo que me sirviera de mucho. Lo que aprendí, lo aprendí de esa manera que dice King: leyendo y escribiendo. Y aprendí acerca de muchos asuntos gramaticales después de los veinticinco años, porque me interesé, casi desde un punto de vista filosófico, por cuestiones relacionadas con la semántica y la sintaxis. Pero hay cosas absolutamente básicas de la gramática que no he conseguido memorizar nunca, a pesar de lo sencillas que son, como el asunto de los acentos. No me equivoco casi en ningún acento, pero me temo que eso no tiene nada que ver con que yo sepa si es una palabra llana, grave, aguda, terminada en n, s o vocal, etc.

Creo, como King, que lo mejor es hacer un pequeño esfuerzo en la escuela y aprenderse estas reglas para quitarse los problemas, pero simplemente porque a veces no hay otro remedio (cosa que yo no fui capaz de llevar a cabo). Los profesores de lengua se convirtieron en algún momento en los amos de la educación básica e incluso hubo momentos, quizá ahora también, en que consiguieron que se suspendiese a alguien un examen de matemáticas por olvidar algún acento o por escribir una palabra mal.

Nota en 2017

Toda la disquisición acerca del título del libro surge de un equívoco del que somos responsables el traductor del libro de King al español y yo mismo, puesto que el original se llama simplemente On Writing. A Memoir of the Craft, que, como es obvio, no tiene nada que ver con el título de la novela de Faulkner Mientras agonizo (As I Lay Dying). No sé si la intención del traductor era sugerir ese paralelismo y si mis hipótesis fantasiosas tienen algo que ver con esas intenciones. Es un buen ejemplo de cómo a partir de un error puede surgir algo interesante, porque no se puede negar que habría sido un ingenioso homenaje a Faulkner que King titulara su libro Mientras escribo, con ese doble sentido que yo me inventé.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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