¿Habla Homero de sí mismo en sus obras?

¿Habla Homero de sí mismo en sus obras? Imagen superior: Joongwon Jeong plasma en el lienzo, por medio de acrílicos, una versión hiperrealista del rostro de Homero.

Homero no se menciona de manera explícita a sí mismo en sus dos grandes obras, aunque algunos han pensado que podría ser el cantor Demódoco, que aparece en la corte de los feacios, como veremos más adelante.

Pero se cree que sí habla de sí mismo en los Himnos homéricos, que, como es obvio también se atribuyen a Homero. En el Himno a Apolo, el poeta dice a las doncellas de Delos, sacerdotisas de Apolo:

“Mas, ea ‒y Apolo y Ártemis nos sean propicios‒, salud a todas vosotras. Y en adelante, acordaos de mí cuando algunos de los hombres terrestres venga como huésped infortunado y os pregunte: “¡Oh doncellas! ¿Cuál es para vosotras el más agradable de los aedos y con cuál os deleitáis más?” Respondedle enseguida, hablándole de mí: “Un varón ciego, que habita en la escabrosa Quíos. Todos sus cantos prevalecerán en lo futuro”. Y nosotros llevaremos vuestra fama sobre cuanta tierra recorramos, al dar la vuelta por las ciudades populosas de los hombres; y éstos lo creerán porque es verdad.”

De aquí vendría la idea de que Homero era ciego y que su patria era la isla de Quíos, aunque hay muchas más hipótesis, como que era de Ítaca, lo que explicaría quizá el hecho de dedicar un libro entero o decenas de cantos al soberano de una pequeña isla sin demasiada importancia, Ulises.

Otra cuestión, por supuesto, es si los Himnos homéricos fueron escritos por Homero, pero para intentar averiguarlo tendremos que esperar a otro capítulo de estas Homéricas.

En cuanto a Demodoco, es también un cantor o aedo ciego, que aparece cuando Ulises naufraga en la isla de los feacios. En un momento del banquete celebrado en honor al misterioso naúfrago, el rey Alcinoo hace llamar a Demódoco para que deleite con sus cantos al extranjero:

“Que alguien vaya a llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro palacio”.

Se prepara el canto entonces como si estuviéramos ante una nueva competición, pues Ulises acaba de vencer a varios feacios en pruebas atléticas, y el aedo se dirige al centro de la pista:

“Se levantó un heraldo para llevar la curvada cítara de la habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en total, los que organizaban bien cada cosa en los concursos, allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó el heraldo trayendo la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al centro. A su alrededor se colocaron unos jóvenes adolescentes conocedores de la danza, y batían la divina pista con los pies. Odiseo contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo”.

Es este uno de los momentos más deliciosos de las aventuras de Ulises en la corte de los feacios, un pueblo amante de la música, el baile y todo tipo de competiciones, amable con los extranjeros, hábiles navegantes y de vida pacífica. Quizá una de las primeras utopías que no se presenta como una sociedad represiva. Se ha especulado mucho con la localización de los feacios. Algunos lo situan en la Magna Grecia (Italia), otros en el Mar Negro o Ponto Euxino, algunos más allá de las columnas de Hércules (Gibraltar), quizá en España o incluso en Gran Bretaña, pero si la tradición que sitúa a Homero en Quíos fuese cierta y si Demódoco es, en efecto, el propio Homero, lo más sensato sería pensar que la tierra de los feacios es precisamente Quíos. No recuerdo en este momento si los expertos consideran esta posibilidad.

El canto que entonces entonó a Demódoco está dedicado a los amores incestuosos del dios de la guerra y la diosa del amor:

“Y Demódoco, acompañándose de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de la de linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el palacio de Hefesto”.

Homero reproduce la historia completa de los amores de los dioses, de cómo engañaron a Hefesto, marido de Afrodita, y de cómo él les tendió una trampa, atrapándolos en una red y avergonzándolos delante de todos los dioses. Después, ya en el banquete, Ulises hace un regalo al cantor, en una escena en la que Homero parece decir a sus oyentes: “Tomad nota: así es como debéis premiarme a mí por mis cantos”:

Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo, pues aún sobraba mucho, de un albidente cerdo (y alrededor había abundante grasa): “Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza de los aedos”.

Poco después, terminado ya el banquete y saciadas la sed y el hambre, Homero vuelve a ofrecernos una pieza de metalenguaje, cuando el propio Ulises, todavía de incógnito, pide a Demódoco que entone el canto de la toma de Troya, pero centrándose en la estratagema del caballo de madera y otras aventuras del ilustre Odiseo, es decir, que le cante a él. También lanza Ulises la sugerencia de que Demódoco (¿Homero?) ha estado en Troya o ha escuchado la historia de alguien que presenció aquellos acontecimientos:

“Con mucha belleza cantas el destino de los aqueos cuánto hicieron y sufrieron y cuánto soportaron, ¡como si tú mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras escuchado de otro allí presente!”

Demódoco inicia entonces el canto, que hay que suponer extenso, pues es, sino la Ilíada, sí una buena parte de ella, y cuenta las hazañas y desventuras de Ulises. El héroe, al escuchar el relato, no puede contener la emoción:

“Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas deslizándose de sus párpados”.

 Quede aquí Ulises en su llanto incontenible y quede aquí el divino cantor Demódoco. Volveremos a encontrarlos en otros capítulos de estas Homéricas.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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