"Blancos pobres. Cuatrocientos años de historia nunca contada de las clases en América", de Nancy Isenberg

Hace más de un año que leí Evicted: Poverty and Profit in the American City (2016), (Desahuciado: pobreza y beneficios en la ciudad americana), el último libro de Matthew Desmond, profesor de Sociología en la Universidad de Harvard.

Desmond, a manera de reportaje, hacía un seguimiento de distintas familias para denunciar el costo de la pobreza. En su estudio también concluía que estos tres grupos, inmigrantes, casi todos hispanos, afroamericanos y blancos sin recursos normalmente no interactuaban sino que vivían separados unos de otros.

La doctora Nancy Isenberg, profesora de Historia en la Universidad Estatal de Luisiana y autora de Blancos pobres ("White trash. The 400-Year Untold History of Class in America", 2016), probablemente estaría de acuerdo con las aseveraciones de Desmond. Pero sin lugar a dudas en Jim Goad, autor de The Redneckneck Manifesto: How Hillbillies Hicks and White Trash Became America's Scapegoats (1997), vería al precursor del siguiente postulado: que en Estados Unidos la discriminación, más que un asunto racial, es una cuestión de clases.

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En Blancos pobres, Isenberg retoma este planteamiento y lo utiliza como guía para entroncar su exposición: que Estados Unidos, aunque se empeñe en afirmar lo contrario, vive bajo el mito de la igualdad, y que las clases están ahí, vivitas y coleando. La autora, sin la visceralidad goadiana, se adhiere a la idea de que existe una obsesión con el pedigrí y el abolengo que las clases dominantes se han encargado de perpetuar. Esta obsesión comenzó a materializarse en la década de los cuarenta del siglo diecinueve, cuando los herederos del Nuevo Mundo fundaron las primeras sociedades genealógicas. De principios del veinte son la General Society of Mayflower Descendents (La Sociedad General de los Descendientes del Mayflower) o la Order of the Founders and Patriots of America (Orden de los Fundadores y Patriotas de América).

Nancy Isenberg abre su elaborado y entretenido recorrido diacrónico, (solo la sección de notas abarca ciento veintitrés páginas de las cuatrocientas sesenta que tiene en su versión en inglés), asomándose a los personajes de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Mayella Violet Ewell, blanca y miembro de la clase más desposeída, ha acusado falsamente a Tom Robinson, de color y también de baja extracción social, de violación. Los Ewell no pueden ser redimidos porque, según Harper Lee, nada podía sacarlos de su pobreza terminal, de ahí su comportamiento aniquilador para sí y para los que los rodean.

Como Harper Lee, el presidente Lyndon B. Johnson, oriundo de Texas y criado en el campo, también conocía de primera mano la esencia de lo que era ser white trash (literalmente basura blanca). Durante su mandato, nos informa Isenberg, tuvo que emplearse a fondo por mantener a raya esta segunda piel, una piel que le identificaba como inferior e indigno.

Como profesor de escuela que fue, Johnson era consciente del valor de la educación y de la necesidad de mantener unos niveles mínimos en el espíritu del hombre antes de que tocara fondo y perdiera su dignidad, arrastrándolo hasta el desahucio emocional, económico y social. Pero por el mismo motivo que Johnson conocía las necesidades de estos blancos pobres, también advertía las fallas de su esencia y que, por motivos electorales, solo admitía a puerta cerrada: Si eres capaz de convencer al hombre blanco más bajo en el escalafón social de que es mejor que el mejor de los hombres negros, no notará que le estás metiendo la mano en el bolsillo. Coño, dale a alguien al que pueda mirar por encima del hombro, y ni notará que le estás quitando la cartera.

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Rebobinemos. Siglos antes, en Georgia, James Oglethorpe, reformador social y militar, también había pretendido la mejora de la “clase basura”, en su caso defendiendo la erradicación de la esclavitud. Su desaparición, era su creencia, liberaría puestos de trabajo que les sacaría de la llamada esclavitud blanca. Hay que tener en cuenta que muchos de los hombres por los que abogaba Oglethorpe eran británicos a los que se les había obligado a trabajar en condiciones económicamente sangrantes y a subsistir en perpetuo cautiverio, en palabras del militar.

