El arte y la visión mística

En Mímesis y símbolos dije que la cosa en sí sólo podía llegar a nosotros mediada, o si se prefiere, a través de una imitación (mímesis) o de una simbolización. Con mediada, los filósofos quieren decir que la cosa llega a nosotros no directamente, sino a través de algo, por ejemplo, en terminología de Kant, nuestra manera de percibir el tiempo y el espacio: no vemos la cosa en sí, la esencia, tal cual, sino que por fuerza la tenemos que ver en el tiempo y en el espacio.

En ¿Es el arte siempre imitación?, maticé esa idea, recordando lo que decía Iván Tubau acerca de que la verdad de una película no es solo aquello a lo que remite la representación, sino la representación en sí misma: no es solo la representación del suicidio de Cleopatra, sino también Liz Taylor interpretando el suicidio de Cleopatra. En este sentido, dije, quizá se podría decir que vemos de alguna manera la cosa en sí: la actuación de Liz Taylor.

Tal vez también se podrían encontrar semejanzas entre lo que se llama la visión mística y esta percepción de la cosa en sí entendida como la representación misma. Es cierto que el espectador puede creer, al menos durante el tiempo de la representación, que está asistiendo a la muerte de Cleopatra, y no a la interpretación de Liz Taylor. Llevado a su extremo, ese sería el caso del Fausto de Estanislao del Campo, cuando el hombre venido de la provincia, no recuerdo si se tata de un gaucho, entra en el teatro y cree que están asesinando a alguien delante de un montón de gente sentada e impasible, porque no sabe lo que es un teatro.

El sentido profundo de la mímesis griega es precisamente ese: vivir la representación como realidad, como verdad. Por eso dice Samuel Johnson aquello del espectador de teatro que no se ha vuelto loco al creer que los personajes ahora están en Milán y luego en Florencia, a pesar de no haberse movido de su butaca, porque el espectador sabe que esas cosas suceden precisamente en los teatros, aunque a veces él mismo llegue a olvidar en algún instante de ilusión perfecta que está en un teatro.

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Para los espectadores menos crédulos, o más incapaces de suspender el juicio a la manera escéptica (Iván Tubau sería uno de ellos), esta catarsis artística no es posible, pero les queda el placer de ver otra cosa. No ya no la cosa significada, sino el significante (la actuación del actor), no lo interpretado, sino el intérprete, que es quizá la realidad más absoluta del asunto: Liz Taylor, aquella actriz que fingió una vez que era Cleopatra que se suicidaba, momento que fue conservado por las cámaras.

Si ese espectador es capaz de ver ese momento de manera como el espectador ingénuo (el que es proclive a la catarsis o identificación) cree ver el suicidio de Cleopatra, en el fondo ambos vivirán una experiencia semejante. La diferencia es que unos ven el espectáculo como vida, mientras que los otros ven la vida como espectáculo.

Ahora bien, lo que me interesaba señalar aquí es la semejanza que tal vez se pueda establecer entre la experiencia estética y la llamada visión mística o éxtasis contemplativo(o sensación de trascendencia, que no tiene por qué tener un sentido religioso). Esos momentos en los que miramos un paisaje y somos dominados por una sensación de eternidad del instante. ¿Podríamos considerar que eso es en cierta manera sufrir o disfrutar de una experiencia artística, mediante la contemplación de algo que no ha sido fabricado para ser un objeto artístico? ¿No es esa experiencia inmediata (con lo que ello significa de no mediata o no mediada) algo así como ver arte sin tener la intención de ver arte?

¿No podría esta comparación entre éxtasis contemplativo y percepción artística inmediata iluminar los dos terrenos, el de la mística y el del arte?

(Con “percepción artística inmediata” me refiero, de una manera terminológicamente muy discutible, tanto a la sensación del espectador que acepta la mímesis, la imitación, la representación, como a la del que no la acepta pero sí ve la realidad misma de la representación, sin atender a su caracter mediador, es decir, viendo tan sólo a Liz Taylor interpretando el suicidio de Cleopatra, pero no a Cleopatra suicidándose).

Nota en 2014: es en cierto modo lo que Stendhal llama la ilusión perfecta.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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