Imperativos electivos

En uno de mis diarios digitales, hablaba del poema If de Rudyard Kipling. Allí me refería de pasada a las ideas de Kipling como abanderado del Imperio Británico y a su caída en desgracia precisamente debido al declive del Imperio: tras la etapa descolonizadora, las ideas de Kipling se consideraron cosa del pasado.

Mi ansia de novedad no me lleva a reivindicar las ideas de Kipling, fundamentalmente porque no las conozco en detalle y soy menos osado que quienes las adoptan o rechazan sin necesidad de conocerlas. Hace poco leí algo muy bueno, creo que de Adorno, en donde se decía que Balzac, a pesar de sus ideas muy reaccionarias, era y es un escritor revolucionario. Aparte de la retórica acerca de lo que sea la revolución, estoy de acuerdo. Curiosamente, quizá suceda algo parecido con Kipling, pero no me atrevería a afirmarlo.

Su poema If, que he aprendido en mis clases de inglés teatral, me parece tan estimulante como algunas de sus obras: El libro de la jungla o El hombre que pudo reinar, por ejemplo.

Pero sucede que las imágenes y los conceptos de ese poema tienen un cierto aire viril o varonil que aleja un poco al lector actual. No resulta extraño que If haya sido el poema de cabecera de gentes tan viriles como José Antonio Primo de Rivera. Además, el poema tiene un tono imperativo y didáctico que quizá tampoco resulta muy atractivo. Así me lo dijo mi padre Iván y es cierto lo que dice, pero yo le recordé que un tono semejante tiene el poema que él escribió a mi hijo Bruno, en el que se expresa la filosofía epicúrea de manera también didáctica e imperativa.

A mí ese poema me parece maravilloso en todos los aspectos, incluido el tono, las metáforas y los conceptos. Eso tal vez significa que lo didáctico y lo imperativo no siempre es tan malo. Yo mismo, que me muestro a menudo reacio a cualquier tipo de regla, norma o directriz dogmática, disfruto mucho sin embargo con estas cosas y aprendo mucho también.

Otro ejemplo de poema didáctico con moraleja pero extraordinario es Ítaca, de Kavafis. De hecho, parece que hay dos tipos de afirmación imperativa: una simpática y otra insoportable. Pero es difícil distinguirlas en su aspecto puramente gramatical.

Si alguien te dice: “!Véte de aquí!”, no te resulta nada agradable.

Pero si te dicen: “Véte, Ulises y busca lejanas tierras”, la cosa no resulta ya desagradable.

Hay muchos ejemplos, en prosa y en verso y en todo tipo de literatura (política, científica, filosófica) de este tipo de consejos dados normalmente en tono imperativo (a veces, más que imperativo, el tono es condicional o hipotético, como en el poema de Kipling). También se los conoce con diversas palabras:

reglas (reglas de oro, por ejemplo)

consejos

propedeútica

apotegmas

desiderata (el Desidetata de Baltimore, por ejemplo)

mandamientos (los Diez Mandamientos)

decálogos

lemas, divisas

imperativos (el Imperativo Categórico kantiano)

prescripciones

preceptos

normas

fórmulas

sentencias

Pero, se llamen como se llamen, todas estas cosas parecen tener que ver con el comportamiento, con la ética, la moral o, quizá con más precisión, con la dianoética aristotélica (que no hay que confundir con la dianética de L. Ron Hubbard).

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La dianóetica trata de las virtudes éticas y especialmente a la práctica de esas virtudes. Para Aristóteles, la virtud teórica no sirve para nada, cosa con la que estoy también de acuerdo. Bueno, quizá sirve como conocimiento, pero su valor ético es nulo. Por eso, la mayoría de los dilemas morales son absurdos sencillamente porque se plantean, y eso parece inevitable, en un plano teórico.

Aristóteles, en contra de Platón, dice: “No hacemos el bien porque somos buenos, sino que somos buenos porque hacemos el bien”. Ya muchas veces he hablado de esto, de cómo define Aristóteles la prudencia: observando qué es lo que hacen los prudentes. Hay un libro hermosímo acerca de la prudencia en Aristóteles escrito por Pierre Aubenque: La prudence chez Aristote.