Aunque Oglethorpe no era igualitario ‒por ejemplo, creía en la esclavitud de algunos grupos de nativos americanos‒, la acogida que tuvo su deseo de encoger la fisura entre clases no fue buena. De hecho, su preocupación por que los trabajadores blancos tuvieran acceso a su propia tierra en lugar de deberse a las tierras de un terrateniente y eliminar así su condición esclava (indentured servant o servidumbre por contrato), le costaron un intento de asesinato. No es de extrañar que años más tarde dejara Georgia para nunca volver.

Tras las desventuras de Oglethorpe, Isenberg nos dice que sus intenciones no cayeron en saco roto. Benjamín Franklin recoge su testigo, aunque el padre fundador hace hincapié en la procreación. Los niños serán la mano de obra que sustituirá a los trabajadores blancos debidos a las tierras de los latifundistas y a los esclavos, propugna.

Su teoría, basada en el logro de la felicidad, consideraba que si la gente no sentía su día a día amenazado, era inevitable que no se dedicara a menesteres reproductivos.

Como en el caso de Johnson, Franklin también observa un rasgo negativo en “la clase basura”. Si la de Johnson era una consideración económica y racial, la de Franklin es psicológica: los pobres tenían una tendencia a la molicie de la que había que intentar disuadirlos para medrar. Nada como un shock eléctrico, nos advierte, ¿tal vez uno de sus pararrayos?, para convencerlos de la necesidad del cambio.

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El otro gran padre fundador, Thomas Jefferson, también reconoce la importancia de Ogelthorpe, admitiendo que los títulos heredados no debían reconocerse y que la esclavitud y la servidumbre obligada debían prohibirse. El virginiano coincidía con Franklin en que la procreación era esencial para mejorar la condición de los trabajadores blancos y la de los esclavos. Pero su concepción, tal vez por influencia francesa, se apoyaba en su pasión por lo bello, una estética que trasladó a su ideario: Si se admiraba la belleza inimitable en caballos, perros y otros animales, ¿por qué el género humano debía excluirse? En una palabra: Jefferson estaba a favor de diluir el color en unas cuantas generaciones con la fortaleza de la clase dominante hasta que se tornaran blancos, argumentando que este método los reconstituiría, aunque eso no le impedía montar un criadero de esclavos para su venta.

Con Andrew Jackson, el presidente que sigue a Jefferson en el libro y que Isenberg cubre en el capítulo cinco, la autora cierra la Primera parte para abrir la Segunda con la Guerra de Secesión. Con ella la importancia de la tierra y la manutención del sistema de clases se refuerzan en manos de la Confederación. Temerosos del poder central y de la expropiación de tierras, los terratenientes buscan un alistamiento a la causa al que los blancos pobres se resisten, ya que, lógicamente, no ven sus intereses representados.

Las clases dirigentes logran desmantelar su desgana valiéndose de la amenaza (a algunos se les dice que se les va a retirar la capacidad de voto), y con el miedo (si no luchan por la causa, serán poco menos que esclavos negros), identificación racial y clasista que a muchos blancos pobres les entró en la conciencia con la fuerza de una bala. Pero la bala, desgraciadamente, está ahí, y cada vez que el cuerpo se mueve, exacerbado con el movimiento de los derechos civiles de los años 50 y 60, el roce produce dolor e ira. Una ira que, como hemos visto en las elecciones de 2016, se ha radicalizado en expresiones como el birtherism (negación del nacimiento en tierra estadounidense).

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Por si fuera poco, el darwinismo social, la idea de que solo el más fuerte sobrevive, la herencia de los caracteres, ese determinismo genético que distanciaba a unos de otros no solo físicamente, sino también en su capacidad para desarrollar su potencial en términos económicos, rápidamente cuajó en el país, nos anuncia la autora. Años después, quizás intentando ayudar a los menos afortunados, aunque esta intervención no pueda ser justificada, los pobres comenzaron a verse como muestras clínicas a merced de la eugenesia y de su atroz cara: la esterilización.

La importancia del color de la piel, también en los blancos, se reaviva. Su piel, amarillenta, falta de nutrientes, reseca y expuesta al sol, se mira con reticencia. No hay nada que se pueda hacer por ellos, ni siquiera las limosnas podrán sacarlos de su estado de precariedad por el mero hecho de que llevan la condena de la herencia a cuestas.

