El cerebro auxiliar

El cerebro auxiliar Cyborg woman © Chaz1029

La escritura supone un cambio en nuestra manera de relacionarnos con la realidad, porque permite que nos observemos a nosotros mismos.

Las páginas web, los weblogs y en general todo el procesamiento de información gracias a los computadores nos permite contemplarnos mejor que antes. También nos permite acceder de manera rápida a nuestras propias ideas, que también podemos guardar y ordenar casi mejor que en nuestro propio cerebro.

En efecto, cuando guardamos nuestras ideas en nuestro cerebro biológico, esas ideas no se quedan allí tal como las dejamos, sino que evolucionan y se desarrollan. No es que tengan vida propia. Lo que sucede es que nuestro cerebro trabaja por su cuenta en un plano no consciente o no inmediatamente consciente. Prefiero no utilizar aquí ningún térrmino concreto, como subconsciente, preconsciente o inconsciente. Términos que están asociados a teorías con las que no estoy seguro que coincidan mis ideas.

Lo importante es que nuestro cerebro trabaja en un plano que no es siempre inmediatamente perceptible para nuestra conciencia habitual. Esto se puede comprobar de diversas maneras.

Cogemos un libro de fotografías de un tema que nos guste, por ejemplo, de artistas de cine.

Miramos una a una las fotografías y apuntamos el nombre de cada artista. Probablemente habrá algunos de los que no nos acordaremos.

Cambiamos de tema y nos olvidamos del álbum.

Al cabo de unas horas o de unos días, tomamos de nuevo el álbum. Descubriremos que, sin siquiera pensar en ello, en cuanto vemos las fotos, nos vienen a la memoria nombres que en la ocasión anterior no habíamos recordado. También seremos capaces, en muchos casos, de adivinar cuál será la siguiente fotografía, aunque en su momento no le hayamos dado a nuestro cerebro la orden consciente de percibir y memorizar ese orden.

Se pueden hacer muchas experiencias similares a esta, que prueban que el cerebro trabaja por su cuenta: no conseguimos recordar el nombre de un actor o el de un amigo. Nos damos por vencidos. De pronto, segundos, minutos o incluso horas más tarde, ese nombre se nos presenta de manera inesperada a nuestro yo consciente.

Se habla de la Red mundial o Internet como una especie de conciencia colectiva. No es el tema que me interesa en este momento. Yo sólo quiero hablar del almacenamiento de información en computadores o páginas de la Red como si se tratara de un cerebro supletorio.

Cuando uno escribe en una página web y no se limita a dejar ahí las entradas y olvidarse de ellas, sino que regresa, las relee y establece nuevos nexos entre cosas nuevas y antiguas, está actuando de manera semejante a como lo hacen nuestras neuronas todos los días.

En realidad lo está haciendo de manera doble, porque todo trabajo de acumulación de datos y de establecimiento de nexos en el ordenador está efectuándose en paralelo en el interior de nuestro propio cerebro. Es una especie de trabajo duplicado.

Ahora bien. No somos plenamente conscientes de los nexos que se establecen entre nuestras neuronas cuando digerimos información. No podemos, por el momento, observar esos nexos y catalogarlos. No podemos decir que tal o cual conocimiento pasa de esta a aquella neurona a través de un axón concreto.

Pero sí podemos trazar un mapa y reconstruir los nexos que hemos establecido en nuestra página web (e incluso con páginas web externas).

La metáfora de la telaraña o red mundial no es del todo adecuada, puesto que en una telaraña, aunque haya muchos hilos, estos suelen estar en una estructura ordenada y no se establecen conexiones siguiendo patrones caóticos. Excepto cuando las arañas son sometidas a alucinógenos y empiezan a tejer de manera verdaderamente caótica.

Telarañas de arañas sometidas a diferentes estimulantes (NASA, 1995)

La metáfora adecuada para internet sería tal vez la de las neuronas, si es que fuese cierto que cualquier neurona del cerebro puede conectarse con cualquier otra, lo que no es seguro: en la red mundial es posible establecer en principio una conexión entre dos puntos cualesquiera mediante un enlace directo, se encuentren donde se encuentren.