Cuando tenemos en cuenta estas ideas aristotélicas, es fácil que no caigamos en la descalificación personal, en el insulto gratuito y en la consideración de los demás como “idiotas, imbéciles, cretinos, estúpidos”, etcétera. Porque el hecho de que alguien diga una estupidez no le convierte automáticamente en un estúpido. Eso hace que resulte también fácil entender por qué alguien tan polémico como Chesterton no tenía apenas enemigos: atacaba a las ideas, no a las personas. Eso lo recomienda también Popper: que nuestras teorías se maten por nosotros, que es también una aplicación metafórica de la selección natural darwiniana a los asuntos humanos semejante a los memes de Dawkins.

Así que uno puede decir que algo es una estupidez y no por ello llamar estúpido a quien lo mantiene. Por lo general yo intento siempre hacerlo así: las ideas no sufren, las personas, sí. No encuentro ninguna satisfacción en agredir a nadie, ni humillarle, pero sí me gusta de vez en cuando ridiculizar ideas que me parecen estúpidas o grotescas (aunque antes me preocupo también de entenderlas). Pero, claro, el problema es que muchas personas consideran que decir que algo es estúpido es también llamar estúpido a quién lo dice y muchos se toman un ataque a sus ideas como un ataque a su persona.

Pero esa no es mi intención: si quiero atacar a la persona lo digo explícitamente. Y si no llamo estúpidos a todos los que me rodean, no es porque sea un hipócrita (como piensan algunos), sino porque realmente no pienso que sean idiotas. Al escuchar a mucha gente hablar de sus compañeros de trabajo, de sus conocidos, incluso de sus amigos, uno estaría tentado a pensar que toda la humanidad es estúpida, excepto el que tiene la palabra en ese momento.

¿Cómo es que los estúpidos nunca se reconocen a sí mismos y siempre señalan a los otros? Quizá sea una paradoja comparable a aquella con la que Ana Aranda tituló uno de sus weblogs que tanto echo de menos: los demás somos nosotros. En efecto, siempre parece que son los otros los que hacen todas las cosas malas: ¿A quién se le ocurre pasear por la puerta del Sol de Madrid un domingo, bailar un viernes por la noche, ver estos programas de cotilleo? Siempre son los otros, aunque allí estemos nosotros observándolo.

Naturalmente, se podría decir que una persona que dice un alto porcentaje de estupideces casi puede llegar a ser definido como un estúpido, del mismo modo que el prudente es el que normalmente se comporta con prudencia. Pero yo creo que precisamente la prudencia aconseja dosificar los carnés de estúpido y reservar los insultos para los pocos que lo merezcan, porque es posible que si lo repartimos a diestro y siniestro nosotros mismos recibamos uno también.

En fin, sirve todo esto como introducción a una página que voy a dedicar a los preceptos, a los desiderata, a las prescripciones, a las reglas, etcétera. Incluiré todo tipo de cosas, pero creo que abundarán aquellas que más o menos me gusten o considere útiles. En los casos más dudosos, como el poema If de Kipling, explicaré de qué manera lo interpreto yo, que es casi seguro no tendrá mucho que ver con la interpretación de Primo de Rivera o la de Aznar, y tal vez tampoco con la del propio Kipling.

Alguien pensará que, en vista de lo anterior, podría poner aquí cualquier cosa, una receta de flan chino, por ejemplo, e interpretarla después como me diera la gana, pero no es esa mi intención: cuando uno lee ese tipo de consejos, aparte del valor puramente informativo, hay un valor emocional, que suele ser mucho más importante: es precisamente por eso que suelen presentarse en forma de mandamientos, poemas o formulaciones más o menos evocadoras e imaginativas (en el sentido de proponer imágenes).

Además, muchos de estos consejos carecen de un contenido concreto. Si Buda te dice: “Para curarse no sirve de nada leer el prospecto: hay que tomarse la medicina”, eso no nos dice nada acerca de lo que hará alguien que aplique ese consejo. Tú harás algo concreto, yo haré otra cosa, quizá distinta, pero a los dos nos ha servido el consejo budista. Es decir, muchas de estas reglas o consejos dependen de su aplicación práctica: son herramientas útiles pero no indican qué construir con ellas.

Otras veces, a menudo, son como retratos que uno hace de sí mismo y de la forma en al que cree que ha de vivir (tal puede ser el caso de la Carta  a Bruno de Iván o de Ítaca de Kavafis), recordatorios de los errores que no ha de repetir, de los placeres que no se le han de escapar.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/
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