Ántal Szerb: el viajero bajo la luz de la luna

Ántal Szerb: el viajero bajo la luz de la luna Imagen superior: pasaporte de Ántal Szerb, 1931

El nombre de uno de mis cuadernos de red (La Vorágine) debe su nombre a un escritor húngaro: Ántal Szerb.

Szerb es un escritor de cuya existencia no tuve noticia hasta que visité Budapest. Allí encontré en una librería uno de sus libros traducidos al español: El viajero bajo la luz de la luna.

No se trata de una historia autobiográfica, pero parece claro que contiene muchas cosas de la vida y de la manera de pensar de Szerb. Me refiero a que se percibe la personalidad del escritor detrás, lo que es una buena cosa en muchas ocasiones, aunque en otras esa intromisión del narrador puede estropear una narración con personajes imaginarios, que de pronto parecen salirse del papel y perder, al ganar realidad, su verosimilitud ficticia.

Ahora bien, si desde el principio te da la impresión de que los personajes son una máscara del autor, eso puede convertirse en un verdadero placer, al menos eso espero, porque yo suelo caer en eso a menudo y me cuesta crear personajes que no sea, en cierta medida aunque no por completo, yo mismo.

Lo anterior no significa que debamos caer en el error frecuente de confundir a un autor con sus personajes: Woody Allen se parecerá sin duda a muchos de sus personajes, sobre todo a los que él mismo interpreta, pero, como dice él mismo , con muchos de ellos no tiene casi nada en común e incluso detestaría a muchas de esas personas si llegara a conocerlas. Como decía Villiers de L’Isle Adam, a nadie se le ocurre pensar que las opiniones de Pulgarcito son las mismas que tenía Perrault.

Es curioso que otra novela que he leído de SzerbEl último de los Pendragón, no me gustó tanto como El viajero, precisamente porque, en la lucha entre la personalidad de Szerb y la de sus personajes, acaban ganando los personajes y él se diluye. En este segundo caso, me da siempre la impresión de que Szerb es más interesante que sus extravagantes personajes, pero supongo que a muchos lectores les molestará lo contrario: las intromisiones del autor.
En El viajero bajo la luz de la luna aparecen varios personajes que me recuerdan a mí mismo y a personas que conozco, pero también coinciden ciertas sensaciones que, supongo, serán bastante habituales para muchas personas. Una de ellas es la vorágine:

“Todo eso se agravó más tarde con el peor de los síntomas: la vorágine. La vorágine, tal cual te lo estoy diciendo. A veces sentía que la tierra se abría debajo de mis pies, y que estaba al borde de una terrible vorágine. Lo de la vorágine no lo tomes tampoco muy en serio, puesto que yo nunca la veía, nunca tuve visiones de ese tipo, pero sabía con certeza que la vorágine estaba allí. Mejor dicho, era consciente de que no estaba, sabía que sólo existía en mi imaginación, pues ya sabes qué complicadas son estas cosas. El hecho es que cuando me invadía esa sensación de vorágine no me atrevía a moverme, no era capaz de pronunciar una palabra, y pensaba que todo había terminado.”

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El narrador conoce a los extraños hermanos Ulpius, Tamás y Éva, que me recuerdan muchísimo a los protagonistas de una de las últimas películas de Bertolucci (Soñadores). No voy a describirlos porque me parece que eso sería simplificar en pocas líneas unos caracteres complejos y hacerles perder todo interés mediante una definición rápida. Además de los hermanos, en la extraña casa de los Ulpius aparecen otros personajes que luego continuarán apareciendo en la novela.

El narrador, Mihály, comparte con Tamás “la afición por las cosas antiguas” y la mitología y los dos están fascinados por los celtas. Me parece divertido, porque a mí, aunque me gustan mucho los celtas, y en particular las leyendas irlandesas, me fascinan también los húngaros por lo raros que son, pero, como es obvio, para dos húngaros como Mihály y Tamás, lo exótico somos los celtas (se supone que los españoles somos en gran parte celtas).

Me gustó una cosa que dice Mihály:

“No soporto que alguien dependa de mí, ni siquiera soporto tener una criada, por eso de soltero prefería hacerlo todo yo solo. No soporto la responsabilidad y por lo general termino odiando a los que esperan algo de mí…”.

Es algo que recuerda mucho a la cita de Víctor Tausk, que incluí en Esklepsis 3:

“Me gustan sólo las personas libres, las que mantienen su independencia con respecto a mí. Porque los que se me someten, me obligan a su vez a depender de ellos; y entonces yo me vengo e incurro en culpabilidad ante aquellos que se portaron bien conmigo. Quiero irme abriendo camino conforme a las necesidades de mi naturaleza, sin abrigar falsas emociones o sentimientos ambiguos. El tipo de vida que ahora llevo es el más idóneo para alcanzar el fin que me he propuesto: soy independiente, puesto que nadie depende de mí, y no puedo ser esclavo, ya que no soy amo.”

Quizá yo no expresaría las cosas de manera tan apasionada o taxativa, pero coincido con Mihály y con Tausk: no me gusta ni depender de los demás ni que los demás dependan de mí, no me gusta ni mandar ni ser mandado. Pero eso no quiere decir que no pueda aceptar en una circunstancia determinada depender de alguien o que alguien dependa de mí. También creo que soy un buen subordinado, siempre que no se interpongan por medio cuestiones que afecten gravemente a mi manera de pensar o a mis ideas acerca de lo que es justo o injusto, algo que sucede muy a menudo.

Kamo no Chōmei también dice algo parecido en Hōjōki (un relato desde mi choza):

“Si dependes de alguien, acabas por pertenecerle. Si te haces cargo de otros, serás esclavo de tu propio afecto y devoción. Si te adaptas al mundo, se sufre mucho. Si no, te vuelves loco.”

En el último lugar húngaro que visitamos antes de dejar Hungría, la ciudad de Györ, descubrí otra inesperada y hermosa casualidad relacionada con los hermanos Ulpius, pero la contaré en otro lugar.

[Escrito el 17 de septiembre de 2004]

Nota en 2013: La casualidad relacionada con los hermanos Ulpius en Gyor ya no la recuerdo y no creo que lo logre nunca, porque gran parte de mi diario húngaro se perdió en un accidente doméstico. Allí debía estar aquello de los hermanos Ulpius. Supongo.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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