Esto superaría quizá a las neuronas, aunque las neuronas, por el momento, superan a cualquier sistema creado por el ser humano en capacidad de almacenamiento y procesado.

Sucede, sin embargo, que la fusión entre neuronas e información computacional está cada vez más cerca. La duda es cómo se producirá esta fusión y qué condicionará a qué: las neuronas a los bits o los bits a las neuronas. La posibilidad de una policía del cerebro a través de la conexión por microchips biológicos parece cercana, y quizá sea difícil escapar a ella.

Lo que sí parece seguro es que en el futuro desaparecerán los teclados, las pantallas y cualquier otro artilugio de hardware como ahora lo conocemos.

Sí, quizá sigan existiendo, pero resultarán innecesarios: tendremos toda esa información directamente acoplada al cráneo, o ni siquiera eso: podremos acceder a ella de manera eléctrica, aunque esté alojada externamente. Algo parecido a la telepatía. Quiero decir con ello que nos bastará pensar en que queremos consultar un dato para acceder a ese dato. Podremos navegar por internet sin teclear y sin mirar a una pantalla física: lo veremos todo dentro de nuestra cabeza. No creo que falte mucho para eso.

A quien le parezca algo difícil de creer debería reflexionar en qué es lo que hacemos cuando pulsamos las teclas de un teclado. En milésimas de segundo pensamos: "Voy a apretar la tecla a y luego la r y luego la t y luego la e".

Y efectivamente, no sólo lo pensamos, sino que además mandamos esa instrucción a nuestro cuerpo, que aprieta cuatro teclas. El lector puede detenerse un momento a pensar en lo complejísimo que resulta algo aparentemente tan sencillo como escribir arte en el teclado de un ordenador.

Parece infinitamente más sencillo pensar en la palabra arte sin más y verla aparecer en la pantalla. De hecho, ya existe la comunicación concepto mental/ordenador sin teclado ni ratón, sólo con el pensamiento. Naturalmente, hace falta un chip o un electrodo conectado al cerebro, pero a partir de ahí, la persona puede manejar el ordenador sólo pensando. Pensando, sin mover las manos ni la boca, puede hacer que el ordenador abra un nuevo documento o lo cierre, o escriba "SÍ" o escriba "NO". Esto es sólo el principio.

Darkgeometry.ca 2010 / Jesse Lee Lang, CC

El final de ese camino será que podremos contemplar todo lo que tenemos en el cerebro como quien lo contempla en la pantalla de un ordenador. Y también se producirá, al menos en una primera fase, una especie de fusión entre nuestros datos externos, los de nuestro ordenador o nuestra página web y los de nuestro cerebro o cerebros ajenos.

Esto, sin duda, tendrá mucha importancia en el tratamiento de lo que hoy se consideran enfermedades mentales o psicológicas. Me atrevo a predecir que algunas de las ideas de Freud serán recuperadas, pero por un camino bastante inesperado para los propios psicoanalistas.

Ahora el psiconanálisis, con razón, está en horas muy bajas, casi agonizando, pero algunas de las intuiciones de Freud podrán ser aplicadas de nuevo, aunque no de la manera cuasi mística y acientífica en que fueron aplicadas en el siglo XX, manera a la que él mismo contribuyó o no supo resistirse (a pesar de su amor por la ciencia rigurosa), y se recuperará parte de su validez original, tan desperdiciada por aprendices de brujo de los divanes, que quizá no disponían de las herramientas necesarias para no caer en la magia vulgar.

Naturalmente, esta fusión entre cerebros y ordenadores será la llave de la inmortalidad, pero ciertos fenómenos químicos hacen todavía dudar de si tal inmortalidad será realmente personal y de si podremos seguir hablando de identidad individual.

Copyright © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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