Los miedos van en aumento y las clases dirigentes se siguen sintiendo amenazadas: asegurarse de que la pobreza no se mezcle, de que, al menos, sea contenida en razas para evitar así una posible filtración entre nativos indios, negros y los amarillos pobres es su obsesión en el siglo veinte. Este afán de control, lo deja bien claro Isenberg, no es solo una cuestión racial sino también de clase. El miedo obliga a la élite y a la clase media ascendente a que luchen por mantener una separación que pudiera contaminarlas.

De la Gran Depresión, es imposible no mencionar la erosión de la tierra en el medio Oeste y la desesperación de las familias que, como nos pintó Dorothea Lange en An American Exodus (Un Éxodo americano), huyen en manadas en busca de tierra más fecunda que trabajar.

Si la esterilización había sido la vía conductora de las décadas anteriores, en el New Deal Jefferson y Franklin, y por ende, un tanto de Ogelthorpe, se vuelven a recuperar. La erosión de la tierra, según Henry Wallace, solo tenía un antídoto: el crecimiento demográfico. La falta de fecundidad era la culpable de la erosión de la tierra. Las condiciones de esclavitud persistían y el terrateniente no tenía intenciones de cambiarlas, lo que no liberaba tiempo para disfrutar de esa felicidad a la que se refería Franklin.

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Imagen superior: "The Andy Griffith Show" (1960-1968) © CBS.

Del mundo del espectáculo, seguramente para hacer más digerible su obra, Isenberg nos trae personajes famosos para abrigar las décadas de los 50 y 60. Uno es Andy Griffith, un icono de la televisión estadounidense. El otro, no puede ser sino el Rey, Elvis.

El culto al niño de campo (The Cult of the Country Boy) se desencadena y todo, nos dice la autora, porque la clase media se ha vuelto un tostón. Se clama la pureza del hillbilly, del chico de las montañas. Eso sí, las distinciones de clase no se han perdido como tampoco se ha perdido la acostumbrada movilización o desarraigo del pobre, obligado a seguirle los pasos a nuevas tierras. Solo que ahora, en lugar de desplazarse en carromatos, lo hacen en tráilers o en zonas designadas.

La obsesión de las clases dirigentes con evitar la inoculación de una raza en otra sigue en alza. No eran infrecuentes las cláusulas restrictivas que prohibían a los propietarios vender su casa a familias de color. El desarrollo del capitalismo no solo no ha eliminado las barreras sociales ni raciales sino que las han aumentado, arguye la autora.

Es cierto que en Blancos pobres Isenberg apenas se asoma a la realidad de otros grupos, como la de los mejicanos o la de los asiáticos, tan fundamentales para entender la realidad del país, o que los italianos, polacos o irlandeses que vinieron a trabajar las fábricas se ignoran. Esto es porque el término white trash (basura blanca) mayoritariamente identificaba a individuos de origen inglés. Quizás hubiera sido pertinente incluir en el título unas palabras aclaratorias. A pesar de esta carencia, Isenberg hace un brillante análisis de la sociedad americana, corroborando lo que ya sospechábamos: que los americanos llevan un rey dentro. Y no Elvis, precisamente.

Copyright del artículo © Mercedes Gutiérrez. Reservados todos los derechos.

Mercedes Gutiérrez

Mercedes Gutiérrez (Madrid, 1971) es una autora española residente en Estados Unidos. Sus historias han aparecido en El Kraken, Voces, Auca, Quimera, Baquiana, Sibila y Revista de Occidente. Renacimiento publicó su colección de cuentos, Perro verde (2017), y Editorial Funambulista lanzó el mismo año su traducción de la recién descubierta novela de Walt Whitman. Tiene un blog, www.americanx-ray.com, en el que radiografía todo lo que tenga que ver con la vida americana.

Estudió en la Universidad Complutense y es doctora en Literatura Estadounidense. Su especialidad es la literatura de viajes en la carretera. En España fue profesora de instituto y de escuela de idiomas y en América ha sido profesora universitaria.

Ha vivido en Boston y en pequeños lugares de la "América Profunda" de Ohio y Pensilvania, lo que le ha valido para retratar la vida de sus personajes.

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Sitio Web: www.americanx-ray.com

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