El genio no nace, se hace

Que yo sepa, no se conoce ningún caso de genio que no haya necesitado hacerse, más allá de algún matemático, algún músico  o alguna persona dotada para ciertas operaciones mentales, que casi siempre combina su genialidad en ese terreno con el autismo o alguna otra característica mental que suele afectar a su vida cotidiana. Lo que antaño se llamaban idiots savants, idiotas sabios. Pero eso no es lo que suele considerarse un genio, sino tan solo “un genio… para el cálculo”, por ejemplo.

En realidad, yo estoy en contra de la definición de alguien como “genio”, pero podemos emplear la palabra para referirnos a esas personas que han destacado de manera notable en la historia de la ciencia, el arte, la invención o el pensamiento. No creo, por otra parte, que los genios que conocemos hayan sido las únicas personas que podían haber logrado lo que ellos lograron. Sería absurdo pensar que entre los miles de millones de individuos que han nacido en cientos de ciudades y en miles de pueblos perdidos ninguno de ellos pudiera haberse convertido en un genio.

Tampoco es sin duda casualidad que casi todos los genios que han pasado a la historia procedan de lugares más o menos desarrollados, al menos desde el punto de vista cultural, y todos o casi todos han tenido a su alcance medios de los que no disponían muchos otros. El hecho de que apenas se mencionen dos o tres decenas de mujeres artistas o científicas antes del siglo XX, pero sí miles de hombres, no puede ser una simple casualidad. Aún teniendo en cuenta el machismo que ha ocultado muchos nombres de mujeres, la gran mayoría de las mujeres no tuvieron ni la más mínima oportunidad para desarrollar su talento a lo largo de casi toda la historia.

Es obvio también que Jorge Luis Borges no habría podido sentir la fascinación por la literatura inglesa que le permitió redefinir la escritura en español, si su abuela no le hubiera enseñado inglés casi como primera lengua.

Tampoco creo en la existencia de razas humanas, algo en lo que Borges sí creía (lo que es una muestra de que la educación también puede ser incompleta incluso en alguien como él), pero me permitiré usar la palabra negro, a pesar de que creo que no significa casi nada (ya he dicho que tampoco creo que signifique mucho la palabra “genio”): ¿cree el lector que Obama es el negro más inteligente de todos los que existen y han existido y que ninguno podría superarlo?

Sí, es cierto que parece muy inteligente, pero ¿no le puede haber dado una cierta ventaja el haber nacido en el territorio norteamericano de Hawai y haberse educado en Estados Unidos en los años 60 del siglo XX?

¿Cree el lector que es tan solo una asombrosa casualidad el que dos de los negros que figuran en todas las historias de la literatura universal nacieran en Europa? Me refiero, por supuesto, a Pushkin, símbolo de la poesía y la literatura rusa, y a Alejandro Dumas, gran patriarca de la literatura francesa. Por cierto, ¿cree el lector que también se debe a la casualidad que casi nadie sepa que eran negros?

Afortunado aquel que nace en una ciudad poderosa, decía Platón: “Doy gracias a Dios por haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo. Pero sobre todo agradezco el haber nacido en el siglo de Sócrates”.

No debe creer el lector que la preferencia de Platón por ser hombre y no mujer se deba a su misoginia o machismo, pues Platón es considerado, con razón, uno de los filósofos más cercanos al feminismo, al menos en comparación con su discípulo Aristóteles y otros pensadores de su época, con la excepción de Epicuro y Aristipo, quizá.

Esa preferencia de Platón se debe a que pudo observar las pocas oportunidades que tenían las mujeres en su época para desarrollar sus talentos intelectuales, políticos o creativos, del mismo modo que sabía perfectamente cuáles eran las ventajas de nacer libre y no esclavo, gracias a su propia experiencia, pues Platón fue vendido como esclavo por el tirano de Siracusa y pasó varios años en esta condición hasta que pudo ser rescatado.

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Para defender que son los genes y no la educación los responsables de la existencia de los genios, se dice que los grandes maestros raramente tienen grandes discípulos. Es muy discutible que eso sea cierto.

Sócrates tuvo como discípulo a Platón, pero también a Antístenes, a Aristipo, a Euclides y a muchos más. Platón, a su vez, tuvo como discípulo a Aristóteles, quien tuvo como discípulo a Teofastro, que al parecer era también un filósofo de cuidado. En cualquier caso, los tres filósofos griegos más conocidos (Sócrates, Platón y Aristóteles) siguen una línea continua de maestro–discípulo. En el chan budista chino, la versión del budismo dhyana indio y el origen del zen japonés, sucede lo mismo: a cada maestro le sucede un nuevo maestro comparable a él, que no es su hijo, sino su discípulo, hasta tal punto que se producen escisiones continuas, porque los discípulos creen siempre hallar una verdad o una variante que supera la versión del maestro.

El medio griego den la antiguedad dio durante varios siglos decenas de filósofos, arquitectos y artistas. ¿Por qué dejó de darlos? ¿Cree el lector que se produjo una mutación genética que volvió estúpidos a los griegos? De hecho, el medio griego siguió dando pensadores en el lugar más desarrollado de la época, Bizancio, aunque la presencia cultural excesiva de la religión ortodoxa tal vez echó a perder parte de sus posibilidades, como lo hizo el catolicismo en Europa, consiguiendo que pensadores tan impresionantes como Escoto Erígena, Guillermo de Ockham o Nicolás de Cusa perdieran cientos de horas discutiendo acerca de esencias divinas, porque ese era el tema casi único del momento.

En la Inglaterra Isabelina, Shakespeare no estaba solo: convivió con Christopher Marlowe, John Ford, John Donne y Ben Jonson, entre otros. En España, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora fueron contemporáneos. En la época de los Reinos Combatientes, antes de la unificación de China, se concentran las tres cuartas partes de los filósofos chinos; en la época Tang muchos de sus mejores poetas, en la Song los pintores y en la Yuan o mongola el mejor teatro.

A pesar de que los ejemplos se podrían multiplicar sin fin, se insiste una y otra vez en que los genes son más importantes que la educación y el medio circundante. Pero en la historia del arte, la filosofía y la ciencia hay pocos ejemplos de hijos que suceden a sus padres, excepto entre los artesanos, que aprendían el oficio porque era su mejor medio de vida. El problema es que, incluso en los casos en los que se da la sucesión padre–hijo, es difícil negar la importancia del ambiente, de la educación y de la enseñanza trasmitida. El hijo no solo suele heredar los genes de sus padres: también los ha tenido como ejemplo.

Por otra parte, a veces se menosprecia la importancia del entorno para, de este modo, defender los propios méritos. Es como decir: “Me merezco mi fama, no por los privilegios de los que he gozado, sino porque soy genéticamente superior”. Es un planteamiento absurdo. Como si fuera más digno heredar que adquirir: aquello de lo que podemos presumir es lo que hemos alcanzado por nuestro esfuerzo (con la pequeña o gran ayuda del entorno), no aquello que nos vino ya de fábrica en los genes.

Sin embargo, las fábulas tradicionales, los cuentos de hadas o películas como La guerra de las galaxias nos acostumbran a ese relato de la herencia genética. Es el relato de la pereza y la vagancia, en el que uno cree que le ha tocado la lotería genética, como quien espera que su décimo salga premiado en el próximo sorteo.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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