Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

Si aceptamos la teoría de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, entonces el Dios de cristianos, judíos y musulmanes no es un dios creador, sino un demiurgo, que crea el mundo a partir de algo que existe previamente, puesto que en el Génesis (aceptado por las tres religiones del Libro), Dios emplea el lenguaje para crear el mundo:

Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo. (Génesis I, 3)

Así que un dios wittgenstiano no podría poner en marcha la creación, ya que no tendría con quien compartir un lenguaje y, por tanto carecería de lenguaje. No habría logos creador.

Sin embargo, algunas tendencias judías y gnósticas, pero también de la mística musulmana y el sufismo, insisten en la preexistencia del logos o la palabra: creen que los textos sagrados, y en especial el Corán, son anteriores a Dios mismo.

Esa sería también una negación de la idea wittgenstiana, porque, en tal caso, existiría algo más que un lenguaje privado: existiría un lenguaje e incluso una literatura sin hablantes o lectores. Un libro que existe a la espera de un lector.

Podríamos decir, como parece sostener “La Nueva Teología” de Von Hertz que Dios encuentra el libro y que al leerlo crea el mundo. O podríamos ir más lejos, como se dice en “Una conversación en la isla de Patmos”: Dios es el Libro que se lee a sí mismo, como parece sugerir aquella célebre frase de la mística musulmana: “Yo era un tesoro escondido. Quise conocerme y creé el mundo”. El libro crea a sus lectores. En términos de programación digital: no el logos creador, sino el código creador.

Ahora bien, un teólogo sensato, al menos en el terreno de los conceptos, podría decir que un verdadero Dios creador no habría dicho “Hágase la luz”, sino que le bastaría con haberlo pensado. Esa sería la opinión del padre Nicolás Malebranche. La pregunta ahora es si para pensar algo como “Hágase la luz” hace falta un lenguaje, que, aunque no sea privado, sí sea al menos interno.

“El anciano de los días”, de William Blake. ¿Dios o Demiurgo?

Por otra parte, si el Dios del Génesis crease a partir de la nada, lo primero que crearía no sería el mundo, sino el lenguaje, ese lenguaje que emplea para después crear el mundo. Por eso, el comienzo de la Teogonía de Hesiodo “Ante todo fue el caos, luego Gaia…”, ahora se convertiría en: “Ante todo fue el logos, luego la luz…”

Guercino, "Dios padre y un ángel" (1620) © Musei di Strada Nuova

Nos resta, sin embargo, un cierto problema con la oscuridad que es iluminada por la acción del verbo divino, ¿existía esa oscuridad en algún sentido? Si existiera, deberíamos decir: “Ante todo fue la oscuridad, y el verbo divino se extendió (como el espíritu sobre las aguas) y la luz se hizo”, que es una metáfora fácil de traducir a las teorías cosmológicas del Big Bang, para aquellos creyentes a los que les inquieta la conciliación con la ciencia. La oscuridad sería la nada, el verbo divino la singularidad inicial y la luz el estallido del universo y su entrada en la existencia.

Así que, aunque descartemos la idea de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, habría que añadir algún versículo al Génesis para dejar constancia de ese logos creador que precede a todo:

[-1. Antes del principio, nada había y Dios creó el lenguaje].

1. Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas.

3. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

Como se ve, en el relato del Génesis hay alguna cosa que precede a la misma luz, como el cielo y la Tierra, que existen antes de que exista el propio Sol (la luz), pero solucionar estos nuevos interrogantes es ya demasiado complejo para este pobre hermeneuta.

Copyright © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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