"Cardenio", la obra perdida de Shakespeare

"Cardenio", la obra perdida de Shakespeare Imagen superior: montaje de "Cardenio" llevado a cabo por la Royal Shakespeare Company en el Swan Theatre, Stratford-upon-Avon (2011). Fotografía de Ellie Kurttz © RSC

Las circunstancias han permitido en raras ocasiones reunir a dos grandes escritores o a dos grandes filósofos. Platón y Aristóteles, Descartes y Pascal, más recientemente García Márquez y Vargas Llosa y aquella célebre historia del puñetazo.

Leibniz no conoció a Newton, pero al menos polemizó con él a través de la persona interpuesta de Clarke. El resultado es una polémica que todavía tiene interés acerca del determinismo y la naturaleza de Dios.

En otras ocasiones, el encuentro de diferentes artistas ha dado origen a una generación, como la del 98, o la del 27. Pero pocas veces esa cercanía se ha traducido en verdadera colaboración. Una excepción podría ser la conjunción de un pintor y un director de cine, Buñuel y Dalí, que dio como resultado Un perro andaluz.

El encuentro de dos grandes escritores casi siempre les ha servido para descubrir que no tenían nada que decirse, o que no querían decirse nada. Esa es la sensación que a uno le queda al leer las memorias de Elias Canetti y descubrir que Robert Musil era muy poco comunicativo con sus colegas y que los escritores vieneses que compartían mesas y cafés apenas se ayudaban en sus trabajos literarios.

Los escritores se comunican casi siempre mejor desde la distancia, como dos de los más interesantes autores de ciencia ficción, Stanislaw Lem y Philip K.Dick, de los que sería muy interesante ver publicada su correspondencia.

La apresurada conclusión podría ser que la mayoría de los escritores se entienden mejor con otros escritores si ya están muertos. Hablar con los muertos es fácil y poco fatigoso, porque nunca discuten nuestras opiniones. Todos estamos de acuerdo con Montaigne, pero Montaigne estaría de acuerdo con pocos de nosotros.

Shakespeare y Cervantes son considerados, de manera casi unánime, los dos mayores escritores de la historia. Por eso, ningún encuentro literario parece más interesante que el suyo.

También comparten su afición por los locos. Shakespeare creó a Hamlet, Lear, Macbeth, Próspero, Caliban: todos ellos comparten un rasgo común, padecen algún tipo de locura o demencia, aunque sea transitoria. Cervantes, por su parte, escribió al menos dos obras protagonizadas por locos, Don Quijote de la Mancha y El licenciado Vidriera, un loco que se cree compuesto de cristal y no de carne.

A menudo se especula acerca de qué habría sucedido si Shakespeare hubiese conocido a Cervantes. ¿Qué se habrían dicho? ¿Qué obras podrían haber escrito en colaboración? ¿Cómo podrían haberse inspirado el uno al otro?

En la vida de Shakespeare existen ciertos años oscuros de los que los biógrafos apenas saben qué contar, como los hay en las vidas de Diderot o de Molière, como los hay en la de Jesucristo.

Son esos años que no quedan registrados en la partida de bautismo o en las ordenanzas municipales, años en los que abandona el hogar de sus padres, años en los que ya no es el William Shakespeare de la pila bautismal pero tampoco el autor de las obras que hacen que todavía recordemos que ese hombre de Stratford existió alguna vez. Es una persona que está adquiriendo los conocimientos y las experiencias que necesitará para construir su formidable edificio dramático, como al parecer hizo Diderot, como tal vez hemos hecho todos los que empleamos mucho de nuestro tiempo a escribir.

Durante esos años oscuros de William Shakespeare no es seguro que saliera de Inglaterra, pero ¿quién sabe si viajó a Francia o a Italia, quién sabe si acaso alcanzó España? Tal vez allí tuvo ocasión de ver representadas obras de teatro de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, de Miguel de Cervantes. Tal vez leyó el Don Quijote de Cervantes, o al menos alguien le contó la trama, del mismo modo que le contaron la de la novelita de Mateo Bandello Romeo y Julieta.

El gran traductor de Shakespeare Luis Astrana Marín aventuraba que Shakespeare y Cervantes pudieron haberse conocido, pero no durante esos años oscuros, sino cuando ya ambos eran escritores de fama. Según Astrana MarínShakespeare podría haber viajado a España con la embajada inglesa de 1608 y habría conocido a Cervantes en Valladolid.

Pero ni siquiera es necesario suponer que Shakespeare saliera de Inglaterra, porque pudo leer El Quijote traducido al inglés en 1612. ¿Podemos imaginar, dado el gusto de Shakespeare por adaptar argumentos ajenos, un Quijote escrito por Shakespeare, podemos creer que el hidalgo manchego pisó alguna vez las tablas de un teatro inglés, acompañado de Sancho Panza, bufón ideal para una obra shakesperiana?

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John Fletcher, colaborador de Shakespeare en obras como "Los dos hidalgos de Verona" y su sucesor como dramaturgo principal de la compañía The King’s Men

Esta es pues la hipótesis: si ese aficionado a los locos que fue Shakespeare hubiese leído el Quijote, ¿no habría podido escribir una obra protagonizada por el loco caballero andante de Cervantes?

La sorprendente respuesta es que, al parecer, Shakespeare leyó el Quijote e incluso escribió una historia protagonizada por un loco personaje de Cervantes… pero no por Don Quijote.

Al parecer, nunca existió un Don Quijote de la Mancha de William Shakespeare, pero si es casi seguro que el autor de Hamlet leyó la obra de Cervantes, que se tradujo al inglés en 1612 por John Shelton, y que también escribió una obra basada en ella, en colaboración con John Fletcher.

Sin embargo, por razones que a nosotros nos resultan difíciles de entender y de explicar, Shakespeare no eligió los pasajes más conocidos y sugerentes de Don Quijote, y tampoco a los personajes principales, como Alonso Quijano, Sancho Panza, Dulcinea o el cura, sino que prefirió un episodio menor, la historia de Cardenio, que Don Quijote y Sancho Panza escuchan cuando se encuentran en Sierra Morena.

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Don Quijote y Sancho encuentran al loco Cardenio vagando por los montes de Sierra Morena

Esa obra de tema cervantino escrita por Shakespeare se llamaría Historia de Cardenio y se sabe que fue representada al menos dos veces por los King’s Men (Los hombres del rey) en 1613.

La búsqueda de esta obra perdida es una de esas pesquisas literarias fascinantes que atraviesa los siglos. Aparte de la certeza de que existió, pues se halla en los registros oficiales de la época, su pista se perdió, cuando se incendió el teatro The Globe. Sin embargo, vuelve a ser mencionada en 1653, cuando el editor Humphrey Moseley “obtuvo licencia para una obra que describe como Historia de Cardenio, por Fletcher y Shakespeare”.

¿Qué sucedió a partir de entonces con la Historia de Cardenio? El lector podrá averiguarlo si lee la continuación de este artículo: El Shakespeare cervantino.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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