Ciencia contra magia

Ciencia contra magia Imagen superior: memorial de Kepler. Linz, Austria (Autor: H. Raab, CC)

En el primer capítulo de esta brevísima introducción a la magia, me referí a los componentes científicos de la magia (La ciencia de la magia) o, si se prefiere, a los rasgos que se pueden detectar en la magia y en artes como la alquimia y la astrología que coinciden con la manera de descifrar la naturaleza que empleará la futura ciencia.

En el segundo capítulo (La religión contra la magia) recordé la disputa enconada entre la religión establecida y las creencias más o menos supersticiosas que no disponían de una Iglesia oficial que pudiera defenderlas o imponer sus ideas, como sí hacía la religión católica, el Islam o los protestantes en su momento. Ahora ha llegado el momento de asistir a la ruptura que finalmente se produjo entre esas dos viejas hermanas, la magia y la ciencia, entre el conocimiento esotérico o secreto y el conocimiento publico y discutible.

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"Las matemáticas son indispensables para la magia y tienen numerosas relaciones con ella, hasta el punto de que quien estudia la una sin apoyarse en las otras se adentra por una vía sin salida" (Magia Celeste, Cornelio Agrippa).

Durante mucho tiempo, la magia y la astrología se consideraban verdaderas ciencias. Como dice Alexandre Koyré, en la Edad Media y en la época renacentista “era perfectamente lógico creer en ello”. Fue solo a partir del surgimiento de la ciencia moderna que se pudo descubrir la verdadera diferencia entre la magia y su hermana pequeña.

Durante siglos las supuestas certezas de la magia, la alquimia o la astrología resultaron convincentes, porque no siempre estaban claras las fronteras entre ciencia y fantasía, pero el desarrollo progresivo de la química y la astronomía, y los sucesivos fracasos de la alquimia y la astrología, llevaron a los alquimistas a renunciar a la fabricación de oro real y conformarse con el sentido metafórico: no se trata de un oro material, sino espiritual, una especie de camino iniciático que trasforma, no los metales, sino al ser humano. Hoy en día los aficionados a la magia, la alquimia o la astrología se conforman con hablar de vaguedades tales como “el oro alquímico espiritual”, o matizan que la influencia de los planetas “sugiere pero no determina”. En definitiva, mientras que la ciencia ha sido puesta a prueba durante los últimos 300 años y ha superado con creces las expectativas, precisamente aceptando ser refutada en este o aquel conocimiento concreto, pero avanzando siempre en un mayor entendimiento de la realidad, la magia todavía no lo ha logrado después de más de 4000 años de historia.

Los magos, astrólogos y alquimistas del Renacimiento todavía eran, al mismo tiempo, científicos. Johannes Kepler, el mayor astrónomo de su tiempo, confeccionaba cartas astrales para ganarse la vida, y su madre fue sometida a un proceso de brujería, y solo pudo salvarse de la hoguera gracias a la elocuencia de su hijo, al que también se acusó de mago, brujo y astrólogo. Kepler es uno de los grandes nombres de la ciencia moderna debido a su afirmación de que los planetas se mueven en órbitas elípticas, pero llegó a este descubrimiento de una manera que se parece más a la filosofía hermética y a la magia que al moderno método científico. Tras descartar la figura perfecta, el círculo, porque no se ajustaba a las observaciones, intentó explicar las órbitas planetarias probando con todos los llamados sólidos platónicos o perfectos, es decir las figuras geométricas cuyos lados son iguales. Después de fracasar con las figuras favoritas de la filosofía hermética, Kepler no tuvo más remedio que recurrir a las imperfectas y vulgares elipses, lo que le permitió pasar a la historia de la ciencia.

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El intento más célebre de Kepler de representar las órbitas de los planetas usando los cinco sólidos o figuras perfectas. (Mysterium Cosmograficum).

El mago y consejero de la reina Isabel I de Inglaterra, John Dee, que probablemente conoció a Bruno y a Kepler, aseguraba comunicarse con los espíritus, pero también hablaba con los navegantes que crearon el imperio marítimo inglés, ya que era un gran geógrafo. En todo caso, la formación del Imperio Británico no se debió a los conocimientos mágicos de la Escuela de la Noche, sino a los avances en la ciencia náutica y cartográfica, en las que Dee también era un gran experto.

Por su parte, Giordano Bruno anticipó muchas ideas que hoy día la ciencia acepta sin dudarlo, como que existen otros mundos como el nuestro en el universo, pero Bruno era también un mago que rozaba la hechicería.

En consecuencia, en los comienzos de la ciencia moderna no estaban del todo claras las fronteras entre ciencia y magia, pero poco a poco se fueron delimitando, del mismo modo que siglos más tarde se empezaría también a delimitar la frontera entre la ciencia y la última gran superstición, la religión.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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